Pronóstico del Clímax

El pelmazo furioso

El furibundo es muy sensible a la injusticia. Trae cargando en el puño un picahielos para vengar con saña desproporcionada todo aquello que le parezca inaceptable, puesto que su rencor es ancestral y su hambre de justicia retroactiva.

Por alguna curiosa sinrazón, respetamos de más a los furibundos. Hay quienes los admiran, cuando no los veneran por la sola razón de que los creen capaces de cualquier cosa, y esto incluye un catálogo infinito de palabras y acciones irreflexivas, por no decir sencillamente estúpidas. ¿Cuántos héroes, no obstante, se han ganado su estatua mediante un acto idiota, en teoría voluntario, que la Historia encontró no sólo meritorio sino fotogénico? ¿Quién va a informarle al policía de turno si el energúmeno que le grita en la cara es un héroe, un demente o un simple perdedor con mala leche? ¿Cuántos de nuestros próceres encajan en las tres categorías?

El furibundo es como los vampiros: no se encuentra en la imagen del espejo y le teme a la luz como al fin de su estirpe. Puede advertir, aunque difusamente, la chispa del origen de la furia vigente; no así quizás la madre de todas sus rabias, y menos todavía su parte en el entuerto. Está que lanza espuma por la boca y no entiende que no lo acompañemos.

Recuerdo, cuando niño, los enojos de un hombre que aparecía en la televisión echando pestes por tal y cual cuestión, al extremo de perder el aliento y ostentar su mirada de pistola como prueba final de sus afirmaciones. Su nombre era Roberto Blanco Moheno y hoy apenas habrá quien lo recuerde, pero entonces tenía miles de seguidores que encontraban muy cómodo que otro hiciera los corajes en su lugar, así como adversarios prestos a escupir bilis nada más de mirarlo resoplar. No había que leerle el pensamiento para saber que el insulto más grande que aquel hombre podía recibir sólo podía ser la indiferencia.

El furibundo dice y hace barbaridades que a cualquiera tendrían que avergonzar, pero antes de eso haría falta calmarse y eso sí que nadie puede pedírselo, puesto que sería tanto como minimizar las razones que jura haber tenido para darle la espalda a la razón. Pídele a un furibundo que se tranquilice y se te echará encima como si defendiera la honra de su madre frente a un calumniador desvergonzado. ¿Quién te has creído, al fin, para quitarle peso a esa cruz que con tanto garbo carga?

Como toda persona fuera de sí, el furibundo tiende a la paranoia, porque además no tiene tiempo ni paciencia para buscar las causas de las cosas más allá de sus miedos inmediatos. Tanto le urge acusar los errores ajenos que encuentra sex appeal en términos como “denuncia” y “sentencia”, así no le sean útiles más que como analgésico. Pues al cabo de tantos años dedicados a cultivar el melodrama, intuye el furibundo que sus aptitudes perfilan ya la sombra de una vocación. Lo suyo es indignarse hasta inspirar el miedo o el contagio, ya se verá después qué motivos resultan suficientes para legitimar la espuma entre sus labios y hacerla por su parte respetable.

El furibundo es muy sensible a la injusticia. Trae cargando en el puño un picahielos para vengar con saña desproporcionada todo aquello que le parezca inaceptable, puesto que su rencor es ancestral y su hambre de justicia retroactiva. De aquí al Juicio Final, que muy probablemente le dejará temblando de disgusto, el furibundo nunca recibirá compensación bastante por las afrentas recibidas, ya sea en carne propia o en la pura conciencia, que suele ser voluble y auspiciosa como la consabida autoridad de sus fluidos orgánicos.

Lo peor del furibundo no es que diga idioteces, sino que las imponga como ideas a partir del chantaje de su mal humor. Y en vista de que hay gente lista para elevar esos desplantes a la categoría de demandas civiles, de pronto nos miramos invitados, cuando no compelidos, a dar trato de idea a un disparate por la sola razón de que sus impulsores llegaron todos encabronadísimos. ¿Por qué entonces, dirá algún candoroso, no se fueron primero a ver a un terapeuta?

Ya puedo imaginar los comentarios al pie de estas palabras, en la edición digital del periódico, de furibundos de uno y otro signo. No es que les interese gran cosa lo aquí escrito, pero les entretiene tanto hacer berrinches públicos que tienen nada más que dos opciones: ponerse el saco y mentarme la madre o adjudicárselo a sus dizque antípodas y pitorrearse de ellos rabiosamente. Porque insisto, no logran mirarse en los espejos.

Todos nos hemos visto en su lugar. Recuerdo, por ejemplo, algunos de los peores panchos que he protagonizado, en cuyo curso he llegado a soltar sarcasmos ofensivos que al calor de la rabia juzgué muy ingeniosos, como si el juicio hubiese estado ahí y el ingenio excluyera de por sí la idiotez. Luego ya fue muy tarde para arrepentirse, no así para torcerse de vergüenza.

De niño, el berrinchudo es la burla de sus compañeritos, pero ya en casa aprende a ser tirano. La abuela, por ejemplo, no soporta verlo pegarse cabezazos contra la pared, qué tal que se hace daño el pobrecito. Y ahí sigue, furibundo. Menos mal que el problema lo ha hecho nuestro: esas cosas consuelan, cómo no.