Pronóstico del Clímax

Los odiados domingos

Esta columna fue escrita en domingo. Está libre, no obstante, de los diablos más fieros de la semana.

Unos lo cuentan como el séptimo día y otros prefieren verlo como el primero  de la nueva semana, pero temo que existe un extenso consenso en torno al tedio propio del domingo. Para algunos, incluso, es un día perdido de antemano. Y ni hablar de la tarde, cuando el aburrimiento asciende a la categoría de vacío existencial y el alma languidece como un sol moribundo. Vamos, que si yo fuera algún demonio, invertiría la tarde del domingo en ampliar mi cartera de clientes, y desde luego cobraría más caro.

(No vayamos más lejos, escribo esta columna los domingos para evitarme el pago de tales honorarios. Entrada la mañana del otrora fatídico día D, salgo al jardín armado de una laptop, que una vez conjurado el primer párrafo toma la forma de un crucifijo: nadie que apeste a azufre puede pasar.)

Aun en la niñez, el domingo tiene sus zonas oscuras. Ya sea porque se imponen visitas familiares fastidiosas, porque te llevan a misa a la fuerza o porque a cada hora se acercan más el lunes y el colegio, el día de guardar por excelencia tiene un aire de fiesta en agonía. Si la tarde del viernes olía a libertad recién ganada y el sábado completo tenía el sabor de una ancha recompensa, el domingo invitaba a volver al redil. “Acuérdate que hoy tienes que acostarte temprano”, te rejoneaban aún bajo la luz diurna y ya sentías el peso del grilletito. Recuerdo de esos años un par de horas horrendas: lunes en la mañana, domingo por la noche.

(“¿Y por qué no aprovechas el domingo?”, me sugieren de tanto en tanto los amigos. Algunos hay que invitan desde el viernes a pasar el domingo en lugares sin duda apetecibles, como Valle de Bravo y Tepoztlán, pero tengo esta cita autoexorcista y muy rara vez logro adelantarla. De ahí que los domingos, lejos de ser letárgicos y fatalistas, me resulten no menos entretenidos que un par de horas de esquí en Tequesquitengo. Y más tarde, a la hora del temido crepúsculo, elude uno las cuotas del hombre del trinche con el salvoconducto del texto terminado que certifica su sobrevivencia.)

“Si no tiene nada que hacer, no lo venga a hacer aquí”, reza el viejo letrero en el taller, la tienda o la ferretería. Pero llega el domingo y sucede que obrero, tendero y ferretero tampoco tienen un carajo que hacer, y menos todavía donde ir a hacerlo. Entre tantas ocupaciones apremiantes, han logrado olvidar aquello que el espejo les susurra en el atardecer del día D. “¿Dónde quedó tu vida?”, los inquiere demonio tras demonio, en la certeza de que no habrá respuesta. ¿Y cómo la va a haber, si los muy infelices no saben ni qué hacer con todo un día libre a su disposición?

(Trabajar en domingo es también una forma de convertirlo en lunes. Con lo cual anulamos no solamente el blues de la tarde fatídica, sino asimismo la aversión a la noria que reina en la mañana del lunes capataz. Cuando otros aún resienten la horma de la rutina, los verdugos del día de guardar van y vienen con una imperturbable cara de martes.)

Solemos ser ingratos con el domingo. Hago memoria y ya empiezo a contar aquellos que han salido memorables, e incluso inenarrables: largos domingos díscolos, de esos que se terminan ya bien entrado el lunes antipático, bailando en una fiesta intempestiva o abrazando a la vida hasta el amanecer. Parrandear en domingo, mientras el mundo duerme, solloza o agoniza; derrochar el día santo, en lugar de guardarlo: ¿qué agenda no quisiera permitirse ese lujo tan romántico?

Si fuéramos especie consecuente, invertiríamos el domingo completo en toda suerte de goces y licencias, toda vez que las últimas horas del asueto se nos van agotando —metafórica, sintomáticamente— y un día será la vida, exactamente así, la que se acabe. No consigo entender que las parejas no se besen desenfrenadamente del alba hasta el crepúsculo y allende medianoche, antes de que la agenda vuelva a tomar el mando y haya que pretenderse gente sensata. Visto a distancia, pues, no parece el domingo un día hueco, sino más bien propicio para verse al espejo y encarar al mediocre que nadie quiere ser.

Allí está, flagelándose en la oscuridad. Su tristeza es tan honda que ni siquiera ha encendido la luz. La vida le debe algo, y no obstante se empeña en seguirle cobrando. Por eso halla consuelo cada vez que alguien jura detestar los malditos espejos. Perdón. Quiso decir, domingos. Los malditos domingos. Sabrá el demonio en qué estaría pensando.