Pronóstico del Clímax

El "oso" del Rey David

Cuando niño, se deja uno avergonzar por "Las Mañanitas". Más tarde, son los aduladores quienes nos abochornan a su ritmo.

Hay homenajes que causan sonrojo. Ya sea porque es uno el celebrado y no sabe qué hacer con el paquete, o porque se es testigo de una función grotesca cuyos participantes han perdido del todo la noción del ridículo, la sensación suele ser tan incómoda como en la tierna infancia, cuando era tu cumpleaños y una treintena de niños y adultos entonaba en tu honor Las Mañanitas.

Era un día feliz y un momento especial, aunque algunos difícilmente atinábamos a nada mejor que abochornarnos como vírgenes en pelota, con todos esos reflectores encima. Pero eso no era todo, había que encontrar un punto en el espacio donde no hubiera un par de ojos sonrientes atentos a cada una de las propias reacciones, mientras amigos, primos, tíos y vecinitos canturreaban a coro que el día que uno nació nacierontodas las flores. ¡Qué descanso soplar sobre las velas, cual si ese solo impulso exorcizara tanta ñoñería!

Cantar Las Mañanitas es, años más tarde, una oportunidad para tender la mano al adversario, o al menos pretender que se la tiende, o en su caso para refrendar el favor que acaso nos merece el festejado. Fue, si mal no recuerdo, en una oficina donde volví a probar el antiguo complejo infantil, sólo que ahora como espectador. Era el cumpleaños del jefe mayor y de pronto arrancaba un reñido torneo de lambiscones, cada uno entregado en cuerpo y alma a la urgencia de hacerse destacar con la sonrisa dócil, el falsete en su punto, la ocurrencia que hacía tronar la métrica para cambiar la línea original por una adulación al festejado.

No quiere uno cantar en esas situaciones, si bien mueve los labios para burlar el celo de los intrigantes. Peor todavía si ocurre que al festejado le complace el cortejo de los chupamedias, pues lo que entonces se arma es una ópera bufa, a modo de ritual de sometimiento donde no hay más papel que el de fariseo. Aún así —tal vez tomando en cuenta que se trata de un día excepcional— Las Mañanitas son de naturaleza igualitaria: ya se trate de niño, matrona o mandamás, quienes cantan se lanzan a tutearle, y hasta a la jotería de llamarle “mi bien” a grito pelado.

¿Pero qué iba a cantar el lambiscón? ¿“Despierte, señor, despierte”? Sólo de imaginarlo da repelús. Hasta que un día sucede, y la vergüenza vuelve igual que antaño. No hay que ir muy lejos para acabar de creerlo. Está en YouTube, a todo patetismo: Juan Gabriel canta Las Mañanitas a Nicolás Maduro. Quiero decir que si yo fuera el Rey David, tendría desde entonces la cabeza metida en el escusado.

“El día en que usted nació, nacieron todas las flores”, gorjea el cantante con la voz quebrada, como resuelto a ser el empleado del mes, rodeado de mariachis y siervos de confianza bolivariana, a dos pasos del festejado y su cónyuge que lo ven complacidos y arrebolados. “Una es para saludarle y otra para decirle… aló”, parafrasea de nuevo el divo cortesano, como quien considera la idea de calzarse un gorrito con cuernos y cascabeles.

Es seguro que Nicolás y Juan Gabriel no se dan cuenta del panchazo que hacen. Otro, con semejante poder inquisidor, ya habría sacado ese video de la red: su permanencia es prueba fehaciente de culto a la falta de personalidad. Tan afecto como es al trinar de los pájaros que comen de su mano en el Palacio de Miraflores, el amigo de Fidel y Raúl no encuentra nada raro en el trato imperial que recibe desde la letra misma de la canción. ¿Qué tiesa clase de conservador será ese compañero mandatario, que ni en Las Mañanitas se le habla de tú? ¿No hubo por ahí un camarada con los pies en la tierra que explicara al cantante el origen humilde del festejado, sus ideales políticos, su afecto por las masas? ¿Un asesor de imagen capaz de detener ese episodio de comedia involuntaria? ¿Alguien que hubiera visto, por ejemplo, una película de Manolín y Shilinsky?

Vuelvo a ver el video y temo que fui injusto. Pocos actores me hacen reír tanto como Manolín, personaje famoso por ingenuo, mas no por zalamero y menos aún por avergonzar a nadie que no fuera su mancuerna en escena. Si he de reírme del performance de mandatario y cantor, lo que me sale es cierta risa oscura, cargada de un sarcasmo entre acedo y podrido, pues no logro evitar el sonrojo vicario, ni logro despojarme del asquito que suelen provocar los lamesuelas a la sombra del poder satisfecho. Una vez más, me dejo apabullar por la ignominia de Las Mañanitas. Ya lo decía mi abuela: ¡Trágame, tierra!