Pronóstico del Clímax

La dignidad criminal

”En términos estrictamente populares, la dignidad no se mide en consignas y banderas, sino en barrigas llenas, y eso bien lo entendieron los bolivarianos cuando empezaron con la repartición”.

La gente habla de crímenes de Estado como si fueran hechos extravagantes, cuando la realidad a diario nos demuestra que no son pocos los Estados criminales. Ahora bien, antes de desgarrarse las vestiduras valdría definir qué entiende uno por crimen. ¿Un delito muy grave o solamente una acción indebida? ¿Uno o más homicidios calificados o quizás una práctica desafortunada?

Cierto es que los Estados criminales tienden a pergeñar leyes torcidas y aplicarlas de acuerdo con su conveniencia, de modo que a la luz de sus estatutos y bajo su celosa jurisdicción, no es posible acusarles de transgresión alguna. Olvidemos, por tanto, los términos jurídicos, y vayamos a aquella modalidad de crimen que tanto éxito tiene entre los denunciantes de la común infamia.

“¡Es un crimen!”, decimos, con vehemencia furiosa, o triste, o desolada, cuando una iniquidad exagerada nos lastima el sentido de justicia. Y a menudo las grandes iniquidades tienen que ver con las inequidades, de ahí que, cuando niños, se nos diga de pronto que es “un crimen” dejar la comida en el plato, “con tantos niños que se mueren de hambre”. Nadie nos va a encerrar en la cárcel por eso, pero se entiende al fin que cada quien va preso de su conciencia sucia.

Hace más de 15 años que los venezolanos escuchan al gobierno referir toda suerte de crímenes extremos, cometidos contra una misma víctima: el pueblo, que es sufrido por definición y tenía que aplaudir la noticia de que sus defensores, agrupados en torno a un Estado benévolo y omnipotente, le traerían de vuelta la dignidad que algunos, quizá muchos, no conocían siquiera.

En términos estrictamente populares, la dignidad no se mide en consignas y banderas, sino en barrigas llenas, y eso bien lo entendieron los bolivarianos cuando empezaron con la repartición. Debe de haber sido conmovedor poder ver tantas frentes súbitamente altas, merced a la bonanza petrolera que daba para hacer milagros sin medida, y de paso comprar lealtades a granel. ¿Quién, que antes del prodigio viviera en la miseria, no iba a creer a ciegas en la palabra hipnótica del Comandante? ¿A quién no iba a gustarle poder tener un coche para llenarle el tanque con menos de dos dólares? ¿No hablaba Fidel Castro, inspiración mayor del comandante Chávez, día sí y día también del quisquilloso tema de la dignidad?

Un cubano promedio gana el equivalente a 20 dólares al mes; lo demás se le paga en dignidad. Del sueldo que perciben de las trasnacionales —algo así como 400 dólares— el Estado retiene 95%. ¿O es que acaso alguien piensa que la dignidad es cosa barata? Desde sus mismos años de cuartel, el comandante Chávez debió de ver aquellas dignidades retóricas con una admiración desorbitada. De ahí que años más tarde, ya en el poder, instigara a los suyos a evitar la igualdad de oportunidades y buscar la igualdad de condiciones.

Mientras hubo dinero para hacer realidad los ensueños del nuevo padre de la patria, la dignidad del pueblo consistió en defender lo recibido y entenderlo como lo conquistado. ¿Y no es verdad que una conquista histórica presume ser también irrenunciable? Una vez fallecido, y en virtud de ello libre de afrontar consecuencias, al comandante Chávez se le tilda de “eterno” también para insinuar su amparo inexorable. Que los palos que dio, ni Dios los quite. ¿Y no es con ese fin piadoso y justiciero que existe acá en la Tierra el “Viceministerio para la Suprema Felicidad Social del Pueblo”?

Los crímenes morales suelen ser invisibles para quien los comete, tanto así que es común que el culpable argumente que obró con las mejores intenciones. En su opinión, las leyes de los otros no le son aplicables, pues habita en un mundo paralelo donde hay otra moral en teoría superior. Esto explica, según los valedores del “Socialismo del Siglo XXI”, la ambigüedad extrema de la cotización del dólar en bolívares.

Si uno mide el valor del salario mínimo vigente el día de hoy en Venezuela —mismo que en días recientes se incrementó en un sonoro 30%— de acuerdo con la cotización oficial, éste asciende a 842 dólares. Ahora bien, esa es solo la cifra del gobierno, aplicable a los dólares preferenciales que subsidia para ciertas importaciones en teoría vitales y cada día más insuficientes. Si se cotiza en “dólares paralelos” —eufemismo reciente que corresponde al precio de mercado—, ese mismo salario pasará con trabajos de los 26 dólares (cantidad que, por cierto, no alcanzan a ganar algunos profesores universitarios). Algo menos de 400 pesos mexicanos. Es decir, 30% más del salario promedio de un empleado cubano.

Verdad es que el Estado venezolano puja por ofrecer bienes elementales —por cierto, muy escasos— a precios subsidiados. Situación similar a la de los empleados de las antiguas tiendas de raya: clientes a la fuerza cuyo salario se pagaba en especie. Para efectos prácticos, los creadores del socialismo del siglo XXI pueden haber incurrido en toda clase de iniquidades para desembocar en esta pesadilla, pero acaso ninguna tan funesta como hacer polvo aquella dignidad de pacotilla. Dar y luego quitar, en el nombre de una felicidad en tal modo suprema que ya es inalcanzable: he ahí un crimen moral que carece de nombre.