Pronóstico del Clímax

Si la izquierda fuera izquierda

¿Cómo sería el país de no haber tal abismo entre la izquierda que tenemos y la que precisamos?

Déjenme ver si entiendo: uno se hace de izquierda porque encuentra que el mundo está muy chueco para dejar las cosas como están. Es decir que en principio observa, reflexiona, se informa. Nada que no se obligue a realizar cualquiera que pretenda comprender lo que pasa antes de sugerir lo que idealmente debería pasar o sentarse a tejer las grandes utopías.

Uno se hace de izquierda no tanto por probar su bonhomía como por demostrarse que podría ser hoy un poco menos bruto que anteayer. Actitud que más tarde o más temprano le acarreará el desprecio de una izquierda embrutecida, cuando no emputecida, comandada por clérigos tan tiesos y mandones como la ultraderecha que tanto les asusta. Uno se hace de izquierda, finalmente, cuando la izquierda beata y regañona le cubre de invectivas y anatemas por el pecado de pensar por sí mismo. Y es entonces que se entrega a soñar con una izquierda digna de respeto.

Una izquierda lo bastante sensata para no replicar el autoritarismo inquisidor de esa derecha rancia y mojigata que teme a las palabras y miente por sistema en el nombre de dogmas de cartón que no admiten la duda ni perdonan la desobediencia.

Una izquierda sin curas ni catecismos, donde la libertad de pensamiento, palabra, obra y omisión no resulte motivo para santiguarse, cuantimenos causal de excomunión (allí donde el auténtico deber moral consistiría en pensar, no en comulgar).

Una izquierda derecha, y aún mejor: pareja, que no se escandalice de los mismos excesos que justifica, según la filiación de quien incurre en ellos, ni se ponga del lado de los sátrapas con coartadas aún más cínicas y estúpidas que las empleadas por sus adversarios.

Una izquierda que entienda la obligación moral de lograr que los medios justifiquen al fin, y en tanto ello renuncie a echar mano de trampas evidentes y mentiras baratas en nombre de abstracciones redentoras, como acostumbran tantos clérigos abusivos.

Una izquierda que sepa que insultar al contrario es la mejor manera de insultarse, y que en vez de invectivas y condenas pueda esgrimir ideas estructuradas, flexibles y probables, en lugar de una lista de artículos de fe para el consumo de convencidos e incautos.

Una izquierda suscrita al aquí y el ahora, libre de profecías y tierras prometidas, capaz de defender a quien lo necesite sin que para ello cuenten creencias, procedencias, méritos anteriores ni compromisos para el porvenir.

Una izquierda que no crea en buenos y malos, ni encuentre recompensa en la denuncia, ni se sienta tentada a juzgar y sentenciar al tiempo que se absuelve ante el espejo, convencida de estar delante de una Historia que le ha dado el papel de redentora.

Una izquierda ligera y relajada, no exenta de sentido del humor, liberada del miedo a las palabras y el culto pueblerino a la apariencia, tan comunes entre esos extremistas persignados cuya gran vanidad está en ser consecuentes con sus odios.

Una izquierda que invierta más de lo que gasta, y si es posible que haga más de lo que canta; que no se dé sus gustos en lo oscuro, ni condene a quien lo hace al descubierto; que comprenda al dinero y lo use para bien, antes que corromper a su clientela con el pretexto de la redención.

Una izquierda decente y verosímil, dotada cuando menos del decoro bastante para aceptar y corregir errores, en lugar de buscar culpables a medida y ocultarse detrás de una pureza que a estas alturas nadie les pide ni les cree.

Una izquierda que no encuentre “fascistas” donde quiera que alguien se atreve a cuestionarla, ni se valga de gritos y condenas —las herramientas del fascismo corriente— para que prevalezca su verdad oficial por en-cima de todo raciocinio.

Una izquierda sin socios exclusivos, ni membresías sujetas a feligresías, ni malas caras para los herejes, donde expresar ideas propias y atrevidas sea no solamente permisible, sino de hecho esperable y bienvenido como sería el caso del pan de cada día.

Una izquierda lo suficientemente humilde para aceptar todo lo que no sabe y resistir la tentación de la arrogancia, tan socorrida entre esos arzobispos que viven convencidos de la complicidad de Dios en el caso concreto de su opulencia.

Una izquierda libre de narcisismo, cuya primera y fundamental cruzada se lance en contra de la propia estupidez: enemigo temible que vive agazapado detrás de las mejores intenciones y tarda poco o nada en salpicarlas.

Una izquierda que merezca su nombre: tal vez sea ésa la gran utopía.