Pronóstico del Clímax

La pandilla y la paz

Enternece enterarse que a los neopacifistas de las FARC los desvele de pronto la legalidad, o que les horroricen el odio y el rencor, aunque a nadie sorprende que tengan poco aprecio por la opinión del pueblo al que se jactan de favorecer.

En la fotografía aparecen varios hombres de acción en plan de pacifistas, cada uno apoltronado sobre un sillón de piel mullido, acogedor y aparatoso. En primer plano vemos a Rodrigo Londoño, conocido también como “Timoleón Jiménez” o Timochenko, fumándose un habano mientras sigue la acción delante de él, en lo que se adivina un monitor gigante. A su derecha se hallan arrellanados varios de sus colegas, frescos y relajados como clientes VIP. Una escena infrecuente, allá en La Habana, donde hacen falta muy raras prebendas para acceder a semejante zona de confort. “La izquierda te da fueros”, se cuenta que decía Néstor Kirchner.

El habano, el sillón, el ancho cenicero para que fume a gusto bajo techo. Francamente no acabo de entender cómo es que el Timochenko pacifista le da tanta papaya a mi escepticismo. Por un instante, me parece estar viendo una escena de El cártel de los sapos. Sobre los campechanos hombres de la foto pesan innumerables acusaciones de homicidio, secuestro, narcotráfico, tortura y otras atrocidades, perpetradas en el nombre de un pueblo que en su gran mayoría los aborrece. Se supone que están arrepentidos. Tendrían que mostrarse algo contritos, pero se les ve ufanos y desahogados. Demasiado chulescos para creerles que piden perdón, o siquiera se ven necesitados de un trámite en tal modo insustancial.

Verdad es que los líderes de las FARC se miran poco menos que en su casa. Es decir, con sus viejos valedores al mando de la dictadura más antigua del mundo. No es la neutralidad, sino la impunidad lo que se garantiza en esta sede, mas al fin se hace en nombre de la paz. Por grotesca que fuera en su momento la imagen de Raúl Castro sellando el apretón de manos entre el presidente Santos y Timochenko, había argumentos lúcidos y generosos en favor del perdón y el olvido. No era la paz ideal, pero era lo que había.

Al día del plebiscito, el dominio absoluto de los hermanos Castro sobre Cuba se extendía por 57 años y 275 días. En cualquier otra sede —si se exceptúa, digamos, Pyongyang— las pláticas de paz y la mera presencia de la primera plana de las FARC en un evento público habrían acarreado centenares o miles de manifestantes en contra y a favor del armisticio, pero el absolutismo hereditario no contempla semejantes licencias, como no sea entre sus corifeos y bajo una celosa supervisión. ¿Exagero si encuentro turbador que los altos jerarcas de las FARC solamente se sientan a sus anchas bajo la sombra de un Estado policial?

Una vez decidida la votación en contra del tratado de paz recién firmado, los líderes rebeldes lamentaron, por boca de un soberbio Timochenko, “el poder destructivo de los que siembran odio y rencor”. Luego desconocieron el mando de las urnas colombianas, por “no tener efecto legal alguno”. Un traspiés sintomático en quienes mucho exaltan las virtudes intrínsecas del pueblo: ese mismo rebaño cuya obediencia apremian con ojo ganadero y celo clerical.

Enternece enterarse que a los neopacifistas de las FARC los desvele de pronto la legalidad, o que les horroricen el odio y el rencor, aunque a nadie sorprende que tengan poco aprecio por la opinión del pueblo al que se jactan de favorecer. ¿No es, pues, conmovedor que una pandilla de maleantes con fuero ofrezca a sus airados acreedores lecciones de legalidad y bonhomía? ¿Que enseguida pretendan imponer su mando cuartelario sobre la voluntad expresa de los más? Los pobres comandantes no están acostumbrados a la desobediencia popular, menos aún a que los ciudadanos piensen por su cuenta. Una cosa es que quieran ser senadores, otra que les importe la pantomima ésta de las urnas.

Debe de ser odioso, para un aventurero habituado a matar, traficar y secuestrar, entre tantas crueldades reglamentarias, mirarse en el futuro reducido al estatus de funcionario público. Ya se ve en esas fotos tan orondas que los verdugos de la bandera blanca aún no saben taparle el ojo al macho. Les importa un carajo si se les nota un aire de superioridad ajeno a toda urgencia de contrición. ¿O será que se aburren, nada más, con la mariconada ésa de la democracia? ¿Por qué no nada más contar las adhesiones, y al que no le parezca que proteste en la cárcel?

En el que habría sido su debut como políticos, Timochenko y su banda de mandamases han acudido ya no a pedir perdón por todo lo que han hecho, sino sólo a dejarse perdonar —con ánimo magnánimo, se entiende— por aquellas infamias del pasado inmediato que apenas si requieren redención, y en un descuido reclaman estatuas. Por las solas palabras de su líder, se les ve aún sobrados de certezas morales. Mal puede arrepentirse quien no encuentra su error, y peor aún: encuentra en él orgullo. La pregunta, quizás, no sea si la firma de la paz es aún posible, sino cómo podría ser posible una paz sin orgullos ni rehenes.