Pronóstico del Clímax

Esos cochinos humanos

NO ES MI INTENCIÓN quitarle el apetito a nadie, pero lo verdaderamente intolerable, lo perverso, lo cruel, lo de pésimo gusto es el silencio de las buenas conciencias ante la atrocidad del suplicio animal de cada día

El perro se llama Simon, es un bulldog francés y tiene malos hábitos. Es, se dice, agresivo con otras especies. Para así demostrarlo, el conductor del programa —César Millán, mejor conocido como el encantador de perros— lo suelta en un jardín, al lado del cerdito que su ayudante tiene apergollado por la pata trasera. En un instante, el perro se le va encima al cochino y alcanza apenas a morderle una oreja, antes de que Millán lo ponga a buen resguardo, mientras el cerdo chilla como suelen hacerlo sus congéneres, allá en el matadero. Acto seguido, la cámara nos muestra la orejita mordida por Simon (cuyo dueño, por cierto, se resiste a tener que sacrificarlo). Y he aquí que, tras un proceso de reeducación a manos del famoso encantador, en un nuevo video veremos al bulldog en alegre y pacífica coexistencia con el marranito.

Recién ha trascendido que César Millán es hoy investigado por presunta crueldad animal. Mira tú que jugarle esa marranada a un cuinito indefenso, sólo para ganar unos puntos de rating, tiene que ser una suprema infamia. Más todavía, tiene que ser noticia. Una noticia imbécil, la verdad, si bien la mejor parte estaba por venir: en defensa del encantador de perros, el área ejecutiva del canal ha aclarado que César y su manada "ayudaron a Simon a superar su conducta agresiva hacia otros animales", y por su parte el cerdo "fue atendido inmediatamente después, curado rápidamente y no mostró señales permanentes de trauma".

Qué descanso, ¿no es cierto? En estos tiempos de alto fariseísmo, nadie quiere contarse entre los crueles. La idea de vivir en un mundo brutal y sanguinario, donde los cochinitos pueden ser ultrajados de ese modo, resulta intolerable para todas aquellas almas bondadosas que quieren lo mejor para todos los cerdos de este mundo. ¿Qué porvenir le espera, por ejemplo, a un marrano con traumas permanentes? Por más que se perfume y acicale, la hipocresía apesta peor que la crueldad.

Demasiado a menudo, el problema no es tanto la crueldad como tal, sino su difusión, por ese viejo tema del mal gusto. Las almas bondadosas de esta historia prefieren no enterarse de todo lo que ocurre al interior de una granja, y ya ni hablar de rastros, antirrábicos y laboratorios, por citar sólo tres sitios atroces. Nada que les ayude a conciliar el sueño o digerir a gusto unas buenas carnitas con chicharrón. ¿Cuántos lechones fueron tasajeados solamente en el día que Simon le dio su tarascada al tierno cochinito? ¿Saben o se sospechan las almas bondadosas que un lechón es un cerdo sin destetar, de entre dos y cuatro semanas de vida? ¿Les interesaría saber que hay millones de puercos cuya vida transcurre por entero dentro de una jaulita que los inmoviliza y apenas les permite comer y defecar, hasta que llega la hora del cuchillo? ¿Y para qué, si es más fácil creer que los buenos cochinos tienen toda la vida por delante, y como es evidente se van al cielo?

Yo también lamentaba, en su momento, el final del programa de Porky Pig, aquel gracioso cuino tartamudo al que nunca supimos que hicieran chicharrón. No es de extrañar, por tanto, que abunden los nostálgicos de sus años cándidos, todavía afectados por la sensible muerte de la mamá de Bambi y resueltos a no permitir otra, de llegar a enterarse. Mas para escasa suerte de tantos animales a diario atormentados y masacrados, las almas bondadosas de este cuento viven cómodamente de espaldas a buena parte de estos escabrosos sucesos. Les place y enternece que el perrito de Disney logre salvar la vida al fin de la película, por cuanto esto constata su propia bonhomía. Son capaces de amar al animal y empatizar con él, en la medida que éste se asemeje a los seres humanos. Si los cerdos hablaran como Porky, sería un brete esto de acuchillarlos.

Los perros tampoco hablan, aunque a menudo sean más elocuentes que quienes los defienden por motivos cosméticos. No vayamos más lejos, hasta el día de hoy al perro callejero se le extermina en México por electrocución, y por si fuera poco en multitud. Una escena dantesca que se repite a diario en cada ciudad de la República. La ley así lo dice y no se ve que a muchas almas bondadosas les subleve, incomode o ya siquiera importe. No es mi intención quitarle el apetito a nadie, pero lo verdaderamente intolerable, lo perverso, lo cruel, lo de pésimo gusto es el silencio de las buenas conciencias ante la atrocidad del suplicio animal de cada día.

A uno le gustaría carcajearse de historias como la del cochinito mordisqueado y los exégetas de sus derechos porcinos, pero no siempre la estupidez supina logra ser más simpática que maloliente. Detenerle la pata a un marranito para que un perro le muerda una oreja es un acto piadoso, si se compara con la indiferencia que en el nombre de su tranquilidad detiene día a día de la pata a millones de víctimas sin voz. Pero eso sí: salvemos al puerquito.