Pronóstico del Clímax

El odio en viernes 13

¿SERÁ QUE SI aceptamos que los más de cien muertos del 'Bataclan' no debieron salir a corromperse en la concupiscencia de un salón de fiestas seremos vistos con mejores ojos por los verdugos de la frivolidad?

La lección está clara: el respeto no basta para frenar al odio. De nada servirá que hagamos un esfuerzo por situarlos, entenderlos o aun justificarlos. Lejos de apaciguar su ímpetu sanguinario o sacudir la esencia de su tirria impertérrita, nuestro pavor vestido de respeto no hace sino afirmarlos en su rencor. Somos sus enemigos, hagamos lo que hagamos. Nos conocen, nos odian y van a ir a buscarnos hasta donde estemos porque saben que ya nos pisaron la sombra.

Saben también que somos muy hipócritas, que los miramos por encima del hombro porque son ignorantes, retrógrados e idólatras, aunque luego apelemos a la coartada fácil del multiculturalismo para clamar que estamos de su lado, o que en el fondo somos parecidos, o que cada uno tiene sus motivos, o que antes de juzgarlos es preciso ponernos en sus zapatos. Tiene que hacerles gracia, tanta cháchara insulsa en quienes ni volviendo a nacer conseguirían empatizar con ellos. No precisan juzgarnos, ya nos han condenado y les corre la prisa por ajusticiarnos.

Si he de ser, pues, sincero, no me inspiran el mínimo respeto. De cualquier forma, si cayera en sus manos me tratarían peor que a sus mujeres, a quienes tiranizan de las peores maneras, sin el menor asomo del mentado respeto; peor me iría, también, que al resto de los hombres bajo su férula, que han de vivir con la cabeza gacha para no despertar su celo inquisidor. ¿Y cómo no lo harían, si a diario nos insultan, condenan, acechan y amenazan, y aun así decimos "respetarlos"? ¿Quién, que te odie a muerte y te lo grite, no va a ensañarse con tus cortesías?

No ha pasado ni un año desde que masacraron a un puñado de caricaturistas. Héroes, si he de opinar. Y nosotros, en vez de honrar toda esa valentía, reculamos con el pretexto pusilánime, y de hecho ignominioso, de que no había que provocarlos más. ¿Qué nos costaba no darles motivos? Como si quienes hallan consuelo, prestigio, orgullo y redención en librar una guerra que consideran santa necesitaran de un motivo más. Teníamos que haber diseminado, replicado y multiplicado esas caricaturas por todos los medios, pero la mayoría acobardada optó por un silencio autocensor, como asumiendo que los asesinados habían ido un poco demasiado lejos. Es decir que si yo no dibujo a su dios, ni lo publico, ni saludo siquiera a quienes lo hacen, los matones me dejarán en paz. Porque yo los respeto, ¿no es verdad?

El odio nada entiende de respeto, pero exige contar con nuestro miedo. El odio es orgullosamente inapelable. El odio no requiere de pretextos para ir de las palabras a los hechos. El odio se avergüenza de la vacilación y se ríe a costillas de la clemencia. El odio se alimenta en soledad, a partir de complejos, frustraciones y miedos que han encontrado en él un arma redentora inagotable. El odio es tan imbécil como funcional, pues no suele dudar ni es afecto a las consideraciones. El odio sólo sabe que todo lo sabe. El odio no es valiente, como quiere creer el infeliz que se deja hostigar por el bravucón. El odio es el cobarde que abusa a gritos de nuestra cobardía: "¡Ven para acá, putita!", la conmina a postrarse, tronándole los dedos.

El respeto unilateral se llama miedo. Un horror fariseo que se agazapa detrás de las formas. Sí, señor, no, señor, lo que diga el señor, aunque el señor de mierda se deshaga en insultos y humillaciones a costillas del falso respetuoso. ¿O cómo es que ellos pueden criticarnos, vetarnos, ofendernos, maldecirnos, amenazarnos, amedrentarnos y matarnos por el pecado de no caber en su edén, y nosotros hacemos que la Virgen nos habla, no sea que se indispongan los señores yihadistas?

Si yo fuera uno de ellos, es seguro que al monstruo de mi desprecio lo alimentaría de tanto y tan respetuoso acojonamiento. "¡Pobres diablos eunucos!", me burlaría de pronto, como suelen hacer los niños abusivos siempre que encuentran un sacatón propicio. Pero diablos son diablos, y esos somos nosotros, a sus ojos. Nuestro respeto nunca va a conmoverlos porque se contrapone al de los suyos: entre menos clemencia nos demuestren, más respeto obtendrán de sus iguales. No es casual que se peinen antes del atentado: van al edén y quieren morir guapos.

¿Y ahora, tras la matanza del viernes 13 (gratuita, a mucha honra) qué es lo que toca hacer para eludir el odio de los cruzados? ¿Qué clase de tributo tímido y oficioso sería necesario rendirles para que nos respeten cuando menos la vida, ahí como cosa suya? ¿Será que si aceptamos que los más de cien muertos del Bataclan no debieron salir a corromperse en la concupiscencia de un salón de fiestas (luego, se lo buscaron) seremos vistos con mejores ojos por los verdugos de la frivolidad? ¿Les bastará con que cerremos los tugurios, prohibamos el alcohol y nos entrapujemos los unos a los otros, o habrá que promulgar la sharia en el lugar de la Constitución? ¿Y qué tal si de pronto, ahí como cosa nuestra, empezamos por dar nuestro atento respeto a los señores carniceros? Para hacerlos reír, no sea que estén de malas.