Pronóstico del Clímax

Padrecito Fidel

Se sabe que papá no podía equivocarse. Nadie tendría entonces que sorprenderse porque dejara en manos de tío Raúl la patria potestad de sus amados vástagos.

Es fácil comprender la inmensa desazón de sus viudas y huérfanos. Hay padres que jamás terminan de educarte, como si nunca fueran a faltar. Uno de sus orgullos consiste justamente en cacarear ante propios y extraños lo poco que te falta en esta vida, inequívocamente bajo su protección. Y ay de ti si te atreves a contradecirlo, porque su maldición te seguirá en las palabras y actos de sus demás hijos, que te dirán "traidor" y ya no "hermano" porque has merecido el infierno y perdido el cielo.

Para el padre del que hablo tanto el infierno como la gloria eterna estaban afincados en la tierra. Podías ir a dar a uno u otro con menos que una seña de su mano, por motivos etéreos o fortuitos, pues como tantos padres obsesivos se jactaba de conocerte a fondo, y de que a uno como él nadie le oculta nada. Un padre con millones de ojos y orejas prestos a escudriñar en las vidas ajenas, allí donde no existe la privacidad porque papá ya dijo que es mala costumbre.

Los ojos de papá no solo sabían ver, también adivinar. Nada era tan sencillo para sus incontables hijitos consentidos que encontrar en tus actos más inocuos la sombra de un pasado vergonzante o el anuncio de alguna deslealtad futura, quizás aún invisible para ti. Pues al jefe del clan no le era suficiente con que le obedecieras, si antes de eso tenías que pensar después de él, orondamente. Repetir su discurso sin más argumentar, como un loro que aprende palabrotas y con ello se gana la fama de rebelde. ¿O hay quien duda que en los dominios del papá de marras nunca quedó lugar para otro respondón?

Hay quienes observamos que este patriarca estricto y arbitrario tenía a sus hijos viviendo en la miseria, pero eso sí: anchos de dignidad. Una dignidad rara, viniendo de quien no tiene el derecho de expresar su genuina opinión al respecto y encuentra en el silencio la esperanza de no quedarse sin despensa, por escasa que sea. Un orgullo en tal modo enrevesado que se hace el distraído cuando sus estrecheces cotidianas contrastan con los privilegios de las visitas, inaccesibles a sus presupuestos y muy probablemente corruptores. Una altivez que es pura bravuconería, dirigida a un rebaño manso y cabizbajo que levanta la frente solo para acatar la orden del pastor. Una mera soberbia emasculada.

Se ha sabido que es tanto y tan profundo el dolor de sus huérfanos y viudas, que entre sus corifeos ha quedado prohibido darse los buenos días. ¿Cómo van a ser buenos, si no está aquí papaíto para tomar su mano y conducirlos por el camino recto? ¿Qué noche será buena, en adelante, sin al menos la sombra de esos discursos tercos y kilométricos de los que nadie podía sustraerse, so pena de caer de la gracia del padre e ir a dar al infierno de su desfavor? ¿Quién, que no fuera un hijo pérfido y malnacido, insinuaría que es posible pasar un ratito agradable mientras papá se acaba de podrir, o quemar, o volatilizar?

Se sabe que papá no podía equivocarse. Nadie tendría entonces que sorprenderse porque dejara en manos de tío Raúl la patria potestad de sus amados vástagos: esos que se vigilan y acusan uno al otro, pero al darse la mano se llaman "compañero" y se jactan en público del gran amor filial que los ha unido. No cabe mejor vínculo entre hijos apocados que la uniformidad de sus certezas, una vez convencidos de que a papá no se le ha visto errar desde que vino al mundo a iluminarlo.

Todo el mundo conoce a algún padre absorbente como el de nuestra historia. La clase de mesías que habla hasta por los codos de moral, dignidad y compromiso, solo que únicamente de acá para allá. Pues de allá para acá no se espera que vengan más que prédicas e instrucciones, o en su caso anatemas y castigos. Pase el tiempo que pase, nadie será a sus ojos un verdadero adulto, ni deberá asumir tales prerrogativas sin ganarse con ello el ostracismo. Y como es evidente, le tiene sin cuidado el qué dirán: puede hacer el ridículo sin límites, delante de una corte de aquiescentes que hallarán sabiondez inclusive en sus peores desatinos.

Pocas indignidades hay tan humillantes como la de aceptar que otro piense y decida por uno. Si yo estuviese en trance de enterrar a un patriarca que me impidió crecer por varias décadas, tendría miedo de salir a la calle. Me sentiría indefenso, frágil, abandonado a mi triste fortuna. Iría por las calles repitiendo, como Hugo, Paco y Luis, esas plegarias huecas que aprendí de papá, el abusador. No sabría decir si es aún temprano o demasiado tarde para empezar a pensar por mi cuenta.