Pronóstico del Clímax

Los dueños de la verdad

Ir por ahí vendiendo certezas improbables para ganar adeptos y patrocinios, justo donde gobiernan el miedo, la miseria y la ignorancia, parece nada menos que pecado mortal, y de paso tendría que ser delito.

Si usted muriera hoy, ¿está seguro de ir al Cielo? ¡La Biblia le dice cómo!”, se lee en un blanco muro de la ciudad, rodeado de changarros y casitas maltrechas, con letra primorosa, simétrica y enorme. Todos los días paso por ahí, y no obstante no acabo de habituarme. Es como un aguijón que a cada vez te pica y hace brotar de vuelta la roncha en la conciencia. Otras veces, de pronto, no soy yo quien respinga sino alguno entre mis acompañantes. ¿Y cómo no mosquearse hasta la indignación ante un engaño en tal modo alevoso? ¿Cuántos no lo creerán a pie juntillas?

Por más que de repente nos dé risa la convicción tramposa del merolico, hay patrañas que no tienen nombre. Ir por ahí vendiendo certezas improbables para ganar adeptos y patrocinios, justo donde gobiernan el miedo, la miseria y la ignorancia, parece nada menos que pecado mortal, y de paso tendría que ser delito, pero estamos en tal modo habituados a tolerar la charlatanería, cuando no a difundirla impunemente, que con cierta frecuencia la suscribimos al igual que cualquier pueblerino argüendero.

No hace falta ser un analfabeto, ni haber sido educado por beatos y fanáticos, para hacerse con ciertas certidumbres y desplegarlas luego como banderas. Acosado por miles, y de hecho millones de mentiras que a diario van y vienen por las redes sociales —no pocas de ellas torpes, absurdas y grotescas—, termina uno eligiendo las que más le acomodan, o le suenan, o al final le convienen. Cada una tiene sus valedores, nadie que las defienda estará solo.

Pongamos por ejemplo las recientes palabras de Cristina Fernández de Kirchner, expresadas en una carta larga y fatigosa (qué difícil leerla sin saltarse renglones) donde echa abajo sus certezas recientes a fuerza de encontrarles reemplazos preferibles. Tres días antes, ante el cadáver fresco del fiscal que recién la acusara de camuflar las huellas de un presunto Estado terrorista, la viuda desafiante apostaba su resto por la hipótesis de un suicidio pudibundo. Nada más enterarse del veredicto adverso del médico forense, la señora se lanza, en una nueva epístola con virtudes narcóticas, a hacer suya la hipótesis del homicidio con la resolución que la ha hecho popular: dice no tener pruebas, aunque dudas tampoco. Sólo eso le faltaba, a estas alturas.

Debe de haber millones de candidatos a merecer un epitafio así: No tuvo pruebas, pero tampoco dudas. Hoy en día la gente se grita, se insulta o se desolla en el nombre de un par de evidencias mágicas cuya comprobación no juzga necesaria pues le basta la fe, o la mala leche o el sutil entramado de ilusiones morales, intuiciones fugaces y conjeturas raudas al cual osa llamar “sentido común”. ¿Y cómo pues no van a incomodarse, si quien los contradice menosprecia la lógica elemental? ¿Qué más prueba hace falta que su firmeza a prueba de recelos?

Me permito dudar que la señora Kirchner esté segura de ir a dar al Cielo (a saber si no cree que ya está allí y entonces sus temores son más que comprensibles). Lo que parece cierto, aun sin pruebas y con algunas dudas, es que a la presidenta de los argentinos le urge que así lo crean propios y extraños. Si ante un misterio tan abigarrado como la extraña muerte de Alberto Nisman medio mundo se mira las caras y no encuentra más que perplejidad, ella desdeña pruebas y evidencias en favor de una fe tan sólida e impávida que no deja lugar para la menor duda. Y como detrás suyo hablan los corifeos, y siguiendo sus huellas recapacitan todo lo recapacitable para avalar la nueva certidumbre, no es raro que entre todos abran paso a su propia versión del sentido común.

Quien se jura seguro de todo cuanto cree suele buscar apoyo en las medias verdades. ¿Es decir, en las medias mentiras? Ojalá fuera así, pero pasa que no salen las cuentas. Toda media verdad es mucho más que media mentira. ¿Qué sería de las grandes calumnias sin el puntual apoyo de la verdad a medias? Si el infundio ha nacido de las dudas, y en ellas encontró casa y comida, nada le hace más falta que suprimirlas, para que después de él no haya sino verdades intachables.

Quien quiera estar seguro de cualquier cosa, especialmente si ésta es inverosímil, diríjase a las redes sociales. Sobran allí quienes a diario pontifican en torno a los asuntos más oscuros, extraños o complejos con la seguridad de un catequista. Algunos se complacen, no sin alguna dosis de pío masoquismo, cuando alguien los refuta y así los habilita como cruzados: pobre del infeliz que crea otra cosa. Es como si a la buena samaritana que ya compró el mensaje del atajo hacia el Cielo pretende uno quitarle su boleto, o peor aún la Biblia donde se lo encontró. ¿Quién sino Satanás concebiría tamaño despropósito?

Y sin embargo me sobran las dudas. Por ello no pretendo defender uno solo de los presentes argumentos, pero tampoco pidan que me aguante la risa frente a tantas certezas impertérritas. Sólo llámenme estúpido y estaremos a mano.