Pronóstico del Clímax

La fama y el enema

La nota no es noticia, pero contiene tanta mala leche que es difícil pasarla por alto: Britney Spears recurre a los enemas para intentar recuperar la línea. Según “fuentes cercanas” a la también llamada Princesa del Pop, las dietas rigurosas y el ejercicio le exigen demasiada fuerza de voluntad y ella es una mujer muy inconstante, de modo que se inclina por la fresca eficacia del irrigador. Ahora bien, tal parece que el método (alguna vez empleado por Marilyn Monroe con idéntico fin) peca de ineficaz. Tal como nos explica el redactor anónimo, basado en la opinión de “los expertos”, una vez que los restos del bolo alimenticio pasan lista en el intestino grueso, ya no quedan nutrientes por asimilar: Britney habrá de enterarse por la prensa de la futilidad del jugo de quimo.

Uno, como lector, reconoce que estaba más tranquilo antes de encajar esta información. Si alguien citaba a la estrella de marras, podía imaginarla debajo de una nube de reflectores, o en mitad de una farra espectacular, o incluso en situaciones más o menos impúdicas, pero nunca volteada igual que pinacate, con una mano alzando la manguera y la otra entretenida en el puro bombeo redentor. Ni siquiera está claro que el chisme sea verdad, o la contenga en cierta proporción, pero ya no consigo disociar a la diva del tema de sus tripas remojadas en balde (porque está visto que no va a adelgazar, y lo probable es que siga engordando).

Si se tratara de ilustrar despropósitos, sobra en el mundo tela de donde cortar. La estrategia anticrisis del gobierno español, los bombardeos del ejército israelí, la Línea 12 del Metro chilango… Debe de haber millones de recursos fallidos más dignos de atención que un par de lavativas sacadas de sabrá el diablo qué manga, mas es de suponerse que ninguno supera en espectacularidad al colon ascendente de una estrella en descenso. Para añadir el toque tragicómico, se nos dice también que quien se aplica enemas por la libre —es decir la cantante, de cuyas tripas sigo sin poder escapar— corre inclusive el riesgo de perforarse la pared intestinal.

Si uno revisa el historial de escándalos de Britney Spears, topará con decenas de anécdotas penosas y de pronto gratuitas, como ésa de la tienda donde por sus pistolas emergió desnudísima del probador, para pasmo de empleados y clientes (y para beneplácito de esas “fuentes cercanas” que siempre están ahí para certificar lo que se ofrezca). Nada queda de su vida privada que no sea materia del escrutinio público, prueba de ello es que ni sus intestinos se salvan del acoso de los reflectores. Todo lo cual, empero, le mortifica menos que la idea espeluznante de un día pasar de moda para siempre.

Estamos en la era de los mamarrachos. Hoy que el cinismo burdo y utilitario ha dado al traste con decoro y dignidad, aquel viejo concepto del quemón ha sido despojado de sentido. La gente ya dejó de chamuscarse: por más que hagan ridículos o sean exhibidos en sus miserias menos fotogénicas; todo abona en la cuenta de una fama tan hueca como chirriante, pero al cabo eficaz en la hueca medida de sus aspiraciones. Antes elegirán ser exhibidos en el delicado acto de enchufarse un enema que expulsados del público interés. La fama por la fama implica la renuncia a la privacidad en favor de un montaje de falsa transparencia donde cada persona es devorada por su personaje. Se están dando un quemón, pero no se dan cuenta. Y los demás tampoco. Un descuido y les da por aplaudir.

Mal menor es que Britney se aplique lavativas inservibles: puedo vivir sabiéndola rolliza. El punto es que prefiero no enterarme, y todavía más: sería mejor que nadie lo supiera, especialmente las fuentes cercanas. La sola concepción de un mundo indiferente al precipicio entre fama y prestigio, mérito y esperpento, vida pública y vida personal, sugiere una baraja de escenarios macabros, algunos de los cuales ya están en construcción. Esa manía obtusa de exhibir o fisgar los asuntos privados y aun los íntimos —y el colmo: reclamarlo como un derecho— tiende a la tiranía como la cabra al monte: su utopía es la casa de cristal, esa radiante cárcel transparente donde guardar secretos es delito.

No hay que ser la Princesa del Pop para ir a dar a alguna memoria digital en el transcurso de una situación vergonzosa. En su caso, eso sí, el chisme más idiota tiene madera de nota global. Aunque no sea noticia, y hasta por eso mismo. Chatarra de chatarra de chatarra. Perdón, pero al final se me escapa el concepto. Por mucho que me esmero, no me imagino a Marilyn preguntando a DiMaggio si ha visto por ahí su irrigador.