Pronóstico del Clímax

¿Qué hacemos con los malos?

“RARÍSIMO SERÍA QUE entre los criminales reinaran la justicia y la equidad, y no menos extraño resulta el disparate de que a los presidiarios les sea encomendada la risible misión de enmendarse los unos a los otros”

Hace unos pocos días que usted cayó en las manos de la autoridad y fue a dar a la cárcel, por quebrantar las leyes vigentes. Nada más me enteré, le confieso de paso, probé la divertida tranquilidad de creerme por eso un poco más seguro en mi ciudad. Digo que es "divertida" porque pienso en usted y adivino la gracia que le hará mi candor, a estas alturas. Nada más de saber que existen reclusorios como el que ahora alberga a su persona, tendrían que parárseme los pelos de punta, pero usted sabe aún mejor que yo que no vale la pena vivir martirizándose por lo que se adivina inevitable. ¿Qué tal si comenzamos por carcajearnos juntos del reglamento interno de la cárcel? Usted, que vive ahí, ¿no lo encuentra chistoso hasta el retortijón?

Va uno a dar a chirona, teóricamente, por sustraerse al imperio de las leyes. Ocurre, sin embargo, que en el sitio de encierro no gobierna otra ley que la del fuerte. En ningún lado se delinque tanto como en un reclusorio, donde no existe hazaña más difícil que ceñirse a los límites de una legalidad que nadie ahí recuerda, si es que en algún momento la conoció. Nos indigna que en China la familia del reo sea forzada a pagar por su manutención —y hasta su ejecución, si se da el caso—, cuando aquí los parientes de un prisionero son cotidianamente extorsionados por un sistema abyecto donde el negocio entero está en manos de los facinerosos. Si delinquir es faltar a la ley, ir a la cárcel es darle la espalda.

Todo se cobra caro tras las rejas, a excepción del trabajo redentor. No se espera que el preso resulte productivo, sino que su familia pague por atenuarle las penurias, cual si en vez de legalmente cautivo se hallara secuestrado por el hampa. ¿Y no es así, en los hechos? Si los salarios de los celadores son de por sí groseramente magros, el sueldo de un recluso que trabaja no es siquiera simbólico. Solo quienes manejan la vendimia mafiosa del ergástulo podrían aspirar a sostener a su familia mediante sus ingresos; para el resto no hay otra solución que asumirse parásitos, ya sea del Estado o la familia. Todo menos hacerse con la oportunidad de responsabilizarse por sus actos: condición sin la cual parece inconcebible que el malviviente cambie de costumbres.

Según pude leer, usted se joderá varios años ahí, pero ello no es obstáculo para que ahora mismo otros convictos iguales o peores regresen a las calles sin otra perspectiva laboral que la de practicar todas aquellas artes retorcidas que allá en el reclusorio, donde todo-es-negocio, les granjearon el lujo de la supervivencia. Es decir que los ciudadanos que pagamos por la manutención de ese nido de ratas hacemos cada día el peor de los negocios. No invertimos en corregir maleantes; gastamos en profesionalizarlos.

Parece espeluznante la idea de vivir en una de esas ciudades sin ley gobernadas de facto por el hampa, donde la policía trabaja para ellos y no hay autoridad ante la cual quejarse de sus abusos. Eso, no obstante, son la gran mayoría de las cárceles mexicanas, a cuyos directivos se les llena la boca de referirse a una "autogestión" que equivale en los hechos a un lavado de manos, frecuentemente fruto de la complicidad. No hay siquiera que haber sido un bandido para entender que ahí donde ellos mandan no cabe más sistema que el bandidaje. Rarísimo sería que entre los criminales reinaran la justicia y la equidad, y no menos extraño resulta el disparate de que a los presidiarios les sea encomendada la risible misión de enmendarse los unos a los otros. ¿O es que usted no se ríe de esas estupideces?

La última vez que visité una cárcel —hace más de diez años, si bien nada ha cambiado en medio siglo— el apando se usaba con regularidad para castigar faltas disciplinarias, como sería el caso de quien vende las drogas a precios por debajo de la cotización autorizada. Y si había algún motín, ello solía deberse no tanto a las inmundas condiciones de vida de la gran mayoría de los internos, como a la intempestiva escasez de estupefacientes: una eventualidad poco habitual en los dominios del vive-como-quieras, donde parece un sacrificio inútil aguantar todo un día bajo el yugo de tus cinco sentidos.

No hay ciudad en el mundo —aun bonita, moderna o progresista—que pueda presumir de civilizada si encierra a sus maleantes en santuarios del crimen, que para colmo ellos mismos controlan, como si no estuvieran a la vista sus hasta hoy dudosas aptitudes para la autogestión de su mera existencia. El castigo, por tanto, para quien como usted delinquió y fue apresado, no consiste en rendirse a la legalidad, sino en mirarse lejos de su amparo y a merced de sus peores enemigos, por más que el reglamento de la cárcel prohíba expresamente la violencia. Deje que lo repita una vez más: me he sentido seguro porque usted cayó preso. ¿Ya le ganó la risa o se la está aguantando?