Pronóstico del Clímax

El malo Vladímir

Los estruendosos dichos del mandamás del Kremlin serían acaso menos populares entre quienes le temen o idolatran si no los respaldara con hechos contundentes y a menudo teñidos de sevicia pragmática y eficiencia bestial.

Su pasado es oscuro, sus medios retorcidos, su ambición colosal, su fama planetaria, su narcisismo inconmensurable. Podría ser villano en cualquier aventura de James Bond, o alguno de esos héroes desalmados que todo lo resuelven a patadas, plomazos y frases lapidarias. No es que sea ingenioso, si le basta el cinismo del bravucón impune para enviar su mensaje a los mortales. Pues nadie, entre los suyos, se atrevería a poner en tela de juicio una inmortalidad que él no escatima esfuerzos en promover e incluso promulgar, cual si fuese decreto irrevocable. ¿O es que alguien va a llevarle la contraria al sobrenatural Vladímir Putin?

Por más que haga el esfuerzo de envejecerlo, no logra uno acabar de figurárselo pescado de un bastón o una andadera, y no tanto porque efectivamente crea que es invencible, cuanto por el tamaño de una arrogancia inmune a los sarcasmos del espejo que lo ha hecho personaje de historieta. Karateka, jinete, judoka, pescador, alpinista, piloto, nadador, motociclista, buzo, domador, rescatista, marino, francotirador: la pregunta sería en qué no sobresale el fatuo Vladímir sobre el resto de sus pobres congéneres.

No hay que ser muy sagaz para advertir que el jefe vitalicio del imperio hoy rampante carece de sentido del ridículo, o será que tal vez lo sacrifica en bien de la eficacia requerida. Se diría que sus 13 sentidos están ahí no más que para hacer acopio de información estrictamente útil, de modo que desecha de su campo visual, auditivo, olfativo, instintivo, todo aquello que no es utilizable, como toca al tahúr perdido en la espiral de la avidez, a quien los demás temas le son naturalmente inmateriales.

Su expresión impasible, cuando no amenazante o inclemente, sugiere menos el control de los propios sentimientos que su perfecta ausencia, amén de cierta dosis de atrocidad mecanizada, al servicio de fines que uno adivina de por sí penumbrosos también porque él prefiere ofrecer tal imagen, como esos partisanos que en un gesto regalan el pavor y venden la confianza. ¿Y cómo no temer a un arbitrario tieso e impertérrito que encuentra en los derechos de los otros razón de pitorreo y se disfraza de héroe, villano o mamarracho según convenga a su imagen de marca?

No es que jamás sonría, por supuesto, si bien tiene el cuidado de hacerlo de cachetes para afuera, bajo la luz entre astuta y burlona de una mirada en tonos gris metálico que guarda mucho más de lo que enseña. “¡Adivina qué tramo…!”, parecería retar a la lente del paparazzi que lo ha captado ufano, suficiente, sobrado, vestido de piloto en la cabina de un bombardero supersónico. Hay, detrás de esa sorna casi alegre, un toque de amenaza que ya augura el final de la mueca forzada y el regreso siniestro a la expresión de lobo consecuente que habla de pocas pulgas y menos escrúpulos: nada de lo que trama se quedará en el aire.

Los estruendosos dichos del mandamás del Kremlin serían acaso menos populares entre quienes le temen o idolatran si no los respaldara con hechos contundentes y a menudo teñidos de sevicia pragmática y eficiencia bestial. Se entiende, en consecuencia, que se muestre implacable con sus críticos y haga todo cuanto parezca concebible —de repente más que eso, si es que se le provoca— por silenciarlos o neutralizarlos (ha encontrado el aplauso de los rudos y le trae sin cuidado la probable censura de los sentimentales).

Sería mucho esperar de un hombre como Putin la fe en alguna causa, de las tantas que apoya según sus apetencias imperiales. Déspota, majadero, misógino, falócrata, díscolo, chauvinista, engreído, gañán, homófobo, opresivo, altanero, el antiguo burócrata de la KGB ha dado con la justa fama pública para inflar su leyenda frente a las multitudes que lo admiran igual que a un superhéroe que ha venido a salvarlos del caos con esa mano dura que tanto satisface a los cobardes: gente que aprecia el voto universal por su valor probable en el empeño viejo de suprimir al otro con todo y opiniones.

Que el duro Vladímir simpatice con varios de los férreos tiranos del planeta no es sino otra faceta de ese protagonista inagotable que antes pierde gustoso la vergüenza que la oportunidad de significarse por sobre los demás, ausentes o presentes. Y si el resto del mundo se ha propuesto plantar algún alto a sus ímpetus, se le verá esgrimir amenazas extremas y terminantes, tal como el fanfarrón que encuentra su argumento en la camorra y su clientela entre los pusilánimes.

Nada de raro tiene que Moscú sea hoy en día una de las ciudades más hostiles del mundo, si hay una mayoría que cree junto a su líder en la inferioridad de los extranjeros, para quienes persiste el régimen soviético de precios especialmente altos: una de tantas formas de discriminación que a Putin y los suyos —represores feroces de artistas, libertarios y homosexuales, entre otras minorías a la intemperie del abuso reinante— les parecen del todo naturales, además de imperiosas y patrióticas.

Y ahí está Super-Putin, tan campante y quizás tan risueño de ver pasar a tantos colegas temporales ante su trono impávido y su expresión de hielo. ¿Y quién no se reiría, si pudiera ser él?