Pronóstico del Clímax

De 'chapofobia' a 'chapoterapia'

RECONFORTA PENSAR que a estas alturas el poder del Estado es todavía mayor que el de un matón, pero de ahí a creer que capturando 'narcos' vamos a conocer las mieles del estado de derecho hay billones de pesos de distancia.

Una vez más, el país entero acusa los efectos de la chapoterapia. Una cuestión de orgullo, antes que de justicia. ¿Quién se cree ese patán que aparece en el Forbes y se escapa de dos supermax madeinmex, para exhibirnos ante el mundo entero como un pueblo globero y corrompido? En uno y otro caso, sus fugas de película fueron condecoradas por clamores preñados de términos afines al despecho, como "burla", "vergüenza" y "humillación". Y es que así es el orgullo de sensible, o en su caso nosotros de acomplejados. No es que El Chapo quebrara un estado de derecho que hasta el día de hoy desconocemos, sino que nos ha dado un quemón planetario. Y La Patria bien, gracias, mordisqueando el rebozo.

Las primeras imágenes del Chapo vuelto a recapturar son aún más deshonrosas. Sucio, a medio vestir, la camiseta rota, plena de lamparones; recién salido de esos laberintos por los que se movía, valga la redundancia, como rata en el caño. Fotografías que apestan, más que asustar o acaso conmover. Instantáneas de mierda, literalmente. Lo que busca el orgullo del vencedor para lavar las huellas de la afrenta. Pues si salir cagado hacia la libertad es de todas maneras una hazaña, llegar así a la cárcel —peor aún, a los medios— tiene que ser la peor indignidad para quien hasta ayer se hacía llamar Señor, con mayúscula implícita.

Parece poca cosa la estimación del Forbes en torno a la fortuna de Guzmán Loera. ¿Sólo mil miserables millones de dólares por un cuarto de siglo de figurar en el top ten del negocio más grande del mundo? En todo caso, el Forbes qué va a saber. Decía un prominente banquero mexicano, seguramente bien documentado, que ninguna cuantiosa fortuna puede ser amasada honestamente. Como el Chapo nos ha hecho recordar, uno de los encantos del dinero en exceso es que nos hace libres a extremos inauditos. Si observamos las fotos que los hijos del capo se envanecen mostrando en las redes sociales, hallaremos en ellas el rastro de un orgullo paralelo. Cachorritos de león, paquetes de billetes, bólidos italianos y cuernos de chivo son tributos libérrimos a un mal gusto que se halla guapo en los espejos y tiene mucho plomo para así constatarlo.

El orgullo es soberbio: ahí está su miopía. Ver al Chapo vencido y humillado es desquitarse un poco del imperio de la inseguridad, y en un descuido alegre darla por relativa o retirante, pero lo cierto es que el dinero grita. Por más que ahora mismo se frote uno las manos a la espera de enriquecer el chisme del momento, sucede que El Señor está en la cárcel, pero igual el negocio sigue abierto. Más allá de vaivenes gerenciales, sigue siendo el más grande del planeta, gracias a la estrategia punitiva que eleva al cubo el precio de la mercancía y produce mil chapos por cada uno que atrapa.

Nunca los delincuentes gozaron de bonanza semejante. Tampoco eran tan crueles, ni tan desechables. Ahora mismo, mientras nos solazamos volviendo a ver al Chapo en sus peores momentos, hordas de sucesores potenciales se disputan los huecos que su ausencia ha dejado en el sufrido gremio. Gente muy delicada, de epidermis tan fina que el más mínimo amago de desobediencia les deja los complejos en carne viva. Gente que ya no es gente y está dispuesta a todo con tal de hacerse ver volando gratis, luego entonces hacerse respetar. Tipos cuyas fortunas les han creado grandes expectativas y no soportan verse defraudados.

Reconforta pensar que a estas alturas el poder del Estado es todavía mayor que el de un matón, pero de ahí a creer que capturando narcos vamos a conocer las mieles del estado de derecho hay billones de pesos de distancia. Por no hablar de las balas y los muertos: el diezmo del orgullo. Si yo fuera sicario de una banda enemiga, estaría celebrando con plomazos al aire la caída del Chapo. Pero sigo a merced de sus colegas, que cada día tienen más poder y dinero gracias a la auspiciosa prohibición. No siento, pues, orgullo sino miedo. Y más que a traficantes y matones, temo a las leyes vanas que los enriquecen, pues nada hay más temible que la estupidez.

Hay quienes dan por hecho que el narcotraficante es necesariamente un drogadicto, lo cual explicaría muchos de sus errores y paranoias. ¿Pero quién necesita ya de drogas, con todo ese dinero cayéndole del cielo? No es la hierba ni el polvo lo que hace sanguinario al asesino, sino la utilidad estratosférica que invita a prescindir de todo escrúpulo para prevalecer entre tanto ambicioso terminal. El primer crimen de esta larga lista consiste en permitir que unas leyes idiotas y contraproducentes pongan tanto dinero en tan malas manos. ¿Sirve de algo el orgullo de atrapar a un maleante legendario, cuando hay miles y miles en la sombra, trabajando al servicio de un negocio que es bochornosamente productivo e innecesariamente destructor? ¿Va a librarme de pronto la chapoterapia de la pena de ver toda esa inteligencia policial invertida en la aislada aplicación de unas leyes hipócritas, abusivas y erróneas? Parafraseando a Dylan, ¿cuántos chapos debemos encerrar antes de que acabemos de multiplicarlos?