Pronóstico del Clímax

Los ojos no matan

No dudo que las púdicas senadoras Dolores Padierna y Angélica de la Peña sueñen con un Estado policial donde todos los ojos fuesen fiscalizados brutalmente, tal como otros políticos, según ellos distintos, quisieran suprimir las minifaldas.

La noticia parecería graciosa, si no fuera en el fondo espeluznante: las senadoras Dolores Padierna y Angélica de la Peña anuncian una iniciativa para sancionar las miradas lascivas, como parte del acoso sexual callejero. Al respecto argumentan que “sólo quien las sufre puede describirlas”, y en consecuencia se disponen “a hacer una redacción de tal manera que se entienda que cuando la víctima siente esa agresión, la pueda denunciar y describir”.

Casi todos nos creemos capaces de interpretar las miradas ajenas. Especialmente en México, donde ya es tradición que dos extraños se enemisten, insulten, golpeen o entrematen, no bien uno colige que el otro lo vio feo. ¿Arrogancia? ¿Desprecio? ¿Lástima? ¿Desafecto? ¿Animadversión? ¿Displicencia? ¿Quién, que no pueda leer el pensamiento, lograría descifrar el trasfondo preciso de una mirada fea? ¿Es posible probar que fue en efecto fea y no fruto de un celo paranoico? Y aún si ello fuera cierto y comprobable, ¿debo sentirme víctima de una mirada hostil? ¿Puedo decir entonces que he sufrido esos ojos, y entonces denunciarlos, exigir un castigo, buscar resarcimiento?

No suele uno elegir ni controlar la forma en la que mira a los desconocidos. Es frecuente que el miedo, la antipatía o el menosprecio se asomen a los ojos del mirón fugaz sin que alcance a evitarlo. O el deseo, la envidia, la desconfianza. Todavía más común es que uno, al sentirse mirado, incurra en toda suerte de prejuicios defensivos y acomplejados. Lo probable, a menudo, es que nadie siquiera le haya visto. ¿Y no son los celosos intérpretes constantes de la mirada ajena, policías virtuales del pensamiento? ¿No aseguran saber todo lo que sospechan, y hasta aducen por ello que son listos?

“Hay miradas que matan”, nos dicen desde niños. Luego sabemos de hombres que “desnudan con los ojos” a una mujer. ¿Qué más quisieran tantos, sin embargo (más aún esto último, y mejor si son púberes), que lograr algo así con el puro poder de sus pupilas? “Me vio con ojos de hombre”, se quejaba la abuela en sus años lozanos, mas era así también como se prevenía de los calentones. Pues lejos de echar balas o encuerar a nadie, las miradas de odio o de lascivia desnudan a quien osa sostenerlas. Deducimos anhelos o intenciones a partir de esa intensa revisión, que a su vez puede ser buena o mala noticia, según quién, cómo y dónde nos observa, por más que sea difícil acertar.

Si alguien piensa asaltarme, prefiero que sus ojos lo traicionen para al menos tener una oportunidad. No es la mirada, al fin, lo que uno sufre, sino acaso el agravio que podría seguirle. Las ganas de matar, estuprar o robar no son en sí punibles, ni es extraño que cualquiera las sienta, ni se pueden probar ante una corte. La virtud no consiste en no tenerlas, sino en saber excluirlas, por idiotas. Pues si todos supiéramos lo que todos pensamos seríamos inquilinos del infierno.

Usemos ahora nuestra imaginación. ¿Qué tal si un día de estos se inventa e implementa un mecanismo para leer los pensamientos? No parece tan raro, a estas alturas. Una vez suprimidas por decreto las miradas lascivas, daría miedo siquiera usar los ojos, no fuera la de malas que un escote, unos muslos o un trasero se insertaran en el campo visual y tropezara uno con la concupiscencia. No dudo que las púdicas senadoras de marras sueñen con un Estado policial donde todos los ojos fuesen fiscalizados brutalmente, tal como otros políticos, según ellos distintos, quisieran suprimir las minifaldas. El gobierno iraní, a la vanguardia en estos menesteres, cuenta para todo ello con el Ministerio para la Promoción de la Virtud y la Supresión del Vicio, cuyos ínclitos miembros suelen ir por las calles repartiendo varazos, amenazas y arrestos entre las féminas menos entapujadas.

Refundir en la cárcel a un fulano a partir de una mera descripción de sus adivinables intenciones —según las senadoras, cuyo fuerte por cierto no está en la redacción, esto se lograría “haciendo redacciones” muy precisas— supone empoderar la paranoia y darle libre cauce a la maledicencia, amén de consumar la aberración de castigar la idea, antes que el acto. Y vamos, ni la idea, si basta con su mera presunción para darla por hecha e imputada.

¿Cómo se hace para diferenciar la admiración de la lujuria, el odio de la envidia, el sueño del proyecto? ¿En qué clase de polpotiano ergástulo transformarían las calles esta clase de leyes alevosas e imbéciles? ¿Sería también delito, en tales circunstancias, que una mujer se arregle para verse bonita y, por qué no, deseable? ¿Es delito el deseo, de por sí? ¿Por qué será que estas iniciativas “progresistas” tienen un tufo intenso a sacristía, culpa, pecado, inquisición? ¿Quién pudiera ser ciego, para dejar contentos a curas y beatas?