Pronóstico del Clímax

La ley y la selva

Vengo de un país donde las mafias imponen su ley, y cuando no es así no hay ley que valga. Por eso al miedo le llamamos tolerancia, al privilegio derecho y al chantaje negociación. Pero nos enojamos si acaso un extranjero nos tilda de salvajes.

En el primer video aparece una pandilla de salvajes que derriban las puertas de una oficina electoral, hacen pedazos el mobiliario a su paso y forman una pira con la papelería. Son o se dicen todos profesores, aunque a partir del modus operandi podría uno llegar a confundirlos con maleantes. Lo de verdad extraño, sin embargo, no es que unos energúmenos apandillados por intereses díscolos y mafiosos puedan hacer todo esto a plena luz del día, sino que no terminen en la cárcel. ¿Será que es un torneo de cobardes, donde la autoridad insiste en destacar? ¿Es acaso un abuso pedir a los trabajadores al servicio de la sociedad que trabajen para la sociedad, y en lo posible no rompan, ni incendien, ni roben, ni secuestren? ¿Puedo armar yo algo así en las oficinas de quien me dé la gana, sin pagar consecuencias? ¿Qué diablos hay que hacer en este país para encontrar lugar en algún reclusorio?

En el segundo video aparece una comunicadora norteamericana que habla pestes sobre la inmigración latina, y particularmente de los mexicanos. No exenta de la histeria paranoica que suele distinguir a los xenófobos, la mujer habla de la cultura mexicana como disfuncional, fallida, primitiva... Y uno, que está enojado, vuelve al primer video y aborrece la idea de darle cuando menos un pelo de razón a la insidiosa. Lo de menos es tratar de explicarse los desmanes de los protagonistas, pues disturbios así suceden donde sea, porque lo espeluznante no es tanto lo que vemos, como lo que no vemos. De acuerdo, los señores sacaron cobre y cuernos ante las cámaras, ¿pero dónde carajo está la policía? Me encantaría callarle la boca a esa arpía pueblerina que nos toma por changos y lo dice sin rastro de diplomacia, pero tengo los dedos prensados en la puerta. Vengo de un país donde las mafias imponen su ley, y cuando no es así no hay ley que valga. Por eso al miedo le llamamos tolerancia, al privilegio derecho y al chantaje negociación.

Ser radical también es ir a la raíz. Si a la mafia con causa no le gustan las leyes, a menos que sea ella la que las promulga y hace cumplir de forma selectiva, se entiende que no quieran permitir al amplísimo resto de sus compatriotas que elijan a sus próximos legisladores. ¿Para qué legislar, si contamos con la ley del talión, o la ley de la selva, o la que en su momento juzgue conveniente la dictadura del proletariado (donde el verbo elegir resultaría inútil, amén de sospechoso)? Ahora que este negocio de ir por la vida promulgando leyes que luego nadie va a siquiera tratar de hacer cumplir debe de ser un golpe a la autoestima. Solemos hablar mal de los legisladores, pero hay que ver que nuestros policías han sido los primeros en hacer de ellos y su grave quehacer el hazmerreír del hampa nacional e internacional. Solemos hablar peor de la policía, ya sea porque cumple o incumple su misión, y con cierta frecuencia nos ponemos del lado de los criminales (¿y no es verdad que quien los descriminalice será un buen descriminalizador?). Pero nos enojamos si acaso un extranjero nos tilda de salvajes o se deja asustar por nuestras salvajadas.

“¿Salvaje yo?”, respingarán tal vez los exquisitos, pero al fin donde impera la ley de la selva no se puede ser más ni menos de la selva. Es uno tan salvaje, para efectos prácticos, como el entorno que le condiciona. O como el salvajismo que tolera, y en el colmo del miedo da por normal. Quiero decir que si uno encuentra natural que una mafia de maestros autoritarios y fascistoides vaya de calle en calle destruyendo, saqueando y quemando lo que no es suyo, sin que la policía se atreva a molestarla, o cuando menos a devolverle un golpe, si esto, insisto, parece cotidiano, lo probable es que hablemos entre salvajes. Y ahí está la cuestión, que aun con la redundancia de las evidencias me sigue pareciendo una rareza que las mafias con causa impongan su ley, porque de lo contrario tendría que empezar por someterme a ella, y no me da la gana. Si no tengo a las leyes de mi lado, esgrimiré siquiera mi extrañeza, para que el distraído lea entre líneas.

Regreso a los videos. Al fin, ambos despiden fanatismos gemelos y es posible que miedos equivalentes. Pero si a mí me cuentan que los protagonistas de ese video violento van a mudarse a un lado de mi casa, es posible que suelte un par de estupideces. Porque es seguro que me va a dar miedo. ¿Quién me dice que un día esos salvajes no van a ver en mí a uno de sus variados enemigos? ¿Soy un intolerante si me da por temer que un vecino pirómano me chamusque la casa? ¿Y si, en efecto, soy un ku klux klan, quién me quita del todo la razón que me dieron los mafiosos con causa? Y a todo esto, perdón que sea tan terco, ¿alguien ha visto por aquí un policía?