Pronóstico del Clímax

“Un día escribiré algo…”

A veces, las historias y sus personajes dormitan por años antes de ser contadas, como a cada muñeco le llega su ventrílocuo.

Hay llamadas que no quiere uno hacer... por miedo a que le salga todo bien. Llamadas que anhelamos tanto como tememos, pues acaso no está uno tan seguro de hallarse preparado para cargar con todas sus consecuencias, especialmente si éstas son promisorias, y por tanto riesgosas o engorrosas. Sería quizás por eso que esperé tres años para marcar el número del famoso ventrílocuo.

“No creo que este encuentro sea casualidad”, se había despedido en perfecto español, nada más salir ambos del avión donde hicimos amistad. Un par de días antes, había yo engrosado el tumultuoso público que abarrotó su presentación en Cincinnati. Viajar al lado suyo equivalía a hilar media docena de secos en el Flamingo de los años sesenta, cuando lo más normal era jugar una mano de black jack con Dean Martin en papel de croupier. ¿Cómo no atiborrarlo de preguntas, y en ese mismo trance alimentar la idea antojadiza de “un día escribir algo”? Recuerdo que subí al siguiente avión con la imaginación repleta de casinos y esa perplejidad supersticiosa de asumir que “por algo” había volado junto a Sammy King.

Con 25 mil presentaciones detrás, el que por doce años fuera ventrílocuo del Crazy Horse de París vivía retirado en Palm Springs. Fue ahí que contestó la llamada que tres semanas después me llevó hasta el desierto, en busca del principio de su historia. ¿Novela, biografía, reportaje? Imposible preverlo. Tal vez no fuera nada, a fin de cuentas. Va uno detrás de sombras que no por fuerza tienen masa correspondiente, ni proporcional, como un títere de sus obsesiones. ¿Y qué es una obsesión, sino una sombra desproporcionada?

“Nací en Brownsville, Texas, The Armpit of The World”, sonrió desde una mesa del café donde al fin nos encontramos, indiferente a la feroz canícula que me tenía sudando como caballo. ¿Cómo no imaginar entonces un capítulo bautizado así: El sobaco del mundo? Algo se cuece dentro del cerebro febril del escribiente cada vez que su atento interpelado muestra alguna madera de personaje. Las ganas de contar lo que nos han contado son comezón mandona, más aún si la historia se nos ensancha dentro del coco y ya sobrevolamos tierra imaginaria con alas de papel emborronado. Y esas cosas calientan, cómo no.

Varias veces trató de escribir su vida, pero lo suyo está en el escenario: donde no hay tiempo para reflexionar, ni espacio para corregir, ni lugar para el arrepentimiento. Y uno que lo escuchaba iba poniendo puntos, comas, cursivas, taches, flechas a lo largo del pergamino cerebral donde se iría imprimiendo esa conversación. Luego llegó la hora de sacar las agendas. Estábamos a la mitad junio de 2013: ¿qué tal si nos veíamos a fines de septiembre?

Una cita en Las Vegas es cosa muy seria. No cualquier día, además, tiene uno la fortuna de llevar a pasear al personaje. Debe de haber millones de vidas que nunca más han vuelto a ser las mismas después de entrecruzarse en Las Vegas. Me repetí éstas y otras certidumbres a la hora de rentar el convertible con el que cruzaría el desierto de Mojave, hasta topar de frente con el espejismo. Luego, en la carretera, entretuve las ansias matando y enterrando toda suerte de wise guys imaginarios a lo ancho de esas dunas auspiciosas. Para llegar allá, no bastaba con recorrer los 450 kilómetros de carretera. Había también que trasladarse a 1967.

Como era de esperarse, el convertible blanco le sacó al personaje una cara de niño contagiosa. Una cosa es que el juego sea cosa muy seria, y otra muy diferente que deje de ser juego. Urge, además, entrar en personaje y mudarnos de siglo, pero la estrella sufre de jaquecas tenaces que alivia a cada tranco con tazas redentoras de puro café exprés. Saltamos del inglés al español con el ritmo frenético que nos impone tanta cafeína, de forma que en cuestión de un par de horas ya flotamos en una burbuja imaginaria donde absolutamente nada es imposible porque de pronto la función está en marcha y ya no hay vuelta atrás ni remiendo a la mano. ¡Estamos en Las Vegas!, abre los brazos Sammy en mitad del casino, como quien ha cruzado la puerta de su casa.

Nada sucedió, al fin, de acuerdo a lo planeado. “¿Trajiste a tu muñeco?”, me preguntó el ventrílocuo, y un par de horas después ya me estaba entrenando. Había algo de sofisticado tormento en jugar al ventrílocuo frente a una leyenda de la ventriloquía, aunque también un chute de alivio inesperado cuando lograba hacerlo reír. ¿Y el libro? Yo qué sé. No he vuelto a ver a Sammy desde entonces, pero al cabo los dos sabemos que el juego no termina, porque los juegos son cosa muy seria y una vez en escena no hay reversa.

“Un día escribiré algo…”, dice uno en estos casos, y al instante se explica: “Todavía no sé qué…”