Pronóstico del Clímax

El narrador lavandero

¿Está libre de fraude el novelista que acepta ser el biógrafo de un defraudador? ¿Cabe ahí la novela o nada más el fraude?

La escena es tan común al novelista que nada más comienza puede irse oliendo el tufo a podredumbre. Cada uno se acerca con una oferta única en teoría; en la práctica sale siempre igual. El tema del olfato no les interesa. Compran perro para seguir ladrando. Contratan los servicios de un narrador para hacerse con un taquígrafo elocuente. Si pudieran, le encargarían la chamba al abogado. Pero el sabueso sí ni falta que hace. Vaya usted a olisquear los postes de otra calle, señor novelista.

“Le propongo un proyecto interesantísimo…” “Usted es la persona que yo andaba buscando…” “Sólo escuche esta historia y luego hablamos…” Y lo peor es que saben con quién hablan. Un morboso de oficio siempre querrá oír más, aun y sobre todo si sospecha que algo turbio se esconde tras la propuesta. Y si resulta que uno fue juicioso y supo resistir la tentación, le quedará la perenne sospecha de haber desperdiciado una oportunidad irrepetible.

Cuando leí la historia de Martín Duque me pasó lo que a un par de amigos que asimismo se habían acercado al libro. “¿Esto es ficción-ficción, realidad novelada, mentira por encargo..? En todo caso ya masticaba el anzuelo. Necesitaba enterarme de más, tenía que sacudirme la comezón de ir detrás de la pista del narrador a sueldo del gran pícaro. El enigma era menos quién-estafó-a-quién que quién-demonios-cuenta-la-novela. Es decir, quién pretende abusar de mi credulidad. En qué punto se encuentran granuja y narrador para hacerme caer en su maquinación.

A un timador de lujo puede faltarle hasta la libertad, pero jamás tendría que prescindir de la chistera mágica de un biógrafo elegante. He seguido al protagonista de Ajuste de cuentas por la España de la crisis actual, desde el momento en que se queda sin trabajo, crucificado por sus costos fijos, como se va detrás de una debacle ansiada, a lo largo de un thriller perturbadoramente valedero que pesca a sus lectores del cogote hasta tornarlos crédulos suspicaces.

¿Qué tanto hay de verdad en la senda de tumbos del novelista a quien la quiebra nacional ha convertido en biógrafo a las órdenes de un legendario felón financiero? ¿Quién sería tan ingenuo de creer en la libertad total que le prometen? ¿Qué distancia separa al hagiógrafo a sueldo del contador que lleva dobles libros? ¿Es peor lavar dineros que prestigios? Uno sigue adelante en busca de la estafa del narrador, que a su vez va rastreando la inocencia improbable de su patrón, presa de reflexiones en tal medida incómodas que uno mismo se mira perseguido por ellas. ¿Qué haría yo en lugar del novelista? Sabrá el diablo. Leo para enterarme.

El novelista es Benjamín Prado, reputado asimismo por la pólvora pura de sus aforismos. “La codicia es la escoria del deseo”, dispara en uno de ellos, que bien podría servir de epígrafe a la historia del pobre novelista Juan Urbano. Otros dos, entre varias decenas de candidatos, acusan convivencia visceral con el protagonista de Ajustede cuentas: “Tarde o temprano, toda promesa se convierte en un malentendido.” “La libertad se alcanza siempre huyendo.” Y uno más, con madera de koan: “¿Qué esconde en el lugar del corazón aquel que te asegura que te habla con él en la mano?”

Sólo un mal narrador desconecta el olfato para trabajar, especialmente si lo hace a disgusto. La novela de Prado es apasionante porque el protagonista nos comparte su olfato, y así echa a andar el nuestro. Resistimos con él, aunque no mucho, la tentación de dar el salto cuántico entre biógrafo a sueldo y quintacolumnista freelance. Es decir, el impulso de dar vida y aliento a la novela real, a despecho de compromisos y amenazas. Por eso no sabemos si asistimos a la historia de una investigación involuntaria o a la edificación de una novela, si es que no ocurren ambas cosas simultáneas.

El pesimismo, ha escrito el novelista madrileño, es la sala de máquinas de la mala suerte. Ser optimista en los zapatos de un personaje como Juan Urbano es apostar al único recurso contante y sonante que es posible encontrar al fondo de una trama construida de espejismos y delusiones. Es decir, la novela. En medio de la zona de desastre que han dejado detrás el felón Martín Duque y sus colegas, puede escucharse el grito del borrador que el novelista trae en la cabeza. Pero he aquí que la historia es en tal modo digna de su honesto morbo que uno olvida a menudo que lee una novela. Se detiene. Ata cabos. Olfatea. Sospecha. Es cómplice y secuaz del narrador, y a su lado celebra el triunfo de la estafa primordial. ¿Qué habría uno hecho de verse en el lugar de Juan Urbano? “Si tratas de ponerte en mi lugar, yo cambiaré de sitio”, sugiere otro aforismo del autor.