Pronóstico del Clímax

Para entender al amor

¿Quién comprende al amor? ¿Quién nos lo explica? ¿Quién no querría saber bien de lo que habla, cuando Amor no le deja decir más?

Todos tenemos experiencia en el tema, aunque lo cierto es que nada sabemos. Puede uno hablar por horas al respecto, sin por ello dejar la confusión. Cabe incluso la idea de escribir un gran tratado sobre el esquivo asunto, y no obstante seguir siendo novato. Ahora mismo me crece la sospecha de ser nada más que otro charlatán presto a pontificar en torno a lo que no sabe si entiende. De pronto es como si tuviera que explicar cierta experiencia sobrenatural y urgiera convocar a un segundo testigo, no tanto para hacerme sonar verosímil como para yo mismo terminar de creérmelo. Y allí es donde entras tú, dondequiera que den contigo estas palabras.

(Sabes quién eres, ¿cierto? ¿Y cómo no, si al cabo me predices igual que una vidente y me adivinas en la oscuridad? ¿Quién, que no fuera tú, podría dar por buenas estas líneas, o acaso desmentirlas, si de pronto me diera por exagerar? ¿Pero qué es el amor, querida mía, sino el secuaz idóneo de la exageración?)

En principio, nada parece más sencillo. Caemos en las garras de lo que ya creemos que es el amor sin más certeza que un soterrado anhelo al que damos el rango de corazonada. No sabemos lo que es, pero por si las moscas ya le pusimos nombre. Menos aún puede uno predecir si habrá correspondencia o siquiera empatía para sus sentimientos exaltados, aunque igual se los toma por sintomáticos, mágicos o proféticos, lo que mejor le sirva para otorgarles crédito y ciudadanía; nada parece urgirnos tanto como invitarles a tiranizarnos. De un día para otro, quedamos sometidos al antojo de un puñado de pálpitos arbitrarios a los que no osaremos contradecir. Antes elegiremos arder entre las llamas de alguna ensoñación insostenible que darnos por despiertos en mitad del desierto.

(Perdón que me disperse, pero como ya he dicho es fácil extraviarse con un tema como éste. Me he tomado la libertad de convocarte porque tengo esta intensa convicción de que nadie en el mundo comprendería estas líneas mejor que tú, tanto así que tú misma podrías escribirlas sin otra variación que el puro estilo. Quiero decir que me siento un pelmazo discurriendo aquí mismo sobre el amor, pero sí tú apareces me transformo en experto en la materia.)

Amar, decía Mishima, es buscar y ser buscado al mismo tiempo. Para quien se enamora en la penumbra y desde ahí construye sus teorías, la de Yukio Mishima debe de ser como un escupitajo a media cara. Pues quienes aman unilateralmente aseguran tener la primera y la última palabra en la materia. La clase de aferrados que hallan consuelo y justicia divina en sentencias amargas del tipo “nadie nunca te va a querer como yo”. Ahora bien, cabría preguntarse qué sabe del amor el malamado: ese extraño egocéntrico que lo resuelve todo en su cabeza y se solaza dando cuanto jamás recibe. ¿Cómo espera ese proveedor no solicitado que sea aquila-tada su enfadosa incondicionalidad, si en su misma conducta delata que el encanto de recibir es aún poca cosa frente al placer de dar? ¿Quién le pidió todo eso que dio sin condición y cualquier día querrá cobrar con réditos compuestos? ¿Dónde, sino en su oculta fantasía, se dará alguna idea de la telepatía propia de quienes se aman fuerte y sin reservas?

(Sabe uno que el amor está presente al estilo Mishima cuando mira hacia atrás y encuentra que el pasado ya le aterra, tanto que se pregunta cómo pudo aguantar aquel vacío a medias diplomático al que pomposamente llamaba “amor”, tan sólo porque no había otra cosa. Lo sé porque de pronto me despido de ti al final del día, me distraigo pensando en el pasado y experimento un frío insoportable. “¿Allí vivía yo?”, repito, horrorizado, y salto de regreso al remanso feliz de tu retrato.)

Nadie le hace peor fama al amor que el malamado, pero de poco sirve porque nadie hace caso a su propaganda. Va uno de golpe en golpe, de mentira en mentira buscando al sentimiento verdadero, y aprende así que la gran mayoría de los que llamó “amores” eran no más que falsificaciones, mismas que se empeñó en hacer verdad con la ñoña esperanza del mono de madera que sueña en despertar convertido en un niño de carne y hueso. Debe de haber legiones de desdichados que oficialmente son gente feliz gracias a los delirios de Pinocho.

(¿Cómo me veo hablando por lo alto de lo que sólo sé a partir de ti? ¿No es verdad que parece que estoy más allá del dolor y por encima de las circunstancias, cuando no hago otra cosa que mirar tu sonrisa y tomarle dictado al corazón? ¿Y cómo hablar del tema y evitar el naufragio, querida mía, sin escribirte esta carta de amor?)