Pronóstico del Clímax

La lengua paranoica

Encuentro relajante y terapéutico hablar en el teléfono como me da la gana, o como se me ocurre, o tal como me sale de los huevos. Puede que se oiga mal, pero al cabo no estoy en campaña, ni voy a moderarme por la opinión de algún probable intruso.

Uno puede entender la solemnidad pública como el enroque cursi que al fin es. El orador se expresa de modo defensivo, con ese engolamiento que le hará parecer comprometido con sus palabrones. Verdad es que exagera, pero tal es la expectativa general. Prueba de ello es que basta un pequeño resbalón hacia los territorios coloquiales para ofrecer la nota discordante y provocar algunas cejas levantadas. Parecería, en esas circunstancias, que la solemnidad es el salvoconducto al beneplácito —qué palabra estirada, esta última.

Es odioso, no obstante, que ese mismo lenguaje aparezca en una conversación privada. Que el interlocutor se tome la molestia de elegir, con celo escrupuloso y gran rebuscamiento, las palabras que nos dirigirá denota entre otras cosas desconfianza. ¿Qué le pasa al amigo de la adolescencia que de repente me habla como desde lo alto de algún podio? ¿Quiere venderme algo —probidad, importancia, alta cultura—, busca posicionarse frente a mí, se convirtió en palurdo, tiene algo que ocultar o nada más le teme a mi dictamen? ¡No seas mamón!, quisiera uno decirle, pero es claro que trae el culo apretadito y no está para bromas confianzudas.

A veces, cuando algún programa informático ha de verificar que quien lo manipula no es un autómata, le solicita que copie y digite cierta clave específica. Una vez en confianza, el usuario podrá proporcionar sus datos personales. Algo muy similar sucede cuando un par de perfectos extraños entran en contacto: pueden intercambiar algunas cortesías y darse información elemental, pero no se dirán nada muy relevante si antes no se han probado que son personas. Y si ello no es posible porque ambos han de hablar así, a la defensiva, es seguro que la conversación transcurrirá con incomodidad y resultará indigna de una mínima dosis de confianza. Como sería el caso, por ejemplo, de un diálogo entre acusado y fiscal.

La sola idea de ser fiscalizado mientras se expresa uno campechanamente es no sólo chocante sino además perversa. No debería uno contar nunca nada, lamenta el narrador de Javier Marías en Tu rostro mañana (lo cito de memoria, no se me pongan tensos), y uno se angustia un poco porque sabe que nada puede hacer para acabar diciendo todo aquello que jamás debería. Vamos, si hiciera caso a esas palabras no estaría ni escribiendo esta columna, pero al cabo uno dice lo que dice no nada más para hacerse escuchar, sino asimismo por hacerse la vida llevadera. Estallamos a veces, o nos gana la risa, o de plano nos extralimitamos para sentirnos bien con nuestro fuero interno, pues de pronto hace falta uno mismo probarse que tampoco ha cesado de ser persona. Y como tal es libre de expresarse como le venga en gana, no faltaba más.

Si ahora mismo me diera por temer que lo aquí publicado será usado en mi contra, tendría que escribirlo en un tono tan soso e inexpresivo que de seguro nadie lo leería. Y si ya la escritura nos exige una súbita chispa de humanidad, ¿qué no demandará una conversación personal, de por sí salpicada de opiniones al vuelo y fluctuaciones en el estado de ánimo? Esperar que los otros sean huecos, solemnes y afectados, y desde luego pulcros y correctos como tal vez nosotros nunca lo seríamos, es ocupar el sitio de un fiscal arbitrario y fariseo que mide a los demás con vara diferente. ¿Y cómo no inquietarse ante el juicio secreto de un mustio rebuscado, labioso y receloso?

Siempre será más fácil creerle al deslenguado que al paranoico, aunque sea por no tener que compartir, y más tarde expropiar, la tensión pegajosa que se instala en el aire cuando alguien se nos pone a la defensiva. Pues al fin lo que espero como interlocutor no es comprobar la contención pueblerina del otro, sino enterarme al fin de con quién hablo, más por lo que me expresa en un descuido que por cuanto me dice de sí mismo. Somos contradictorios los seres humanos. Con frecuencia decimos justo lo opuesto de lo que creemos, de pronto sin siquiera darnos cuenta. Luego nos delatamos involuntariamente, o lo hacemos quizás por súbito capricho, y así nos retratamos ante el otro. Tan sólo imaginemos una realidad donde no se habla más que lo debido, en el tono esperado por todos los fiscales que integran nuestro prójimo: ¿dónde más estaríamos, si no en el mero infierno?

Personalmente, encuentro relajante y terapéutico hablar en el teléfono como me da la gana, o como se me ocurre, o tal como me sale de los huevos. Puede que se oiga mal, pero al cabo no estoy en campaña, ni voy a moderarme por la opinión de algún probable intruso. “¡No mames, este güey habla del nabo!”, pensará de repente el correveidile, aunque después se finja escandalizado y alce su airada voz ante los honorables miembros del jurado. Ahora que si se trata de escandalizarse, nada me para más los pelos de punta que la curiosidad malsana y malcogida de todos esos émulos del Tartufo que se quejan a coro porque la gente es gente y habla de lo que quiere como le da la gana. ¡Sólo eso nos faltaba, la policía secreta del lenguaje!