Pronóstico del Clímax

El nacional fatalismo

Si en otras latitudes la palabra “seguridad” peca de relativa y mentirosa, en México se entiende como antónimo. Basta con que nos vendan algo como “seguro” para que supongamos lo contrario.

"Es que estamos en México", reza el viejo argumento que a su manera explica nuestras insuficiencias. Y de pronto, con suerte, las justifica. Si un día se nos funde la instalación eléctrica y le pedimos cuentas al responsable, nada raro será que su diagnóstico tenga que ver con el karma insoluble de vivir en México. Ya sea porque el cable es del país, porque los aparatos eran importados o porque la corriente es inestable, uno debe entender, como buen mexicano, que aquí todo funciona diferente. Traduciendo a la lengua local, hay que darse de santos si algo funciona.

La excusa, en cualquier caso, es abominable, por cuanto legitima la desvergüenza, solapa el victimismo y entroniza la mediocridad. Qué se va a hacer, ¿no es cierto?, si así somos, y para colmo estamos donde estamos. Es por eso que cuando oímos hablar de ideas implacables como esa de la “tolerancia cero”, respiramos con el alivio propio de quien ve la tormenta por televisión. “Si aquí aplicaran una ley así”, opinamos, seguros de las risas consecuentes, “ya estaríamos todos en la cárcel.”

De la cárcel, por cierto, no hay quien diga algo bueno. Ya sea porque son crueles y sórdidas para la mayoría, o porque para algunos pecan de demasiado hospitalarias, pues una y otra cosa se explican con los mismos argumentos. Si esto no fuera México, juzgamos con vicario rigorismo, las cosas ahí dentro serían muy distintas, y hasta cabría creer en otro terminajo que en estas tierras suena a vacilada: máxima seguridad. Pero si no podemos aspirar a la mínima, ¿de dónde va a salir la dizque máxima? Una vez sumergidos en el pozo del fatalismo tenochca, nuestras seguridades van aún más allá de las leyes de Murphy. Si algo puede fallar, fallará, y si no puede lo hará con más ganas.

Poco importa, al final, si llegan a ser más las cosas que funcionan, pues nos basta con que una decepcione para darlas a todas por inútiles. Otras culturas, como es el caso de la norteamericana, viven tiranizadas por el miedo al fracaso. Acá, en cambio, el naufragio llega como un consuelo para quien se cansó de sospechar de la veracidad de sus esperanzas. Si todo salió mal, uno tenía razón en descreer desde el mero principio. “Te lo dije”, sentenciará a la postre, y el solo cumplimiento de sus malos augurios le pondrá en buenos términos con su conciencia. ¿No es cierto que al fracaso y la desgracia les sigue el viento fresco de la resignación?

Siempre que a un mexicano se le ofrece fortalecer su escepticismo, vuelve los ojos hacia el futbol. La certeza fatídica de que los futbolistas mexicanos están predestinados al descalabro nos guarece de peores desengaños, y a su vez nos faculta para hacer perdonar nuestras insuficiencias, a través de eufemismos tan piadosos como aquél que remite a “la frialdad de los números”, palmariamente injusta pero (suspiro) determinante. Una vez más, “las cifras no nos favorecen”. Algo tienen los números en contra de la patria, que insisten en hacerla quedar mal.

De más está decir que nuestro derrotismo se basta solo para reproducirse, junto a la corrupción, la ineficiencia y otros grandes flagelos que crecen a la sombra de la manga ancha. Si uno llega a una cita veinte minutos tarde (o cuarenta, o dos horas) le queda la disculpa de que estamos en México y abundan las razones para ser informal. El tránsito espantoso. Los trayectos tan largos. Las manifestaciones. Y en todo caso el margen de tolerancia extra que, según el retrasado calcula en el camino, le corresponde por el mero hecho de saberse en México. Y si ya hemos logrado equiparar las siete de la noche con la siete y veinte, ¿qué nos detiene para cuadrar el resto de las cuentas, especialmente las monetarias, con una equivalente condescendencia? ¿Qué vamos a ganar con ponernos pesados?

Si en otras latitudes la palabra “seguridad” peca de relativa y mentirosa, en México se entiende como antónimo. Basta con que nos vendan algo como “seguro” para que supongamos lo contrario. ¿O es que acaso nos sentimos seguros en la presencia de esos uniformados que en teoría vigilan nuestra seguridad? ¿No nos indigna tanto que nos pidan mordida (los muy ladrones) como que no la acepten (los muy soberbios)? ¿Cuántos no se deleitan de ver a los azules apaleados por la turba que exige, sin sarcasmo aparente, obediencia a las leyes, respeto por débiles, castigo a los abusos?

Si quisiera ahora mismo encontrar empatía entre los fatalistas nacionales, no tendría sino que repetir la cantaleta cursi de que “el país se nos cae a pedazos”. Una certeza rauda y panfletaria, pero también piadosa y reconfortante, en la medida en que ayuda a explicar no sólo los reveses nacionales, sino en particular las frustraciones íntimas de cada cual: nadie aquí es responsable por sus fallas, ni necesita de remedio alguno, como no sea escudarse tras la misma certeza esotérica que nos ha dado el bálsamo del cinismo terapéutico. Es que estamos en México, y ay del traidor que no sea fatalista.