Pronóstico del Clímax

Aquel perplejo ataúd

24 de marzo de 1994. El cadáver de Luis Donaldo Colosio yace en la sede nacional del PRI. Es el fin de la fe en los todopoderosos.

Recuerdo que era jueves, pero ya desde el mero amanecer tenía el regusto de un día fantasmal. La clase de mañana que te despierta antes de lo deseado sólo para ubicarte de regreso en el marasmo absurdo de la noche anterior. ¿Había pasado de verdad aquello? ¿Estaba en curso entonces un trauma nacional? Seríamos millones los que abrimos los ojos aquel jueves con el cadáver de Colosio en la cabeza.

Igual que tantos otros, prendí en ese momento la televisión. Había un reportero que transmitía en vivo desde el aeropuerto de Tijuana. En cosa de una hora, reveló, estarían llegando a la sede nacional del PRI los restos mortales de su ya ex candidato a la presidencia. Vi el reloj: siete en punto. Sin preguntarme más, corrí a la regadera. Si allá afuera, digamos que entre Tijuana y Cancún, imperaba una misma catalepsia, era probable que en el caos resultante consiguiera un lugar de primera fila. Tenía cuando menos algo urgente qué hacer; en un día como aquél, bastaba eso para justificarlo.

Diez minutos más tarde, ya terminaba de abrocharme la corbata y acomodarme el saco ante el espejo. En una situación de ese calibre, recordé, mordazmente, los políticos suelen declararse “consternados”. Si quería entrar en la sede del PRI, tenía que lucir toda suerte de signos de consternación. Cara de piedra, acaso. Un parpadeo nervioso, de repente. La cabeza negando, taciturna, cual si pudiera ver un adelanto del futuro ominoso que nos espera. La clase de expresión que no admite controles administrativos y por sí misma invita al respeto automático.

“¡Buenos días, señores!”, habría dicho a la entrada, de no verme tan joven. O me habría prendido del celular que aún estaba lejos de tener. Por eso me acogí a la bendición de un vistoso secretario de Estado que llegó hasta la reja justo detrás de mí, acompañado por varios hombres de traje. Los dejé rebasarme, pero alcancé a insertarme delante del penúltimo. ¿Quién iba a preguntarme santo y seña, si ya cruzaba entre reja y gentío como uno más entre la comitiva del mismísimo Emilio Gamboa Patrón?

Una vez que libré el tercer retén, procedí a hacerme de un bajo perfil en la segunda fila del auditorio. Allá adelante, sobre el escenario, el ataúd envuelto por el centro en la bandera con el escudo nacional daba cuerpo y espíritu a la pesadilla. Siempre la misma historia de águilas y serpientes, me dije entre asustado y entretenido ante la procesión de gestos consternados en rostros conocidos que invadió el escenario, en torno del sarcófago. Allá arriba, Carlos Salinas de Gortari hacía guardia con la cara de piedra; acá abajo inundaban los pasillos decenas de guardias presidenciales equipados con ojos de pistola, como quien busca aburtos en el horizonte. ¿Y no acaso la Historia está repleta de episodios solemnes e histéricos así?

Ya sin el mandatario y su entourage, el aire aún se cortaba con cuchillo. Una creciente fila de deudos variopintos comenzaba a avanzar hacia el cajón cerrado, ya no para hacer guardia sino para tocarlo, o dejarle unas flores, o soltar unos cuantos gritos pesarosos y escalofriantes. Sobre todo si uno viene detrás y no sabe qué hacer cuando le toca el turno y entonces se recarga un poco sobre el féretro y vuelve a preguntarse qué se le perdió en este funeral.

¿Qué hacían todas esas mujeres tan humildes sollozando, berreando, imprecando a los cielos en solemne memoria del asesinado? Podía mirarlas ya desde primera fila, confundido entre miembros de las familias Riojas y Colosio como cualquier paisano transparente. ¿Qué les habían quitado, además de la vida del candidato? ¿Qué estaban enterrando mientras velaban el cadáver de su líder? ¿No es verdad que a juzgar por el despecho cósmico de sus plañires habría uno jurado que iban a sepultar a Quetzalcóatl? ¿Y qué tal si era así, en términos prácticos? ¿Crujía todo el teatro, o sólo el auditorio?

Volví al coche cerca del mediodía, preguntándome ya qué haría luego con tanta información. ¿Una crónica rauda y oportuna? Tal vez me lo propuse, pero ni lo intenté. Prefería creer que había hecho todo eso sin propósito. ¿Qué iba a contar, aparte, de esas tres horas de gravedad truculenta? Tenía, en todo caso, un escenario vivo en la memoria. Un horizonte entre macabro y fascinante donde la Historia misma parecería quebrarse delante de tus ojos. Un carnaval de calaveras consternadas —“visiblemente”, observaría la crónica— igual que las que en otros tiempos fueron a despedir al Ipiranga. El último Tlatoani resultó ser mortal: ¿no era esa la noticia, finalmente? A veinte años de entonces, recuerdo esos lamentos como el llanto de un coro sofocliano. 24 de marzo del ‘94. Si el líder no era todopoderoso, el Olimpo había entrado en bancarrota.