Pronóstico del Clímax

El déspota hipersensible

Si el presidente de los ecuatorianos encuentra que es preciso cumplir con el engorro de reelegirse, así tenga para ello que remendar la misma Constitución, lo menos que él espera es que le den las gracias, no la opinión que nunca les pidió.

Ese Rafael Correa es un sentimental. O, como también dicen, un tierno. Pero eso sí: cuidado con la ternura, que las almas dotadas con piel de seda resultan asimismo proclives al despecho, y en tanto ello capaces de responder con nitroglicerina al puñal traicionero de la ingratitud. Cada sábado, pues, un presidente ardiente fustiga y escarnece en cadena nacional a sus detractores, mediante videocápsulas (hay cientos en YouTube) donde el articulista es ridiculizado y señalado como falsario, cínico, resentido, amargado… Esas cosas que a uno le salen sin pensar, al calor del berrinche. En especial si lo que se ha propuesto es hacer al despecho contagioso.

A Rafael Correa le incomodan los otros pareceres, tanto así que el gobierno que encabeza contrapone el “Estado de Derecho” al “de opinión”. Nótese en la repartición de las mayúsculas la talla del enfado. El Derecho es sagrado, la opinión estorbosa. Y ni hablar de un presunto derecho a la opinión, allí donde la expectativa gobernante tiene que ver con la obligatoriedad de la gratitud. Si el presidente de los ecuatorianos encuentra que es preciso cumplir con el engorro de reelegirse, así tenga para ello que remendar la misma Constitución, lo menos que él espera es que le den las gracias, no la opinión que nunca les pidió.

Elegancia, por cierto, no le falta a Correa. “Creo que es mi deber revisar la sincera decisión de no lanzarme a la reelección”, ha declarado el hombre, con el genio eufemístico de un vendedor estrella. “Entiendo bien que mi vida ya no es mía: es de mi pueblo y de mi patria y estaré donde me exija el momento histórico”, predicaría más tarde, como quien ya imagina su áurea palabrería grabada sobre el mármol de la Historia. ¿Quién, sino un resentido y un infiel, querría estropear tamaño momentazo?

Sobreviven, no obstante, amargados que creen que es su deber revisar su sincera decisión de no opinar en contra de Correa, aunque su sacra vida ya no le pertenezca y sea patrimonio del pueblo y de la patria, y cualquier día de éstos de la humanidad. De ahí que el presidente salvaguarde tan excelsos valores a fuerza de echar mano de dos superpoderes, como son el Legislativo y el Judicial, mismos que a estas alturas tendrían que escribirse con minúscula. ¿O es que iba a padecer el sensible Correa la opinión diferente de jueces, congresistas u otros subordinados? Basta con que el patrón se queje en su programa por la postura crítica de un periodista para que unos denuncien la iniquidad y otros más ejecuten el castigo. ¡A opinar a la cárcel, fariseos!

Ahora bien, hay personas que piensan, con el tierno Correa, que no existe mejor opinión que el aplauso. Se espera, por lo tanto, que éste resulte largo y estrepitoso, amén de lisonjero y espontáneo. Y es que así son los hombres sentimentales: no les basta el silencio del bocazas, necesitan de su zalamería. Todo lo cual explica la ira desenfrenada del mandatario, no bien volvió de un viaje a Chile —traía bajo el brazo un reluciente doctorado honoris causa— y se enteró de que cuatro periódicos no dieron, a sus ojos coléricos, bastante cobertura a sus actividades. Traducido al lenguaje del despecho, el presidente observa que con ello le robaron al pueblo su derecho a la información.

Al pueblo no le gusta que le roben, menos aún si se trata de un patrimonio mancomunado a medias con la patria, tan quisquillosa ella. Pongámoslo en mayúsculas: Correa es Patrimonio del Pueblo y de la Patria. Controvertir sus logros, o siquiera callarlos, es consumar un crimen innombrable. Aunque al fin el despecho se pinta solo para colgarle nombres al desapego. Más aún si el villano no puede responder —al mandamás le indigna especialmente que los informadores se autodefiendan (sic)— sin hacerse acreedor a la furia infinita del Gran Sentimental.

Silencio, descastados: lo van a hacer llorar.