Pronóstico del Clímax

El nacional-revanchismo

El primer gran peligro de tener que enfrentar a un adversario necio y furibundo está en que es muy sencillo asemejársele. Pues una vez que actúa uno, en respuesta, como otro majadero endemoniado, de poco o nada sirve saber quién fue el primero en saltarse las trancas de la inteligencia. Combatir ignorancia con ignorancia, complejos con complejos, insultos con insultos, es un modo expedito de reemplazar catarro por pulmonía.

Menospreciamos a la necedad, como si no supiéramos lo contagiosa que es. Desde la rabia súbita y cargada de razón, se asume uno acreedor del deleite innegable de humillar a quien quiso hacerle menos mediante un tratamiento equivalente, para así demostrarle una dudosa superioridad, comparable a esas justas de albureros tempranos donde no hay más campeón que la pura jactancia pubescente. Es decir que si el otro se complace ostentando algún orgullo imbécil y anodino, yo tendría que “ganarle” con otro aún más bobo. Cual si probarse más idiota que el de enfrente valiera una medalla al pundonor.

Nunca, antes de la era Trump, habíamos podido atestiguar semejante derroche de palabras e imágenes ilustrativas de la ridiculez nacionalista. Esa obsesión fálico-pueblerina por ostentarse siempre mejores que los otros hace de sus clientes patéticos fantoches a los ojos de todos menos ellos, que con cierto candor suponen invisibles sus gritonas carencias. Una cosa es saberse desafiado por cierto mamarracho presumido y ridículo, y otra ojalá distinta lanzarse a competir en estridencia con quien ya medio mundo tilda de pendejete.

Los prejuicios rampantes, la soberbia grosera, el desdén insidioso o el narcisismo rústico del hombre más odiado del planeta no mejoran en labios de sus oponentes, y en lugar de ello tienden a emparentarles. Pues si estamos de acuerdo en que a la petulancia, el narcisismo y el autoritarismo, por decir sólo tres, no cabe dividirlos en buenos y malos, habría que ver cómo justificamos el adefesio del nacionalismo con el pretexto etéreo de que el nuestro es “del bueno”. Nada que no pudiera decir también un niño que juega a policías y ladrones.

¿Por qué somos mejores que los otros? Porque somos nosotros, no faltaba más. Escuchemos, si no, a Vladímir Putin declarar con orgullo que las prostitutas rusas son “las mejores del mundo”. ¿Será que es un experto en la materia, o es sólo dignidad ante el espejo? Cuando niños, nos hablan maravillas del Himno Nacional, en contraste con los de otros países, pero raro es aquél que sabe de lo que habla. ¿O es que alguien se dio el tiempo de escucharlos todos, albergando además la temeraria idea de quererse objetivo? A falta de una prueba concluyente, nos decimos mejores que los otros a partir de abstracciones inasibles, como qué tan bonito suena ese himno que sólo por ser nuestro merece el sambenito de incomparable. A ver, pues, que nos digan que no (y verán qué madriza les ponemos).

No es, por cierto, sencillo evitar el contagio. Incluso quien jamás fue petulante salta y para la cresta en la presencia de algún fuereño desdeñoso. No va uno por la vida discriminando, pero no bien alguien le discrimina siente despertar monstruos hacía tiempo dormidos y, ay, resentidos. Complejos que tal vez ni conocía, de modo que tampoco sabrá domeñarlos; o acaso familiares como una herida nunca cicatrizada. La pregunta, al final, es hasta dónde quiere uno llegar en esa competencia ignominiosa. ¿Se le gana al palurdo demostrando que se es aún más palurdo que él? ¿Nos toca ahora gritar que somos superiores por la divina gracia de nuestros cojones? ¿O sea hacer a México grande otra vez?

La delusión ardiente del nacionalismo no nace, como afirma, del amor a la patria, como del miedo a ser menos que el otro y la oronda fiereza que lo suplanta. Faccioso de por sí, hinchado y suficiente, celoso y paranoico, de poco necesita el nacionalismo para legitimarse, considerando al fin que sólo halla legítimos a sus connacionales, si es que también son correligionarios. Para el nacionalista recalcitrante —y buena parte lo es, como todo despecho sin acreditar— todo extranjero es miembro de una pandilla ajena y peligrosa. Es decir que la suya es también una patria de pandilleros y el que opine distinto es un traidor.

Sostener ante todos la teoría de que eres superior en todos los aspectos supone echar a andar una ambiciosa fábrica de mentiras, seguramente burdas y chocantes pero asimismo extremas e infinitas, dirigidas a un público fanático urgido de explicarse sus fracasos por la vía del pensamiento mágico. ¿Pues qué, si no la magia, puede hacernos mejores que el de enfrente sólo porque la mano del destino puso al otro más allá de mi raya? Y ya entrados en gastos, la mano de Dios. ¿“Dios nos hizo mejores”, por lo tanto? Así dice el payaso: pobre del que lo imite.