Pronóstico del Clímax

El país de los malcriados

Hoy en día se trata al privilegio con cierta discreción, pero al cabo el poder se ejerce y se demuestra enarbolándolo. Y si una nueva ley intenta regateárnoslo, tocará demostrar que nos hallamos por encima de ella.

Habría que aceptarlo: nos gusta el privilegio. Nada en este país goza de tanto prestigio como ser un sujeto de excepción. Por eso nada nos enfurece tanto como que se nos niegue un privilegio, y peor aún: que nos lo den y luego nos lo quiten. “¡No hay derecho!”, trinamos ofendidos contra quien nos explica la ley o el reglamento que impide darnos gusto. ¿Mas para qué nos sirven todas esas cláusulas, sino para brindarnos la satisfacción de sabernos más allá de su alcance, por la excepcional circunstancia de que a-mí-no-me-hablan-así?

Sucede con los niños consentidos. Si el escuincle ha crecido acostumbrado a comerse las uvas peladas, entenderá como una vejación que pretendamos dárselas con cáscara. Poco le importará saber que todo el mundo se las come así, si lleva años sabiéndose especial y ya sólo por eso le parece humillante que cualquiera se atreva a meterlo en el mismo costal que a todo el mundo. “¡No me importa!”, dirá, ya con el amor propio en carne viva. O se las pelan o no se las come.

Aún en el siglo XX, cuando tener algún buen puesto en el gobierno significaba disfrutar de cínicos y extremos privilegios, éstos eran también seña de identidad y certificado de prestigio social. Es decir que el señor director y sus afortunados familiares no sólo no se abstenían de disimular el cotidiano abuso de sus prebendas, sino que se trataba de exhibirlo. Si el coche y el chofer los pagaba la dependencia a su cargo, mayor razón tenían para hacerlo saber a cuantos los trataban. El mensaje era simple: Soy especial, no hay reglamento que pueda conmigo.

“Vengo de la cultura del esfuerzo”, se pavonean algunos con el pecho hinchado, pero ya desde lejos se les ve que lo suyo es vivir del privilegio. Un sistema caduco, si bien aún vigente y a medias operante, donde los privilegios son moneda de cambio y así se les negocia y regatea. Puede haber 20 leyes que se opongan, pero esa es la ventaja de la canonjía, que está ahí para darme acceso a la excepción. Pobre de aquél que trate de quitármela, pues la he de defender como un derecho vitalmente ligado a mi autoestima.

Durante muchos años, este país vivió de la administración del privilegio. Ser parte del sistema, y en tanto eso beneficiarse de él, era aceptar un contrato no escrito donde las leyes eran relativas, y de hecho negociables, dependiendo del acceso que cada uno tuviera a la escala del privilegio nacional. Unos, los palancudos, no tenían sino que identificarse o hacer una llamada para seguir inmunes su camino. Otros podían comprar la inmunidad y mirarse no menos poderosos. Y los demás debían conformarse con aguantar la vara como todo el mundo, mientras soñaban con el golpe de suerte que algún día les franquearía las puertas de la siempre envidiada zona V.I.P.

El gran problema de las zonas V.I.P. es que tarde o temprano se saturan. Durante muchos años, los políticos repartieron privilegios, muchos de ellos absurdos y onerosos, con el ánimo alegre del tahúr que no piensa en el mañana. Y hoy que llega el momento de hacer cuentas, ocurre que cada una de esas viejas prebendas ha crecido hasta hacerse derecho inalienable. Quien goza de una plaza hereditaria no tolera la idea de no poder venderla o alquilarla. La turba impune que ayer mismo prendió fuego a una oficina pública no encontrará razones para que hoy o mañana pretendan limitarla mediante el truco viejo de “aplicarle la ley”. Suena gracioso, ¿cierto? Ridículo, de paso. ¡Ay sí, mucha ley, tú las traes! Pues la idea es que la ley, como la muerte, nos pela los dientes. Y si no, peor para ella.

Es cierto que hoy en día se trata al privilegio con cierta discreción, pero al cabo el poder se ejerce y se demuestra enarbolándolo. Y si una nueva ley intenta regateárnoslo, tocará demostrar que nos hallamos por encima de ella. “¡Sólo eso me faltaba!”, repelamos y al instante nos hacemos de una causa. No hay funcionario, empleado o policía que nos parezca más antipático que aquel que se ha propuesto aplicarnos la ley sin miramientos. ¿O será que no le hemos llegado al precio?

Defiende uno sus pequeños privilegios como un niño malcriado, pues sabe que no tiene más razón que el comodino apego. Se acostumbró a gozar de la excepción y ya por eso cree que la merece. ¿Qué le queda, sino hacer un berrinche? Puede uno protestar si acaso le conculcan un derecho, pero si le han quitado un privilegio lo que queda es gritar y patalear en defensa de la sacra excepción.

Los niños malcriados no nacen, se hacen. Su conducta, por tanto, no es imputable a ellos, sino a quienes les dieron la certeza imperial de ser excepcionales. Para acabar con la cultura del privilegio, este país debe enfrentar la furia de sus millones de hijos malcriados. No es que seamos niños, pero insistimos en ser especiales. Ay de aquél que nos trate como a todo el mundo.