Pronóstico del Clímax

Tres mujeres en Tijuana

¿Qué hace una chica buena en un "travesti show"? ¿Se parece Tijuana a su leyenda, o es aún más moderna que San Diego?

“Llámalo performance, llámalo arte,

yo lo llamo desastre si la cinta se atasca”

Pet Shop Boys, Electricity

Usted, que es una chica muy moderna, jamás había puesto un pie en Tijuana, si bien llegó dispuesta a concentrarse no más que en el trabajo. Fue una grata sorpresa, por lo tanto, descubrir que su hotel está en la zona más vistosa y moderna de la ciudad. Tantos años de reconstruir mentalmente sus calles a partir de películas, leyendas y nota roja le dejaron una idea torcida y pintoresca del paisaje que ahora contradice sus recelos añejos. “¿Esto es Tijuana, al fin? ¿Me mintió Hollywood?”, sonríe al fin usted desde su habitación del cuarto piso y acto seguido llama para hacer una cita en el spa. No se lo dice así, aunque algo la detiene a recorrer las calles por su cuenta.

Otros en su lugar ya se habrían saltado a California, pero su visa acaba de vencerse y está usted condenada a quedarse de este lado del río. El hotel está bien, aunque después de un par de días y noches encerrada ya reconoce que se está aburriendo. Una colega ha intentado pasearla, pero usted se negó con la excusa de que hay mucho trabajo. Más tarde, ya de noche, dos amigas locales llegan a sonsacarla a como dé lugar. “No sabes dónde estás, morrita”, insisten y terminan por subirla en el coche: simplemente no van a permitir que usted vuelva al DF presa de ese candor tan lamentable.

Como todas las noches, Tijuana está que arde. Más allá de la paz de los bulevares, el Callejón Coahuila ya rezuma una mezcla de exaltación siniestra y cábula magnética. Y usted, que le temía justamente a esto, se alegra de saberse parte de la película y ya va por la calle con los ojos de plato y la sonrisa puesta. Súbitamente, su mirada tropieza con la imagen de una diva estrambótica detrás de una cortina a medio abrir. “Travesti show”, gritan los anfitriones a media banqueta, y ya sus dos amigas se entusiasman.

¿Qué hacen tres chicas solas en el bar El Zorro? Sabrá el diablo en qué instante incandescente le dio a usted por seguir a grito pelado las canciones de Alicia Villarreal, pero tan es verdad que no puede parar como que experimenta una ancha simpatía por la amazona hechiza que interpreta el papel allá en el escenario: unos poquitos metros engalanados por una cortina blanca y algunos adornillos más o menos paupérrimos. La performer no es como las demás, pues hasta donde usted ha logrado informarse no suelen los actores de un travestishow interpelar al público a media canción. ¿O será que en Tijuana pasa así? En todo caso usted ya no sabe si quiere seguir desentonando  u oyendo los albures y pullas que la diva reparte entre el personal.

Nadie duda que Alicia tiene enorme talento para la comedia, amén de carecer de inhibiciones. “¡Eres una pendeja!”, la fustiga de pronto, a quemarropa, pero en vez de indignarse usted se carcajea y la manda a la mierda alegremente. Nada personal, claro. El trabajo de Alicia consiste en cabulear a cada uno de los concurrentes, a lo ancho de las ocho o diez mesas donde los contertulios beben, aplauden, cantan y escupen improperios a granel.

“¡Basta de groserías!”, amenaza Alicia, seguramente al tanto de la respuesta que recibirá: el público, empezando por usted, pide más leperadas porque al cabo sería aún más grosero morigerarse ahora, cuando el ambiente ya se calentó y meter freno se antoja pecado. ¿Cómo aceptar entonces las progresivas fallas en el audio, sorteadas por Alicia, y luego por Rocío (émula de Banquells) con derroche de ingenio y energía? “Nos robaron el bueno, éste es prestado”, se excusa luego Gloria (Trevi, para más señas), pero ustedes ni piensan en desertar. Antes tendrían al menos que parar de reírse.

Seguramente nadie entre sus compañeros de trabajo se la imagina a usted bailando con la Trevi sobre el escenario. Eso sí, sus amigas ya la ven brincotear y canturrear, videocámara en mano, al tiempo que la dueña del escenario se aproxima a las mesas y manosea de pronto la entrepierna de hombres y mujeres, como quien mete mano en sus cajones. Curiosamente, nadie se molesta. Saben que es en buen plan. Cosa muy sana, claro, si se compara —opinan sus amigas— con el ambiente denso y prostibulario, diríase infernal, que impera en el Hong Kong, entre heterosexuales en teoría decentes que se comportan como viles mandriles. Y usted, que es una chica muy moderna, regresará a su hotel en la feliz certeza de haber estado sólo entre gente decente. Cuando caiga en la cama de su hotel decentísimo, resonará en el fondo de su cráneo la voz de sus amigas al mirarla volver del escenario: “¡Bienvenida a Tijuana!”