Pronóstico del Clímax

El fodongo digital

Entre más tiempo ahorramos, más parece escasear. Como si el siglo fuese un barril sin fondo y la vida un suspiro alfanumérico.

Como casi el total de mis semejantes, no entiendo por qué no me alcanza el tiempo. Cincuenta años atrás, el proceso de entrega de las presentes líneas tendría que haber incluido no nada más el lapso de escritura, sino asimismo el de pasar en limpio el borrador, llevarlo y entregarlo en el periódico. Dos o tres horas más, probablemente. A menos que corriera una prisa especial y viérame orillado a perpetrar algún maquinazo, como solía llamarse en el siglo anterior a los escritos hechos al aventón. Ahora mismo, no obstante, la tarde se me encoge irremisiblemente y por más que rebusco no logro dar con esas horas preciosas que en teoría me estoy ahorrando.

No estaría de más preguntarse, antes de abrir una investigación, para qué quiere uno las horas que reclama. Es decir, qué haría yo si de pronto encontrara las tres horas perdidas de hoy. ¿Irme a dar una vuelta por las calles o quedarme a gastarlas en la comodidad de mi hogar? En los años ochenta, solamente un obseso del trabajo habría pensado en tener en su casa una computadora. El mundo estaba afuera, era preciso salir a las calles para lidiar con él, y entre ellas nos pasábamos el día entero. De entonces para acá, el progreso supone la aspiración a refundirse cada uno en su jacal durante todas las horas que pueda, ojalá de una vez las 24.

Cierto es que cada día las calles nos parecen más transitadas, pero habría que ver cuántos de esos paseantes lo son sólo por fuerza y a disgusto, puesto que si pudieran se hallarían devorando una pizza en-la-comodidad-de-su-hogar. ¿O es que todavía quedan los pazguatos que salen a comprar pizza? En el siglo pasado, cuando la gente callejeaba por gusto y no a modo de trámite engorroso, costumbres de esta clase le ganaban a uno el calificativo de fodongo. Es decir indolente, desaseado mental, perezoso, gandul: gente que come pizzas en la cama.

En la comodidad de nuestro hogar podemos ver lo que pasó en las calles al tiempo que tuiteábamos y enviábamos e-mails y chateábamos con otros alegres comodinos que bien pueden vivir en la casa de enfrente, o inclusive en la habitación contigua. Una vez más, cuentan los noticieros, las marchas desquiciaron el tránsito y reinó el caos vial mañana, tarde y noche. Movemos la cabeza con cierta indignación, a la vez que en secreto nos felicitamos por no haber asomado las narices a esa tierra de nadie que se dice de todos: la espeluznante calle.

Quienes día tras día nos vemos obligados a combatirlos, sabemos que hay más monstruos y demonios en el perímetro de la propia casa que en toda la Avenida de los Insurgentes. O será que los tengo acuartelados y se saben mi nombre de memoria, tanto como la lista actualizada de mis debilidades más autoritarias. Trabajar a merced de los propios humores y caprichos, sujeto a restricciones entre vagas, elásticas y pasajeras, es extraviarse en un vacío temporal, especie de continuum donde igual caben tantos y tan disímbolos eventos que el sentido del tiempo se diluye a su paso.

“¿Por qué no domicilias el pago del teléfono, o lo dejas en manos de alguien más?”, sugiere alguna de mis amistades, nada más me suspenden el servicio y no queda otra que salir a pagarlo. Debo explicar entonces que el corte de la línea me cae como un indulto a medio exilio. Nada me gusta más, en esas situaciones, que aprovechar el viaje para romper las reglas del salvoconducto y largarme de pinta el resto del día, pero de nuevo observo que la gran mayoría de los que van y vienen lo hacen sin el menor entusiasmo, indiferentes y a la defensiva, de modo que en cuestión de media hora ya se me va pegando la neurosis y maldigo el recibo del teléfono porque otra vez se me está yendo el día como agua entre las manos y en un rato oscurece y estuve a un parpadeo de atropellar a otro repartidor de pizzas, con un carajo.

Verse de nuevo frente al gran monitor es un poco volver al claustro materno. Ya no hay ese prurito por prender y apagar el celular. Reina, en cambio, una calma corruptora. Momento de rascarse la cabeza, bostezar, estirarse y saltar de clavado en la piscina cálida de las horas perdidas. Si tuviéramos tiempo nos llamaríamos en lugar de escribirnos, o hasta haríamos una cita personal, pero esto de ser gente del siglo XXI lo vuelve a uno rehén de su premura y avaro de las horas más breves de la Historia. ¿Será por eso que no las encuentro?