Pronóstico del Clímax

La factura de Noel

Pocos lujos resultan en tal modo costosos como probar que no nos importa el dinero. Por suerte, sólo ocurren una vez al año.

El árbol. Los adornos. La posada. La piñata. La fruta. El ponche. Los regalos. La cena. Las bebidas. Nada que pueda hacerse sin dinero, pues al final se trata de demostrar con hechos que el dinero me tiene sin cuidado. Llego a la caja del supermercado y alguien adentro siente repelús nada más ubicarse en el pellejo de esa infeliz cajera, condenada a escuchar ocho horas diarias las mismas cantaletas navideñas. ¿Que si encontré todo lo que buscaba? “¡Encontré la salida de este purgatorio!”, tendría que responderle, pero temo que se eche a llorar como una niña presa en Disney World, así que en lugar de eso pongo entre sus manos a una radiante Viuda de Clicquot que en realidad no andaba buscando, pero es que traigo humor de celebrar. Ignoro si la música ambiental desempeñó un papel acaso decisivo en esta compra abrupta y caprichosa, pero igual me consuelo recordando que nunca fue barato demostrar que la lana no te importa.

“Lana”, sobra decirlo, es un apodo cálido de por sí. Una cosa es que no nos importe el dinero, y otra muy diferente la lana, cuya sola mención hace girar los cuellos y levantar las cejas. Y lo de menos es si se habla de ella usando diminutivos o superlativos, que de todas maneras invita al cachondeo querendón. Nadie quiere perder una lanita, ni es inmune al vahído general que produce la sola mención de una lanota, si ni siquiera aquéllos que la invocan con desdén estentóreo pueden dar prueba fiel de indiferencia, y todavía menos en Navidad: justo cuando se ve quién es quién a la hora de hacer brillar la lana.

Nadie que haya tenido que sostener a toda una familia ignora lo difícil que es conservar la unión en la estrechez. Una vez que a la lana le da por escasear, los friolentos no saben pensar en otra cosa. Se hacen materialistas por mero instinto de conservación. Y eso en la Navidad parece sacrilegio. ¿Quién, sino un pordiosero o un avaro, va a pasar Nochebuena contando chiles? Puede uno maltratar, hambrear y sobajar a sus seres queridos durante todo el año venidero, siempre que escuche a tiempo el villancico y se luzca con una Merry Christmas a la altura de sus expectativas: los inocentes sólo quieren creer por una noche que el dinero no importa en realidad. Y ese montaje sale en una lana.

Ventas nocturnas. Meses-sin-intereses. Viernes Negro. Buen Fin. No-pague-de-aquí-a-Marzo. 20% en cupones. Sus-puntos-valen-doble. Nunca el pobre tacaño la tuvo tan difícil. Antes, cuando el ahorro era virtud, la avaricia tenía sus coartadas y una de ellas era la austeridad. Hoy la máquina exige que la lana me guste más de lo que me dure. Es decir que la busque, la corteje y la alcance, pero nada de guardarle respeto. Si hubiera que guardar alguna cosa, más me valdrá que sea la certeza de haberla hecho rodar a tiempo y sin reparo, de manera que no quedara duda de lo poco que pienso en ese sucio tema del papel moneda. ¿Qué es, al fin, el orgullo sino la aristocracia del carente?

“Se ha perdido el espíritu…”, suelen lamentar beatos, fanáticos y ascetas, entre otros malquerientes del Villancico Loop, a media temporada navideña, esperando quizás que alcance la coartada espiritual para tapar su apego al capital, su voluntad de ahorro, su perfil sociopático o lo que sería peor: su absoluta insolvencia. Nadie quiere pasar por paria en estas fechas, cuando llega la hora de acceder al placer espiritual de dar la espalda al tacaño interior y echar a los billetes de la propia cartera igual que a unos parientes gorrones e indeseables. ¡Fuera de aquí, Sor Juana, General Zaragoza y todos los demás! Cuando ya no me quede uno solo en la bolsa, será el tiempo preciso de atender al espíritu. ¿Ya vio, señor fantasma, cómo trato al dinero? ¿No nota lo poquito que me importa?

Más fuerte que el horror por tanta lana en juego resulta la impresión que deja en los amantes del ahorro la lectura de su estado de cuenta. Por más billetes que hayan atesorado, sus réditos son magros y desconsoladores. Imposible evitarse el temor recurrente de que en vez de engordar y crecer, su capital ha estado adelgazando. ¿Y quién tiene la culpa? ¿Lafontaine, con el ejemplo ilustre de esa hormiga palurda que vivió como vil menesterosa y murió sin saber lo que era el crédito? Nada mejor que un pedazo de plástico rectangular para desentenderse de la miseria. ¿Quién no debe una lana por ahí? ¿Quién no tiene un camino para endrogarse? “Nunca he sabido ahorrar”, brinda uno con la viuda por la noticia, igual que la cigarra en el casino, y revira la apuesta a Santa Claus: ¿Cuánto a que tu dinero no me importa?