Pronóstico del Clímax

Los leales pandilleros

Se cuenta que James Comey, hasta hace pocos días director del FBI, es uno de esos puros que se toman en serio. No todavía un fanático, pero ya un profesante de la rectitud ciega, a despecho inclusive de su conveniencia. Dicen que es un buen jefe y compañero, pero antes de eso un honesto inflexible. Su orgullo, por lo visto, no es la bondad sino la rectitud. Si cumplir su deber a pie juntillas implica abrir las puertas del infierno, él va a hacerlo sin duda ni retardo, pero de ahí a pactar con Satanás hay un trecho tan grande como su abotagada dignidad.

Una de las contadas verdades dichas por Donald Trump en los tiempos recientes tiene que ver con las agallas de Comey. Sacarle trapos sucios a su competidora pocos días antes de la elección podía ser catastrófico para el resto del mundo, pero el recto James Comey temía más sentirse deshonroso. Prefería, en los hechos, condenarse al descrédito global por cumplir un deber a su juicio acucioso, a salvarse en el nombre de una trampa con las mejores intenciones. “No tengo precio”, clamaba con su gesto, no exento de soberbia y rimbombancia. De haberse detenido a meditarlo (labor quizá titánica en su caso), el presidente Trump tenía que haberlo echado desde el primer día, pero en vez de eso lo invitó a cenar.

En el momento álgido de la velada, según cuenta la crónica en el Times neoyorquino, preguntó el anfitrión al rígido invitado si se comprometía a serle leal. La lealtad, ya se sabe, es tan grande virtud que a su falta eventual se le llama traición. Siendo tan grande el mundo, sin embargo, mal podría esperarse que la lealtad fuese cosa objetiva. De modo que James Comey prometió al presidente serle honesto —cualidad, esa sí, objetiva y explícita, aunque seguramente no tan cómoda—. Y como el compromiso no le sonara lo bastante fiable, volvió Trump al ataque, resuelto a arrinconarlo: ¿Sería la suya, al menos, una “honesta lealtad”?

Se espera demasiado de los leales, so pena de encontrarles afinidad con Judas Iscariote. Se apela a la familia, ya sea real o supuesta, para que así los leales seamos todos hermanos y los demás émulos de Caín. Se ejerce la lealtad “en las buenas y en las malas”, según rezan sus códigos de honor. Sin límites, se entiende, también sin condiciones, como suele ocurrir entre los consanguíneos. O entre mafiosos, que tampoco escasean.

Hay algo de chantaje, cuando no de amenaza, en la exigencia explícita de ciertas devociones, más todavía si éstas son unilaterales. Aprendimos de niños que callar los abusos del bravucón de moda nos protegía de la última deshonra, la más grande de todas, a partir de la cual ya no seríamos niños ni personas, sino meros rajones, indignos, traicioneros, cucarachas. En este aspecto, los maleantes no crecen. Tienen a la lealtad por virtud teologal y apenas si distinguen entre miedo y respeto. ¿O será que no saben de cuál disfrutan más?

El mafioso no está para recompensar la honestidad presunta de sus subordinados, si ésta ya forma parte del paquete completo de lealtad prometida. Más allá de obviedades y menudencias, la pura evocación de una lealtad honesta —luego condicionada, insumisa, arrogante y el colmo: relativa— delata la presencia de una raya en el suelo. Cuidado con quedar al otro lado de ella.

Es trabajo de leales absolutos, valga decir esclavos de conciencia, ofrendar si es preciso su reputación en aras del buen nombre de su mandamás, así como seguirle, solaparle, ayudarle y a veces sustituirle en cuanta fechoría crea precisa. Por lo demás, ¿existe un sentimiento más honesto que el miedo? Eso lo entienden todos los mafiosos, a lo largo y ancho del organigrama, y con eso les basta. Su lealtad es un pacto en la penumbra, regido y en su ausencia castigado por códigos de hampones con ínfulas de gente respetable. Demasiados, tal vez, para intentar siquiera enumerarlos. Se les ve hacer un show de su lealtad mafiosa, pues saben que los miran y quieren destacarse por sumisos. Nadie más fiero que ellos para atizar la hoguera donde arden los traidores (y arderán también ellos, si llegara a ofrecerse).

No hace falta más que un genuino bravucón para formar la pandilla de leales. Gente presta al ridículo y la humillación tanto como al abuso y la sevicia, cuya honesta opinión nadie habrá de escuchar, ni imaginar siquiera. Gente para pisar y desechar, hombrecillos engreídos de ser no más que reflejo sin sombra. Aunque, también, gente con mejor suerte que los puros de veras, cuyo destino último suele ser un balazo en la nuca, o bien su equivalente en desprestigio, vergüenza y ostracismo. Se dice que la carta de despido de Comey fue llevada a destino por un guardaespaldas. Si he de dar mi opinión, faltó incluir la cabeza cortada del caballo.