Pronóstico del Clímax

El pecado del judío

¿Qué se puede decir de un antisemita mexicano y “de izquierda” para quien la palabra “judío” es un insulto, y así la usa para apoyar su causa?

Tendría unos siete años cuando oí a aquel chofer atrabiliario agredir a mi madre por medio de un extraño sustantivo que el fulano esgrimía como insulto. Una vez que nos vimos lejos del cafre, a mi mamá le dio por reírse sola. “¿Qué es una judía?”, me lancé a interrogarla, ya que estaba de buenas a pesar de la furia del sujeto, o hasta quizás por eso, pues en vez de ofenderla le daba risa. “¡Extranjera!”, también le había gritado, con rabia fermentada en sabría el diablo qué pútridos rencores.

No éramos, por cierto, judíos ni extranjeros, se explicó mi mamá, y tampoco sería tan raro, finalmente, como no fuera a ojos de algún loco furioso como el que la acababa de agredir, por más que ni cosquillas le hubiera hecho. ¿O acaso se supone que uno debe enojarse si le gritan “judío”, o ya entrados en gastos “mexicano”? Ahora bien, no es lo mismo. Puesto que si en un caso hay menosprecio, en el otro se asoma una envidia, por cierto, muy mexicana. Pues si en otras regiones el antisemitismo se apoya en infinitos prejuicios asquerosos, aquí lo que más pesa es el dinero.

“Los judíos crucificaron a nuestro Señor”, escupió alguna tarde la catequista, con la rabia tan fresca que uno habría jurado que aquello pasó ayer afuera de su casa. ¿O sea que era de eso que acusaba el patán a mi mamá, y a mí de paso? ¿Existía algo así como una raza de crucificadores? Y si a ella pertenecían asimismo los crucificados, ¿cómo distinguiríamos entre unos y otros?

Esa noche, observé con calma a mi mamá. ¿Le molestaba al tipo que pareciera extranjera, o solamente que estuviera guapa? ¿Verdad que el ingenuote imaginó también que éramos ricos? ¿Y qué tal si el motivo de su rabia no estaba entre los clavos de Jesús, sino en el morralito de Judas Iscariote?

“Judas”, de pronto se le llama al judío, como si solo así resultara explicable su presunta riqueza. Pues se sabe que todo pobre diablo necesita explicarse el triunfo ajeno, y qué mejor que hallar ahí la clave de los propios fracasos. Si el vecino de enfrente es extranjero, de seguro vendrá a querer saquearme. Habrá hecho su dinero con traiciones. ¿Y qué no haría yo, que soy tan buen cristiano, con esos 30 suculentos denarios? Es decir que el problema no es que el tal Iscariote vendiera a su maestro, sino que a algunos cuantos se les adelantó.

Una crucifixión es cosa muy violenta, más aún si nos cuentan una y otra vez que se trata de un hombre inocente y buenísimo que ha aceptado morir por nuestras faltas. Una vez redimidos por su sangre, descansamos en la feliz certeza de que el villano es Judas, aún más que por traidor por ambicioso. Y aquí, insisto, no es preciso seguir el linaje de nadie para colgarle una buena estigmata. Follow the money, pues. Pan comido, por cierto, para el olfato fino del envidioso.

Extranjero y al propio tiempo lugareño, el judío compatriota —no acabo de entender que les llamen “paisano”, ni si ese mote es bueno, malo o neutral— goza del privilegio de la doble visión del inmigrante. Puede mirar su entorno desde afuera o adentro, según lo necesite o se le antoje. Vive, además, al tanto de la inquina de los bestias agrestes, por llamar de algún modo a esos acomplejados e ignorantes que aún en estos días creen que insultan a alguien llamándole “judío”. O, si se ofrece, “negro”. Y ya de una vez, “indio”. El papelón de los racistas mexicanos consiste en no saber escupir más que hacia arriba.

Cierto es que algunos lo hacen por duplicado. Quiero decir que entiendo, aunque me ría, que un neonazi tenochca tenga en su cuarto un póster de Heinrich Himmler, pero escuchar voces antisemitas entre quienes se jactan de izquierdistas es dos veces absurdo. Por no decir el doble de ridículo. ¿Qué se puede decir, con un demonio, de un antisemita mexicano y “de izquierda” para quien la palabra “judío” es un insulto, y así lo usa para apoyar su causa? Yo diría que lo que más le jode es no haberse llamado Salomón Cohen.

A menudo, el pecado del judío consiste en destacarse. Despertar en los otros admiración o tirria. Exponerse a que más de un resentido le pase la factura por sus frustraciones. Porque al cabo son pocos, he ahí su lado flaco. Siempre es fácil cargar contra los menos en nombre de los más. Se llama “limpieza étnica”, pero igual es social, y muy especialmente económica. Cada vez que alguien usa “judío” como insulto, me hace caer en un prejuicio insalvable, que consiste en creerle un pobre imbécil. Puede que me equivoque, pero no he sido yo quien escupió hacia arriba.

Hay envidia que odia, y ésta es de ésas. Hasta donde sabemos, el antisemitismo solo se cruza con el ideal de justicia social en la jerga fascista: código de palurdos resentidos y otros buitres sedientos de revancha. Todo personal, claro. Todo envidia, fracaso, rabia, superstición, ignorancia, bajeza, estupidez. De eso se trata el antisemitismo.