Pronóstico del Clímax

La mentira serial

Antes al menos hacían falta papel y mimeógrafo. Hoy día, las mentiras seriales vienen con alas propias. Diríase que en parvada, pero más se parecen a una plaga de langosta. Imposible ignorarlas, desmentirlas o desentrañarlas. No hay tiempo ni manera de frenar su invasión. Son, de pronto, como los alaridos en mitad de un incendio. Propagan desconcierto, turbación, sobresalto, histeria, pánico; cuando no rabia, odio, sed de sangre. Son de por sí veneno para el raciocinio. Su intención, aseguran, consiste en “despertarnos”, pero su cometido es aturdirnos.

Las mentiras seriales no son nuevas. Nazis y bolcheviques las empleaban con sobrada eficacia para torcer los hechos y los dichos a la medida de sus estrategias. Nada sofisticado, en realidad. La idea es esparcir patrañas burdas y frecuentes en cantidades inconmensurables, para que ni los mismos calumniados consigan reaccionar en tiempo y forma. La espeluznante Noche de los cristales rotos supuso una cadena de engaños coordinados a nivel nacional que desembocarían en incendios, saqueos y linchamientos simultáneos. No exactamente una casualidad, pero en la confusión quién iba a saber nada. Menos si el embustero era asimismo juez, fiscal y ejecutor.

De entre tantas mentiras que se nos ofrecen, solemos elegir las que nos acomodan. Ésas que no hace falta inspeccionar, verificar ni cotejar siquiera, para brindarles crédito irrestricto. Aparecen tan lógicas ante nuestro candor —o ante nuestro rencor, que igual opina— como alguna dolencia recurrente cuyos síntomas conocemos de siempre. “¡No me extraña!”, alardeamos, como si celebrásemos por comprobar así nuestro buen tino, de escuchar por ahí que Mengano (ese antipático) resultó un raterazo. ¿Y no sería toda una decepción enterarnos después de su inocencia? ¿Cuántos no elegirían seguir creyendo, y de paso esparciendo la insidia previa?

Los calumniadores de hoy la tienen fácil. Diría que no quiero imaginar lo que hubiera hecho Goebbels con un Twitter, un Facebook y un WhatsApp, si no supiera a diario de las andanzas de tantos discípulos suyos en esas plataformas del Señor. Unos más grandes que otros, muy pocos ingeniosos o valientes, la mayoría pobres diablos con teclado, anodinos y anónimos como buenos esbirros de poca monta. Gente que un día amenaza, otro difama y otro más chantajea desde la sombra, según a quién le toque obedecer. Una chamba asquerosa, sólo de imaginársela, aunque bien dice el dicho que hay gente para todo.

Hay quien lo hace de gratis, por supuesto, y de hecho son los más. O somos, o hemos sido. Nadie que participe en una red social está libre de propagar mentiras, inexactitudes o calumnias involuntariamente, menos aún si es presa de un estusiasmo honesto, un morbo cosquilleante o una sed de atención irreductible. Que es por lo que tuiteamos, a menudo. Escribe uno en la orilla del error, apresurado por las circunstancias, y cualquier día se salta las trancas del ridículo. Pero la idea es que te importe un pito. Que nada te sonroje, muy a la Donald Trump. Las mentiras en serie cuentan con la soberbia del mensajero: nadie quiere tener que retractarse.

La calumnia sin rostro vive consciente de su origen dudoso, por eso siembra dudas donde puede. Toda opinión distinta y acreditada le parece no sólo sospechosa, sino obviamente indigna de consideración y objeto de sus más caros estigmas. Tanto así que la sola posibilidad de dar crédito a una fuente distinta lo ubica a uno en el centro de sus recelos. ¿Qué clase de palero sería yo si osara cuestionar sus ligerezas, cuando lo socorrido es diseminarlas? ¿Exagero si observo que en ciertos linchamientos simultáneos hay muy poquitas manos para tantas piedras?

La mentira serial no busca ser perfecta, sino infecciosa. Necesita podrir su entorno entero para hacer a la infamia relativa, según quién la cometa y para qué. De su mano somos cobardes con licencia, cínicos con diploma, zamacucos de bien. Contamos con que nadie, o casi nadie, tiene ocasión, agallas o al menos el impulso de rastrear la verdad. Quedamos, en tanto ello, al amparo de algún gentío expansivo que cree, como nosotros, lo que más le acomoda a ese humor colectivo tan cortejado por los calumniadores: una hiel pestilente y radioactiva, si la patraña en serie hace lo suyo.

Lo dicho, las calumnias tienen alas. Van y vienen sin freno ni control, se reproducen igual que bacterias en la credulidad de quienes sin saberlo ya forman un ejército de cómplices activos. Como buenos chismosos, creen lo que les parece y son intolerantes al escepticismo. Buscan impresionarnos a fuerza de exhibir como hallazgos, diría Dostoievski, “ideas que se encuentran a la orilla del arroyo”. O mejor: en la nube de langosta. Allí donde paranoia, insidia y mala leche son una misma cosa y el primero que dude es un vendido.