Pronóstico del Clímax

El porte del pontífice

GUARDO UNA ESTAMPA MENTAL del papa más famoso de la Historia que en nada se asemeja a la imagen del santo proverbial que a su paso repartía bendiciones. Una imagen que hoy día encuentro lo bastante aburrida para cerrar los ojos y volver al recuerdo del recio gigantón

Los pontífices de antes no viajaban. Hasta hace medio siglo, quien quería ver al máximo jefe de los católicos tenía que ir a Roma, si Dios daba licencia y presupuesto. Los viajeros volvían cargados de rosarios, santitos y bendiciones múltiples, ojalá que bastantes para redimirles de la díscola suerte de viajar por el mundo tras la huella de Cristo, luego entonces en nombre de los pobres, que solían morirse sin haber visto a un Papa de carne y hueso. Pues si de ellos ya era el Reino de los Cielos, ¿qué demonios irían a hacer al Vaticano?

Reflexiones así me alebrestaban cuando por fin un Papa vino a México y besó el pavimento del aeropuerto. Algunos años antes me habría emocionado, pero ya la niñez había cedido paso al quehacer formativo de llevar la contraria a mis mayores y hacerlos respingar, amén de no poner un pie en la iglesia. Recuerdo que a una amiga de la preparatoria, cuyo padre chapoteaba en dinero, le gustaba jactarse de sus facilidades para ir a ver al papa. Noche tras noche, mientras estuvo en México, recibió a su familia el sumo pontífice en las instalaciones de la Nunciatura y los cubrió de redundantes bendiciones, no tanto porque fuesen feligreses modélicos, cuanto porque su amor por Jesucristo los había llevado a hacer fuertes donativos a la Iglesia católica (de la que se pensaban hijos predilectos, se diría que con razón de sobra).

Estaba ya Juan Pablo II por regresar a Roma cuando corrió la especie de que daría alguna conferencia de prensa. Y yo, que no escribía para medio alguno y representaba aún menos años de los que tenía, me dije que debía estar ahí, no para que el pontífice me bendijera sino para lanzarme a cuestionarlo. Suena risible, y con seguridad lo era, pero logré colarme al centro de prensa y sustraer un pequeño gafete metálico, por cuya intercesión daría vuelo a esa esperanza hereje de arrinconar al sucesor de san Pedro.

Una vez en la sala, no sin grandes esfuerzos y empujones fui escurriéndome hacia las butacas delanteras. Era un teatro pequeño y tan abarrotado que ya me resignaba a no poder hacerle más de una o dos preguntas a ese papa polaco que estaba por llegar. Cuestión de unos minutos, según se rumoraba. ¿Qué le iba a preguntar, concretamente? Algo sobre las ansias jacobinas que me habían despertado las certezas beatíficas de aquella compañera tan papista. Unas cuantas palabras altaneras, suficientes quizás para que me corrieran a patadas, igual que a un pobre diablo provocador, pero en el fondo de eso se trataba.

Estaba ya llegando el ilustre invitado cuando los organizadores aclararon que aquella no sería propiamente una rueda de prensa, sino un mensaje y una bendición para sus representantes. Indignado de súbito hasta el tuétano, como me figuraba que cualquier periodista de verdad tendría que sentirse por lo que yo juzgaba un despropósito, solté el primer silbido despechado y enseguida estallaron, un poquito en secreto, las reprimendas de los más cercanos. "¡Respeto, por favor!" "¡Cállate, escuincle zonzo!" "¡Fuera!"

Sería por ahí de la una de la tarde cuando el papa subió hasta el escenario, seguido por decenas de ojos ávidos que a diferencia mía no tenían la menor intención de cuestionarle nada al hombre de la sotana blanca. "¡Bendición!", suplicaban, con fervor comparable al de las turbas que lo habían seguido por las calles, esperanzados en apenas verlo y grabarse esa imagen para toda la vida. Nada más vi frustrada mi cándida intención, apelé a la soberbia y di la media vuelta camino a la salida. De haber habido blogs en esa época, habría corrido a desquitar mi rabia y hacer saber al mundo que los que yo creía mis colegas no eran sino unos monaguillos con libreta. Cosas que uno se siente comprometido a hacer después de descubrir que el mundo no es como lo imaginó, anteayer que salió del cascarón.

Sin más qué hacer, por tanto, aguardé a la salida, recargado en un árbol entre el patio y la ruta al papamóvil, que estaba a pocos metros del evento. Diez minutos más tarde, las carreras de varios guardaespaldas me dejaron saber que en cuestión de segundos vería a Karol Wojtyla atravesar el patio a la carrera. Lo que no imaginé fue la clase de hombre que pasaría a mi lado, pesado e imponente cual jugador de rugby, dando pasos tan largos y sonoros que hacía ver a sus guardias como unos alfeñiques presurosos. Retrocedí, de un salto, ante el ímpetu recio de aquel hombre de blanco cuyo porte marcial desmentía de golpe la imagen querendona de los días precedentes. Contra lo que esperaba, me sentí emocionado, pero no porque hubiera visto al inminente santo, sino al hombre debajo de ese hábito engorroso que lo orillaba a una moderación apenas consecuente con semejante porte de templario implacable.

Guardo, desde esos tiempos, una estampa mental del papa más famoso de la Historia que en nada se asemeja a la imagen del santo proverbial que a su paso repartía bendiciones. Una imagen que hoy día encuentro lo bastante aburrida para cerrar los ojos y volver al recuerdo del recio gigantón a quien ingenuamente pensaba arrinconar. No quiero papa, gracias. Me quedo con el hombre.