Pronóstico del Clímax

La conexión selvática

Escribo estas palabras a lo largo de uno de esos días tortuosos en los que no hay manera de entrar en internet. Ya probé a conectarme con el teléfono, en vista de que el módem de la casa lleva más de una hora sin responder, y el aparato informa que no hay servicio.

Vamos, no es que ande uno paseándose en lo alto del Kilimanjaro, pero resulta que ha contratado un plan de 4G que funciona de pronto y a ratitos (de contentillo, explicaría mi abuela), aunque frecuentemente no sirve para nada. La clase de problema que uno ignora tan pronto como observa que se esfuma y asume con candor que no regresará. O será que prefiere bloquear el pensamiento, pues en el fondo sabe que no se trata de un mero problema, que en su caso tendría solución, sino de una calamidad endémica cuyo alivio está lejos de sus manos.

Me gustaría decir que estas constantes fallas en el servicio diario son propias de un ahorro mal entendido, de modo que tal vez sería suficiente con ser menos martillo y pagar una buena conexión. Lo cierto, sin embargo, es que uno paga mucho a cambio de muy poco. Razón más que cumplida, se dice al fin un día de frustración rabiosa, para moverse hacia otra compañía y castigar a ésta con su desafecto, pero no bien lo intenta se topa con la ira de un monstruo despechado.

Un monstruo burocrático, además. Basta con que uno informe a la compañía que desea rescindir el contrato de su línea celular para ser abducido por sus ejecutivos hacia un limbo kafkiano donde los trámites se hacen interminables y rara vez resultan definitivos. Igual que un ex amor obstinado y patético, la compañía echa mano de toda suerte de recursos arbitrarios para dificultar el rompimiento, desde la maliciosa inconsecuencia hasta descarada intimidación.

“¿Cuáles son sus razones para cancelar?”, insiste por octava vez la telefonista, si es que lo que uno dijo no llegó a parecerle suficiente. Peor aún si se niega a ser interrogado: el reglamento exige que responda, so pena de seguir cobrándole las cuotas por esa porquería de servicio. Por lo demás da igual, pues lo común es que se corte la llamada y el nuevo ejecutivo se arranque con la misma cantaleta, o que al final le informe que el contrato por fin ha sido rescindido… y de aquí a unas semanas le llegue un nuevo cargo por la renta mensual, como si nada. Incluso si uno tiene numerosos y graves motivos para finiquitar el incierto servicio, la compañía es rica en sinrazones, y ya lo dice el dicho: hágale como quiera.

Buena parte de los usuarios de telefonía en México somos ya pesimistas naturales. Sobrellevamos con estoicismo la condición de cliente maltratado y aceptamos como una maldición ancestral la insatisfacción crónica de quien se ve indefenso y abusado por quienes deberían disputarse su amable preferencia. Es más, si ahora mismo no me pesco del teléfono para cambiarme a otra compañía es por el puro trauma de la anterior mudanza, más la cuasi certeza de que en la nueva nada sería mejor.

A veces me conformo con odiarlos, a partir de esos datos recurrentes según los cuales la telefonía móvil resulta incomparablemente más competitiva en la gran mayoría de los países. Es decir que aquí en México nos esquilman dos veces, una con la tarifa desmedida y otra con el servicio deficiente. Por si esto fuera poco, lejos de cortejarnos con mejores ofertas y ventajas, la compañía no tiene empacho en restringir de pronto la conexión que hasta ayer ofrecía como ilimitada (lo cual, sobra decir, no la mejora un ápice). Saben que somos suyos, no tienen que mimarnos para conservarnos, menos aún disculparse por jodernos.

No es la tarifa, al cabo, lo más oneroso, como el precio final del ingente topillo. ¿Cuánto me cuesta el tiempo que derrocho por causa de esta clara baratija que se me vende a precio de despilfarro? ¿Qué tanto más habría avanzado en mis diarios quehaceres, de no ser por las fallas e insuficiencias en tal modo frecuentes que me he habituado a ellas y ya pago su precio como un impuesto caído de las nubes? ¿Qué cifras obtendría si me fuera posible calcular el total de esas horas malogradas y las multiplicara por el total de usuarios de la compañía?

¿De qué compañía hablo? Da lo mismo, tampoco es que sean tantas ni tan distintas. Parecería que se entienden en secreto, como si en vez de grandes competidores fuesen bandas diversas de gandules al cabo equivalentes y uno los aguardara siempre en la misma esquina, con su botín envuelto para regalo. Cierto es que cada mes tienen la gentileza de enviarme un sobre con el estado de cuenta, pero igual es verdad que rara vez me animo a examinarlo, para evitarme al menos el disgusto de comprobar con cifras el abuso y elevar mis niveles de misantropía.

“¡Ya regresó…!”, celebra uno su suerte no bien se restablece la conexión, suelta el aire y hasta se felicita porque viéndolo bien pudo ser mucho peor. Y aquí no pasó nada. “¿Crees que llueva?”, inquiere uno a lo tonto, si es que piensa salir a la calle, y la respuesta suele ser tan dudosa como si preguntara: “¿Funcionará tu Wi-Fi… de casualidad?”.