Pronóstico del Clímax

¿A cómo la 'mois', marchante?

”¿SERÍA DE VERAS una monstruosidad que los consumidores de cannabis pagaran el impuesto correspondiente, como toca al adulto responsable hacerse cargo de las consecuencias sociales de sus actos individuales?”

Media un camino largo entre derecho y privilegio. Parece prodigioso que hoy por hoy haya cuatro mexicanos que legalmente pueden consumir cuanta cannabis hayan sembrado. Lo parecerá menos, conforme otros consigan amparos similares y ejerzan su flamante licencia de grifos como premio a la iniciativa ciudadana. Pero seguirá siendo un raro privilegio, coronado de todas maneras por el estigma que la yerba conserva entre la mayoría. Pues una cosa es que muchos la fumen y otra muy diferente que en el espejo encuentren a un mariguano. Vamos, suena muy feo.

La mayoría, se dice, todavía rechaza su virtual o eventual despenalización, cual si las decisiones individuales fueran asunto propio del gentío. Nada hay tan simple y claro, y en ocasiones tan arbitrario y amenazador, como el poder omnímodo de la mayoría. Suele ser ella, claro, la que gobierna a todos en las personas de sus representantes, pero de ahí a que vengan los más a imponer a los menos sus criterios privados tendría que haber un abismo infranqueable.

Por miles o millones que la integren, la mayoría no me puede decir en qué debo creer, menos aún tomar decisiones sobre mis actos, que a nadie más incumben, o impedir que cometa lo que ellos consideran un error. Mal podría importarle a la mayoría quién se casa con quién, o quién adopta a quién, o quién se mete qué por donde se le antoja. Hay mayorías que linchan al que se les resiste y minorías que aplastan al que pueden, supuestamente en el nombre de todos, pero este es un asunto individual. Si tengo que esperar a que "la mayoría" regatee mis derechos personales, y eventualmente me los conceda como un privilegio, será entonces que he puesto a nombre de ellos la responsabilidad sobre mis propios actos.

Lo que los magistrados de la Suprema Corte de Justicia de la Nación recién han descubierto es una gigantesca arbitrariedad. Tras más de medio siglo de perseguir y encarcelar a traficantes y consumidores de la yerba diabólica, no solo reconocen que sus estragos en el organismo son incomparablemente menores a los de alcohol y tabaco, sino además entienden que la decisión final sobre su consumo es provincia exclusiva del libre albedrío, y su persecución dista de obedecer al espíritu mismo de la Constitución.

Si pudiéramos ser del todo consecuentes, lo que procedería sería una interminable lista de indemnizaciones. No solamente por los miles de infelices que hoy en día son presos o difuntos nada más que por pinches mariguanos, como por el quebranto social que significa haber impuesto la satanización sobre la información, lo punitivo sobre lo preventivo, el miedo por encima de la inteligencia.

Es curioso que quienes se quejan de antemano por la avalancha de adictos a las clínicas —inminente, según sus exaltadas predicciones— en el caso de una legalización, sean justo quienes más se escandalizan ante el escenario —remoto, por lo pronto— de una franca apertura comercial. Quiero creer que alguna parte de los impuestos ocasionados por la venta de tabaco y bebidas alcohólicas sirven para a ayudar en la prevención y el tratamiento de las enfermedades que su abuso ocasiona. ¿Sería de veras una monstruosidad que los consumidores de cannabis pagaran el impuesto correspondiente, como toca al adulto responsable hacerse cargo de las consecuencias sociales de sus actos individuales?

La verdad de las cosas, la motita suele salir más cara de lo que el dealer cree. Por más que los amigos de la grifa insistan en probarse del todo funcionales incluso en sus estados más comprometidos, lo cierto es que entregarse sin reservas al vicio es también aflojar el paso del trabajo y las responsabilidades cotidianas, cuando no posponerlos o abandonarlos. Paga el pacheco menos por lo que hace que por lo que, a resultas, deja de hacer. Pero tal es el precio de sus decisiones, y no estaría mal que el ingreso fiscal por todos esos churros sirviera para crear conciencia a este respecto.

El Chapo sería entonces empresario!", alardean algunos, cual si la idea de despenalizar la yerba implicara a su vez "legalizar" a los criminales en cuyas manos han venido a dejarlas, justamente, las leyes punitivas hoy en curso. Suena romántica esta idea naturista de fumar nada más que lo que uno siembra, pero hay que ver quién va a cosechar a sus anchas un producto en tal modo satanizado. Y si estamos de acuerdo en que al menos los niños y adolescentes tendrían que abstenerse de fumar mariguana, ¿qué hará entonces un padre responsable para tener la planta en la maceta y mantenerla lejos de sus hijos? ¿No sería más sano vender la mota en un expendio destinado al efecto, donde el consumidor acuda con el solo respaldo de su mayoría de edad?

Martell, Sauza, Cinzano, Chivas, Wyborowa, Budweiser, Bacardí... No son precisamente marcas de medicina, pero quien las consume prefiere distinguir la calidad de lo que ha de beber. En lo tocante al tema de la mois, podemos esperar que el actual privilegio de fumarla sin culpa alcance el digno rango de derecho cuando salte de la maceta a la etiqueta. Y mejor: cuando muera la estigmata.