Pronóstico del Clímax

A nivel de rascacielos

“¡Hay niveles!”, decimos, para dar a entender nuestra fe ciega en los altos estándares presuntos. Una expresión vacía, en realidad. Antes un argumento de venta que cualquier clase de compromiso firme. Sostenemos, de pronto a ojos cerrados, que “a ciertos niveles” hay cosas que no pasan, indefectiblemente. Luego entonces nos escandalizamos nada más enterarnos de que han pasado, y pasan, y seguirán pasando, aun a esos niveles estelares que creíamos a prueba de maleantes, charlatanes, ineptos o ignorantes. Y quién sabe si no, justamente por lo alto del nivel (y las altas ganancias que automáticamente se le atribuyen), crezca también el número de impostores que se arriman a procurar cobijo.

Y no es que sea uno ingenuo, ni que en el fondo no se lo figure, pero quién va a poder vivir tranquilo de saber, por ejemplo, los márgenes de error de elevadores, escaleras eléctricas, estufas, motores, tostadores, turbinas, sistemas de frenado y el resto de las máquinas con las que a diario ha de relacionarse. Más simple es suponer, a partir de una imagen sugerente, un anuncio simpático o una pinta moderna, que mi seguridad está garantizada. Puesto que “a esos niveles” tiene que haber un férreo control de calidad, puede que hasta control sobre control. Ni modo que no, ¿cierto? Y tampoco me consta, ni sé si a otros les conste, ni en realidad entiendo nada sobre el tema, porque lógicamente no estoy en el nivel para intentarlo. ¿Y cómo voy a estar en tal nivel, si ni siquiera logro imaginármelo?

Imagino, eso sí, las escenas de masoquismo nacional que seguirían a un evento equivalente al discurso fatal de Melania Knauss-Trump en la convención del Partido Republicano. Esas cosas, gritarían los críticos a coro, sólo pasan en las repúblicas bananeras. Y claro, qué vergüenza con el resto del mundo, con-los-niveles-que-allá-se-manejan. ¿Cómo sabe uno eso? Por inferencia simple. Nuestros viejos complejos nos indican no sólo que así es, sino que no podría ser de otra manera. Porque claro, hay niveles.

Una vez que “a los más altos niveles” ocurre un despropósito como el de esa mujer de palabra robótica y franqueza plástica que —con o sin ayuda— se ha hecho de la fama global de plagiaria, se espera que los altos gerifaltes echen a andar un impecable plan de control de daños, pero en vez de eso vemos un torneo relámpago de lambiscones torpes y primitivos, prestos a desmentir más allá de la lógica lo que a todos nos consta. ¿Y cómo no iban tantos oportunistas y mentirosos a sueldo a atropellarse y desatinar, si ya se ve que están en esos puestos no por más eficientes, como por muy tramposos y obsequiosos. ¿Y quién iría a decirlo, “a esos niveles”?

Lo cierto es que los inquilinos de los otros niveles jamás ven lo que ocurre en el penthouse. Moverse, pues, “al más alto nivel”, da un margen de maniobra que incluye la veneración supersticiosa de ejércitos de ingenuos y acomplejados. La era de Donald Trump y su imperio probable supone la adopción de un cinismo absoluto que vive de esta clase de creyentes, para los que palabras como tortura, calumnia o farsa no tienen mayor peso ni sustancia, en la medida que sean de provecho para alcanzar un logro del más alto nivel. Es decir, un nivel de por sí inmune y fanfarrón que sirve de coartada y antifaz para cualquier propósito.

Hasta donde se sabe, las riquezas de Trump han crecido, digamos, muy cerca de las márgenes de la legalidad. Tanto casinos como bienes raíces permiten ser un tanto creativo con exenciones y estímulos fiscales, por ejemplo, y ahí sí que cuenta el cuento del alto nivel. Pues de eso al fin se trata la cuestión: al gran yuppie tramposo se le admira también por topillero. Los arribistas saben que es bribón, y canalla, y falsario, y muy probablemente artista de la uña, de modo que no sólo se les parece (o ellos así lo asumen, según esto muy listos) sino encima les da su bendición. Seguir a un pelagatos como Donald Trump es arrogarse la facultad divina de insultar y mentir y amenazar sin el menor escrúpulo. O también, “al más alto nivel”.

El circo de la Convención Republicana es la gran evidencia del fin de los “niveles”, ahí donde hasta Trump con todo y rascacielos parece razonable, no bien un contrincante se lanza a prevenir a los presentes contra la intervención de Lucifer en las filas del Partido Demócrata. ¿Cómo creer que semejantes palurdos y patanes tengan aspiraciones razonables (y esto es lo escandaloso) de convertirse en presidente de Estados Unidos? ¿Cómo es que “a esos niveles” se observan semejanzas con el Estado Islámico?

Un cínico, según Oscar Wilde, es aquel que conoce el precio de todo y el valor de nada. ¿Espera Trump que creamos a su señora culta, sensible, honesta, original? Ello sería tanto como dar valor a todo a cuanto él mismo se empeña en poner precio. “No tiene celulitis”, le gusta, en todo caso, reivindicarla. Porque claro, hay niveles.