Pronóstico del Clímax

La ortopedia del plomo

”Si un padre de familia, con toda la razón, quiere a sus hijos lejos de las drogas, ¿qué tan cerca querrá de ellos las balas? ¿Habrá quien piense aún, como tantos histéricos en el siglo pasado, que un hijo vale más muerto que adicto?”

En un hogar decente, asumimos, no hay drogas ilegales. Y si las hay están bien escondidas, de modo que los otros miembros de la familia no sospechen siquiera su presencia. Las drogas, se nos dice desde niños, son camino seguro a la autodestrucción. Abundan, además, historias instructivas al respecto. Recuerdo que en años adolescentes cayó en mis manos Pregúntale a Alicia, un libraco ejemplar en forma de diario, pensado para espeluznar a tiempo a quienes por entonces éramos víctimas potenciales del oscuro flagelo. Supongo que mis padres lo dejaron ahí para saciar mi morbo y prevenirme a tiempo.

Nunca, por esas épocas, supe siquiera a qué olía la mota. Menos aún llegué a tener noticia de que un amigo, vecino o compañero de escuela inhalara cemento o cocaína. Alguna vez, no obstante, me entretuve fumando flores y plantas secas del jardín. La bugambilia no sabía tan mal, pero estaba muy lejos de causar otro efecto que la carraspera. Tenía unos 13 años, esa edad en la que uno redescubre su hogar, a fuerza de encontrar en armarios, libreros y escondrijos objetos hasta entonces “aburridos” que de un día para otro se hacen insoportablemente interesantes. Como sería el caso de las pistolas.

Con las armas, nos dicen, no se juega, pero a ciertas edades la vida entera es juego y una pistola, un rifle, una escopeta parecen nada menos que juguetazos. Sabemos, claro está, que son armas mortales, pero la muerte entonces se ve lejos. Tiene apenas sentido, pertenece a una esfera tan distante que la preocupación de los mayores nos parece ridícula. Y no obstante sabemos, todavía en la infancia y puede que hasta hoy, mucho más de pistolas que de drogas. Apretamos gatillos de mentiras, emulamos al héroe matasiete, imaginamos que si un día un ladrón se nos mete en la casa, papá le llenará de plomo las entrañas. ¿Cómo, si no, protegería la paz de nuestro santo hogar?

Alguna vez, ya con 14 años, se presentó en la casa un encuestador. Quería hablar conmigo sobre el tema de la farmacodependencia. ¿Conocía yo a algún farmacodependiente? No en realidad, le dije. ¿Había visto a uno, casualmente? Sí, claro, a algunos cuantos. ¿Y qué pensaba de ellos? Nada, le repetí. ¿Qué quería que pensara, si me daban igual? Una vez que me vi libre del preguntón, me pregunté a mi vez, todo candor, qué tenía de raro, de malo o de importante tratar a un dependiente de farmacia.

¿Dónde estaban las drogas, por entonces? No tenía yo la menor idea, pero a cambio sabía dónde estaba escondida la Smith & Wesson. Si, tal como afirmaban en el colegio, las drogas te mataban lentamente, la .38 especial de mi padre podía enviarte al panteón en un tris. Iba a cumplir 15 años cuando inserté una bala en el revólver y salí como un niño endemoniado en busca del vecino al que había decidido escarmentar. Cuando al fin lo encontré, unas horas más tarde, ya se me había resbalado el coraje y la pistola estaba de vuelta en su lugar. Gracias a eso no soy un asesino.

De entonces hasta hoy, es moneda corriente la estrambótica idea de que las drogas se combaten con pistolas. O con rifles, bazucas, subametralladoras y lanzamisiles, ahora que las mafias son multimillonarias y ya la policía necesita valerse de armamento de guerra para tratar al menos de enfrentarlas. Pero el mercado no se anda con cuentos, por eso es que las armas se abaratan al tiempo que las drogas se encarecen. Hoy día, por ejemplo, se registra en Estados Unidos un promedio de 89 muertos diarios por herida de bala. Una calamidad estúpida y funesta para la que no hay clínicas de rehabilitación.

Me da un poco lo mismo si el vecino de enfrente se pone cada noche hasta el cepillo con los fármacos de su predilección, pero me haría trizas el sosiego enterarme que tiene una Uzi guardada en el buró. Puesto que a una máquina de escupir balas le es mucho más sencillo que a una droga terminar con la vida de quien sea. Si un padre de familia, con toda la razón, quiere a sus hijos lejos de las drogas, ¿qué tan cerca querrá de ellos las balas? ¿Habrá quien piense aún, como tantos histéricos en el siglo pasado, que un hijo vale más muerto que adicto?

Nada me tranquiliza que la policía antidrogas se valga de armamento aterrador para intentar cumplir con su trabajo. Así andarán los otros, me imagino. De acuerdo a la experiencia, la estrategia de atender con batidas y balazos los problemas de mera salud pública multiplica justamente el efecto nocivo que en principio buscaba prevenir. Muertos por todas partes, clap, clap, clap.

Disparar una ráfaga de plomo brinda una escalofriante sensación de poder. Inhalar dos rayitas de cocaína alimenta asimismo el ego tragaldabas del acomplejado. Juntos, pólvora y polvo de alcaloide engendran esperpentos inenarrables, más aún si hay dinero ilimitado. Que suele ser el caso, ¿no es verdad? Armas “buenas”, drogas “malas”: maldito sea el cliché y sus inventores.