Pronóstico del Clímax

Hasta nunca, manecillas

“No cualquier día, al fin, cae en la obsolescencia el accesorio más popular del orbe”.

El hombre está muy flaco para Santa Claus y acaso un poco joven para rey mago, pero quienes aplauden le dan un cierto crédito sobrenatural. Se diría que va a hacer un milagro o a divulgar mensajes del Más Allá. Cierto es que buena parte de la audiencia son no solo creyentes, sino de hecho apóstoles a su servicio, pero es también verdad que somos millones los curiosos a lo ancho del planeta que estamos absorbidos por el espectáculo, cual si delante nuestro Tim Cook multiplicara los panes y los peces.

Nadie va a darnos nada, eso es seguro. Tarde o temprano, de hecho, el hombre en la pantalla —camisa suelta y jeans, pocos dirían que están frente al directivo mejor pagado del mundo— va a quedarse con algo de nuestros ingresos, pero ya nos cargamos de razones para justificar el desembolso que minuto a minuto se revela inminente. Más que un simple producto novedoso, está uno viendo un trozo del mañana: el rostro de su próxima cotidianidad.

Miro el reloj: pasa del mediodía en la Ciudad de México. Ahora mismo tendría que seguir trabajando, pero pasa que el show me atrapa igual que en otros años lo hizo Q, el famoso científico que mostraba a James Bond los accesorios y prototipos que a la postre serían esenciales para el éxito de la nueva misión. Gadgets impresionantes y entonces modernísimos, ninguno de los cuales ofrecía, por cierto, un centésimo de las prestaciones que hoy día encontramos en la pequeña caja de acero inoxidable que ya Tim Cook presenta como “el teléfono más querido del mundo”.

Esto no es un sorteo, ni un concierto de rock, ni una historia de ciencia-ficción, pero un recién llegado las pasaría difíciles para reconocer la diferencia, o al menos explicarse que el mero lanzamiento de unos cuantos productos comerciales convoque la atención de millones de clientes potenciales, la mayoría cautivos y satisfechos (por no hablar de entusiastas y devotos, que son legión y fungen como misioneros). Pero al cabo no hay nada qué explicar. Uno da explicaciones o las pide cuando algo no funciona como espera, y aquí todo funciona como un reloj. O como hace un par de horas creía uno que debía trabajar un reloj.

Es casi el mediodía en Cupertino, California. Hace algunos minutos que el hombre en la pantalla echó mano del viejo recurso de su antecesor, el legendario Steve Jobs, consistente en hacer una pequeña pausa y anunciar que aún viene one more thing… Es decir un producto, y detrás de él una revolución. Si el hombre de los jeans nos ha dejado claras las ventajas de la última versión del teléfono de Apple y el sistema de pago que le acompañará, la sola insinuación de un nuevo objeto mágico lleva dentro una carga de suspense digna de alguna trama de Alfred Hitchcock. Asistimos, señoras y señores, al funeral del reloj de pulsera.

No cualquier día, al fin, cae en la obsolescencia el accesorio más popular del orbe. Luego de unos minutos de observar todo lo que es capaz de hacer un Apple Watch, cuesta creer que a tamañas alturas alguien pueda desear en su lugar un antediluviano reloj de pulsera, por más caro y vistoso que hasta ayer pareciese. Y esa es una razón más que bastante para seguir pegado a la pantalla: tiene uno la sospecha, a tiempo alimentada por los de Cupertino, de que en lo venidero nada será ya igual ni equivalente. Es posible que tarde uno en comprarse el Apple Watch —y de hecho el artilugio tardará algunos meses en salir a la venta— pero ya está consciente de que el viejo reloj es parte del pasado y aun los más bonitos pecarán de antigualla en poco tiempo.

Poco puede decirse —cuando más unos pocos reparos filosóficos— en contra de un reloj capaz de medir hasta el pulso del usuario, entre cientos o miles de funciones que hacen de él una suerte de prótesis con vida propia. Aquel mamut mecánico que treinta años atrás no habría cabido en el interior de una sala de máquinas, y ni siquiera en la imaginación —no había por entonces un armatoste con ese poder, y puede que tampoco un presupuesto capaz de costearlo—, hoy viaja sin problemas atado a la muñeca. El precio, por lo pronto, comienza por 350 dólares. Algo así como 7% de lo que cuesta el más barato de los Rolex.

Ya sé: no es un reloj. Lo que me están vendiendo es nada menos que una computadora microscópica a la que con modestia se le apoda “reloj”, sólo porque se amarra a la muñeca e incluye entre sus muchas capacidades la de darme la hora con decenas de estilos y carátulas. ¿Va uno a ocupar, empero, la muñeca completa en nada más que consultar la hora, cuando es posible usarla como ventana al mundo, tablero de control y centro personal de información? En todo caso, no es más que el principio. Vendrán otros relojes que tampoco serán propiamente relojes pero harán de los otros sus antepasados. Y mientras medio mundo se acostumbra a creer en el milagro, ya se escuchan atrás del escenario las campanadas en honor al ocaso del oficio ancestral de relojero.

Cuando se ha ido el hombre en la pantalla, uno entiende, entre el miedo y la fascinación, que con o sin reloj su tiempo no será ya más el mismo, y cualquier día de estos ya no será su tiempo.