Pronóstico del Clímax

El falso pacifismo

“Nada indispone tanto al sacatón como la pura idea de hacer encabronar al buscapleitos, ya no digamos al encapuchado”

Para quien vive en paz no hay postura más cómoda que la de pacifista. Virtudes tan tortuosas como la tolerancia y la paciencia son siempre más viables cuando se las practica a sana distancia, sin riesgo alguno de salpicadura. Puede uno espeluznarse ante las salvajadas de que tiene noticia —remota, por fortuna— y resignarse un minuto después, en el nombre de ese trapito blanco que de pronto confunde con un salvoconducto para la cobardía. “Soy pacifista”, aduce, y se cruza de brazos como un santón al tanto de sus méritos.

Hay una fina línea entre la tolerancia y el auspicio, pero eso no preocupa a quien ya se ha habituado a atravesarla y entiende que eso basta para ponerse a salvo de inquisiciones y verse bien ante quien haga falta. El pacifista plácido no necesita cuidar de la paz, ni defenderla, ni favorecerla más allá de esa toma de postura que apenas un experto distinguiría del reposo impertérrito. La paz que le preocupa, finalmente, es la de su conciencia. Más allá de esos límites, tiende a ser tolerante con la intolerancia.

Si yo fuera enemigo de la paz, contaría con la ayuda de ciertos pacifistas para dinamitarla. ¿Qué habría hecho Hitler sin el apoyo imbécil de un Chamberlain empeñado en juzgarlo caballero y otorgarle su voto de confianza? ¿Cuántos millones de vidas habrá costado al fin tamaña inconsecuencia vestida de candor bienintencionado? ¿Nada sabía todo un primer ministro de matanzas, arrestos, torturas y leyes criminales, entre la inmensa lista de atrocidades que ya eran moneda corriente en el Tercer Reich? ¿Cómo es que años más tarde Winston Churchill recibió el Premio Nobel de Literatura en vez del de la Paz? ¿Alguien sabe de algún galardón más hipócrita? Dejar morir, asume el pacifista de tribuna desde su reposet intelectual, es mejor que matar. Al menos no te vas a la cárcel por eso.

La contraparte del pacifista plácido es el cruzado ardiente. Si aquel se pasa el día abanicándose con sus certezas fáciles, éste no se concede el mínimo descanso. Aun dormido conspira y obedece las órdenes que dan rumbo y sentido a su beata existencia, tanto como desprecia a ese adversario tibio y permisivo —su gran aliado, al cabo— que se dice devoto de la paz. Y he aquí que al cruzado —quien no cree en otra paz que la de los sepulcros— le enferma esa jodida fe de morondanga, y si llega a decir que la comparte es por razones meramente tácticas. Pues quien se embarca en una cruzada —religiosa, ideológica, genocida— no espera comulgar con los que ya condena por infieles, traidores o timoratos, sino justo al contrario. Su meta es desterrarlos. O avasallarlos. O de una vez por todas exterminarlos.

Tiende uno a preferir la fama de gaznápiro a la de cobardón, por eso hay tantos falsos pacifistas que dan por buena la palabra del rufián. No es que estos belicistas de facto no sepan bien con qué clase de bicho están tratando, ni siquiera que ignoren el desastre que acaso se avecina, pero en última instancia preferirán quedar como ingenuazos antes que aventurarse a poner algún freno a las bravatas de quien parece estar dispuesto a todo antes que negociar sus desvaríos. Al pacifista guango no le preocupa tanto hacer el mal —solaparlo, auspiciarlo, desdeñarlo— como perderse el chance de quedar bien. Si un reflector llegara a iluminarle, que no sea en alguna postura incorrecta.

Al pacifista cómodo le desvelan los mismos espantajos que al rico acomodado. Podrán tener creencias diferentes, pero al cabo uno y otro rezan por evitar las contingencias propias de hacer un movimiento deficitario. No sea que en una de éstas quedaran mal parados y peor peinados: situación insufrible para un conservador y agobiante para un irresoluto.

Afectos como son al pensamiento mágico, los pacifistas fofos gustan de las metáforas y los eufemismos, ya sea para exacerbar la cursilería o pagarle tributo al credo fariseo. Urgidos de venderse como abiertos, modernos y multiculturales, pretenden comprender al victimario tanto como a la víctima, pero se esfuerzan tanto que al final empatizan con el primero y desconfían ya de la segunda. Porque son pacifistas y eso ya los orilla, nos explican, a procurar alguna neutralidad. De un lado, los patriotas checos quisieran conservar su país; del otro, el caballero de la svástica se ha propuesto invadirlos por las buenas. A ver, muchachos, pónganse de acuerdo.

Como le ocurre a tanto pusilánime, el pacifista blando es cliente entusiasta de todos los chantajes, más todavía si éstos vienen de bravucones atrabiliarios, como sería el caso de esos clowns que aparecen delante de una cámara cubiertos con capuchas para lanzar o cumplir amenazas. Nada indispone tanto al sacatón como la pura idea de hacer encabronar al buscapleitos, ya no digamos al encapuchado. Bien vistos, uno y otro son complementarios: el cobarde bueno y el cobarde malo. El técnico gallina y el rudo gandayón. El alacrán trepado en la caparazón de la tortuga, que se muere de miedo pero igual le atribuye buenas intenciones porque esa es su postura frente a los alacranes y asegura confiar en que aquel aguijón es solo su instrumento para firmar la paz.