Pronóstico del Clímax

Los normales esperpentos

Algo apesta detrás de ciertas normas, por más normales que de pronto se anuncien ante al ojo astigmático de la resignación.

Hay algo de espantoso en la normalidad. La gente va y repite sus actos y actitudes como quien va llenando requisitos para ganar asilo en el respeto ajeno. ¿Y no parece aún más truculento que la normalidad detente el monopolio de la inclusión social? Varios, de paso, entre quienes se jactan de llevar un estilo de vida alternativo, cumplen celosamente con patrones tan tiesos como aquéllos de los que en un principio renegaron. Son los normales de modelo reciente, pronto serán también causal de espanto.

Con frecuencia se olvida que casi todo aquello que uno considera normal no es sino la costumbre de lo que fue anormal. Nos habituamos pronto a las excepciones, aún las que en principio nos asustan, o nos indignan, o nos soliviantan, o hasta risa nos causan por ridículas. “¿Pero cómo es posible un esperpento así?”, respingamos con el ceño fruncido, todavía incapaces de calcular que en adelante ya no será sólo uno el esperpento, y baste un parpadeo para que se hagan tantos y acaso tan frecuentes que aprendamos a verlos como normales (y los eche uno en falta, si llegan a escasear).

Da escalofríos pararse a imaginar la vida normal de un judío normal en el Berlín que recién asumía como normal el adefesio de las Leyes de Nuremberg. Si la normalidad es de por sí tiránica entre los ciudadanos con iguales derechos, sus poderes se tornan espeluznantes tras la consagración formal del atropello por parte de la norma. Ser normal donde mandan los asesinos supone dar por hecho su quehacer, y eventualmente facilitarlo. Habituarse a lo atroz, como si cualquier cosa.

Del Tercer Reich asusta aún más lo ordinario que lo extraordinario. Que la buena señora exigiera al policía el arresto inmediato del rabino, y se escandalizara si por algún motivo no fuera obedecida de inmediato (“¿No será que es usted su amigo, oficial?”). Que lo anormal no fuera que a uno lo escarmentaran por nada, sino que no lograra dar pronto con su culpa. ¿Que es al fin lo kafkiano sino la integración de una normalidad de pesadilla a partir nada más que de adefesios?

El gran problema de las pesadillas es que quien las padece no sabe que son tales, luego entonces da crédito irrestricto a toda suerte de situaciones adversas, enemigos infames y elipsis estrambóticas. En su sueño las cosas son así, no hay forma de cambiarlas y toca soportarlas. ¿Y no parecen todavía más irreales los primeros minutos de una tragedia verdadera en curso? Muy pronto, sin embargo, cobra el horror hondura y dimensión, hasta abarcar entero el horizonte y ensombrecerlo irremisiblemente. La tragedia se vuelve pesadilla, cuando menos lo pienso el esperpento cesa de ser extraordinario y se hace uno con ánimo y paisaje. Es lo normal, ¿qué no?

No es el nazismo la última pesadilla cuya normalidad consiste en que el poder tenga orejas y dedos insertados hasta en la última hebra del tejido social. Tampoco es necesario armar un holocausto para ser buen alumno de los clásicos. Si para el tenebroso J. Edgar Hoover la normalidad habría consistido en contar con un policía por cada ciudadano, otros opinan que es aún más normal hacer un policía de todo ciudadano, ahí donde lo común es saberse rodeado de enemigos prestos a delatar el menor síntoma de conducta anormal.

Es posible que el peor recuerdo que pueda uno formarse de la transmisión del funeral de dictador coreano Kim Jong-il provenga menos del torneo nacional de plañideras que la televisión exhibió que de la cotidianidad sacrificada que tamaño montaje permitió imaginar. ¿Cómo explicar a los propagandistas del régimen retrógrado que su exótica idea de normalidad está lejos de convencer a nadie que no viva encerrado, custodiado y aislado como un niño con tendencias suicidas? ¿Cómo entender su mística de lo unánime, ahí donde el único signo aceptable de normalidad está en berrear hasta escaldarse los pulmones? ¿Cómo creerse, en suma, la escasez de anormales?

Espanta, ciertamente, ponerse en el pellejo de aquellos ciudadanos que paulatinamente van perdiendo su calidad de tales, merced al crecimiento cancerígeno de una normalidad tan rara y abusiva que les exige entrar en su horma unánime para considerarlos personas normales. Es decir, facultados para que se les trate como personas ahí donde los distintos no son más que gusanos y cucarachas a los que es necesario fumigar. Espanta imaginar la vida cotidiana del infeliz que no sabe ser cómplice de esa normalidad fanatizada donde no es una opción escapar a la norma. Espantan las banderas y uniformes, las arengas a las fuerzas de choque y los llamados mustios a la paz. Espantan esos muertos a los que nadie mira porque allá en Venezuela es cosa cotidiana. Lo de todos los días. Lo normal.