Pronóstico del Clímax

La eternidad en serie

Antes de preguntarse cuántas series tiene uno guardadas en su casa, valdría irles contando los capítulos y hacer cuentas del número de tardes que necesitaría para mirarlas todas al menos una vez.

Casi todos tenemos más de una favorita y cuando menos otra en perspectiva. Hay otras, asimismo, que nos parecen desafortunadas, tanto como los comentarios inoportunos de quienes (pobres de ellos) las elogian. El tema, a fin de cuentas, es de una actualidad apabullante. Pobres de aquellos raros que oyen hablar de series de televisión y confiesan que no han visto ninguna.

En el plano social, esto implica señas de identidad: cada serie funciona como un club al que uno pertenece no bien domina el tema y sus personajes. Cuestión de ver dos o tres temporadas: varias decenas de horas, invertidas frecuentemente en soledad, no pocas veces presa de una fruición apenas distinguible del vicio compulsivo. Pues tal es la medida con la que los adeptos a una serie suelen calificarla. Si le quita a uno el sueño y el sosiego, de modo que no alcanza su buen juicio para poner un alto al maratón nocturno, dirá que es una serie extraordinaria y empleará la adicción como argumento.

Antes, cuando el tema eran las películas, atendía uno a las recomendaciones con mayor desparpajo. En el peor de los casos, después de todo, seguir un mal consejo sobre cine implica no arriesgarse más que a dos o tres horas de insatisfacción, pero las series son cosa muy seria. Lo ideal sería verlas como parte de la programación regular, pero lo más común es llegar tarde a ellas, de modo que es preciso suscribirse a un servicio de tv por menú o de plano comprarse la serie completa: decisión con frecuencia irreflexiva que parte del supuesto de que una serie buena es mejor poseerla.

Tengo varias guardadas, seguramente más de las que aceptaría porque en el fondo sé que una serie sólo puede ser buena si acaso es ella la que me posee (y entonces lo de menos es dónde la veo, con tal de no parar la proyección, y un día, ya colmado, quitármela de encima igual que un peso muerto). La sola idea de volver a ver todas las temporadas de una serie se parece a una manda intolerable, pero uno da por hecho con extraño candor que un día, de aquí a veinte años, le sobrarán ochenta y tantas horas para gastárselas en ver lo que ya vio.

Claro que está el asunto de la empatía. Uno puede soplarse incontables capítulos repetidos, e incluso disfrutarlos de manera especial, en compañía de un espíritu afín (que ya sólo por eso tendría que asistir a la serie que tanto le gustó). Ver las series dos veces es un modo efectivo de ganar atención y autoridad en un mundo que vive deprisa y no obstante acostumbra asistir a películas de setenta horas. Quiero decir que puede uno soplarse las dos primeras partes de El padrino tres, cuatro, siete veces. Una hazaña sencilla, si se compara con los ochenta y seis capítulos de Los Soprano, cuya repetición se antoja tan suculenta como sacrificada.

Vive uno, con las series, en deuda permanente. Ya sea porque unas las agarró empezadas y ha prometido ver los primeros capítulos, o porque otras no terminó de verlas, o porque hace ya tiempo que se siente atraído por alguna y no ha dado aún el paso de resignarse a darle tantas preciadas horas de su vida. ¿Cuántas series puede uno ver en los mismos días? Si me preguntan, tengo pendientes más de veinte títulos, la mitad de los cuales probablemente nunca más veré.

“Voy a ver mis comedias”, anunciaba mi abuela por ahí de las cuatro de la tarde, antes de sumergirse por cuatro horas en aquellos dramones que sin embargo no la representaban. Por lo demás, no podía poseerlos en más formato que el de la memoria. Y ni falta que hacía, si al fin eran malísimos. ¿Pero quién me asegura que de aquí a pocos años no encontraré la imagen de un blu-ray ridícula y vetusta como una Betamax? Antes de preguntarse cuántas series tiene uno guardadas en su casa, valdría irles contando los capítulos y hacer cuentas del número de tardes que necesitaría para mirarlas todas al menos una vez, sin renunciar por ello a las novedades.

Six Feet Under tenía 63 capítulos. Breaking Bad, nada más 62. Boardwalk Empire va en 56. Hablamos de ellas como de películas y las recomendamos con una ligereza que sería sorprendente si no hubiera también un interés profundo en aquellos que ya nos creen afines tan sólo porque ven las mismas series, y por esa razón estarán ávidos de recomendaciones.

Si se ve desde lejos, la escena es algo chusca. Gente que se relame los bigotes delante de un menú que es de por sí infinito, asumiendo en los hechos que vivirán mil años y de aquí a setecientos tendrán aún los mismos intereses. Y ahí está la mentira: no hay tiempo para nada. Las series, con sus grandes presupuestos, son pedazos furtivos de eternidad. Se irán quizás tan pronto como la tecnología que las hizo llegar, e incluso las personas que las compartieron. Y ahora con su permiso, que se hace tarde y ya empiezan las mías.