Pronóstico del Clímax

¿Y la borrachera qué?

HEMOS SIDO EXPEDITOS (y selectivos) para prohibir los vicios, no para erradicarlos. Y al contrario, la clandestinidad los multiplica, los maleantes progresan, los policías se venden, el negocio se expande, las cárceles no alcanzan

Tengo una idea: prohibamos el alcohol. Razones, por supuesto (clínicas, laborales, familiares, sociales, económicas), tendríamos de sobra. Cada día que pasa hay más muertos y enfermos por causa del abuso del alcohol, amén de una infinita lista de familias maltratadas, desatendidas o desamparadas. Tan sólo imaginemos la cantidad de niños que elevan toda clase de plegarias por que el padre o la madre dejen la bebida. O todas las mujeres que sufren recurrentes vejaciones a manos de borrachos desprovistos del mínimo escrúpulo. ¿Y qué escrúpulos van a seguir vivos, si ya la borrachera —estado permisivo por excelencia— se pinta sola para aniquilarlos?

Faltan a la verdad quienes afirman que el alcohol y las drogas son cosas diferentes o inconexas. ¿Qué harían tantos beodos funcionales sin ese polvo mágico que les permite volver al trabajo, o a la cantina, o presentarse impávidos ahí donde los esperan, sin el menor indicio de estado inconveniente? El borracho no es siempre el que aparece en la baraja de la Lotería —fachudo, tambaleante, transformado en piltrafa y aún botella en mano—, si abundan los alcohólicos de pinta ejecutiva y pulcritud total que se matan día a día entre el drink y la coca, combinación letal que anula la resaca y permite al usuario beber por días y noches en hilera sin acusar desgaste, o casi. ¿O hay acaso mejor puerta de entrada a la adicción a la cocaína que la urgencia social de bajarse la peda en un minuto?

Sería ocioso tratar de pasar lista a las calamidades con las que el alcoholismo lastra a la sociedad. Bástenos con decir que están a la vista y son de fama pública. Ahora mismo hay en el mundo miles de agonizantes y enfermos terminales cuya vida sería muy distinta si no hubiesen tropezado en el vicio nocivo más popular del mundo. Cierto que habemos muchos que disfrutamos de unos buenos tragos sin por ello causar desaguisado alguno, y al contrario: un par de tequilitas hacen un relajante excepcional, pero si en contraparte calculamos la cantidad de crímenes horripilantes que la ingestión de alcohol ha hecho viables, habría que aceptar que el peligro esta ahí, de cualquier forma. Si perseguimos drogas menos nocivas en el nombre de la salud de todos, la congruencia nos aconsejaría suprimir de una vez el consumo alcohólico.

Habrá quien se entusiasme argumentando —y hasta es probable nos haga llorar— que la instrumentación de esta propuesta merecería, de entrada, el agradecimiento de millones de familias, que en adelante se verían teóricamente libres de penurias. Una medida en extremo ambiciosa, pues supondría no sólo la abolición legal de venta, destilación y consumo de bebidas alcohólicas, como su supresión inapelable: una cosa es prohibir una sustancia y otra muy diferente hacerla inaccesible. Para lograr esto último sería necesario contar con un ejército de funcionarios duros, incorruptibles y omnipresentes que hicieran respetar la ley seca. Por su parte, las leyes del mercado, más todavía las del mercado negro, suelen cumplirse inexorablemente. Habría, por lo tanto, que combatirlas en todo lugar.

Al mero día siguiente de proscribir las bebidas alcohólicas, veríase el Estado en la obligación de perseguir a todo aquel que insistiera en servir o servirse una copa. Que no serían pocos, ni estarían sujetos a mecanismo de control alguno. La bebida sería más cara y de calidad ínfima, aunque eso sí: no pagaría un centavo por concepto de impuestos. En cuanto al tema de la distribución, el margen de ganancia —por fuerza estratosférico— permitiría grandes niveles de eficiencia, sólo que ahora el borracho no trataría con el viejo cantinero, sino con malhechores consumados que muy probablemente se ayudarían con otras fechorías para hacer su trabajo. Robos, asesinatos, secuestros, lo que llegue a ofrecerse para amarrar la plaza y afianzar la cartera de clientes. No habría el cliente ni empinado el codo y ya estaría jugándose la vida.

En cuanto a los enfermos —delincuentes, de acuerdo a la ley— habría que ver la multiplicación de estragos que el alcohol clandestino les traería. Amén de los cirróticos de siempre, habría legiones de ciegos e intoxicados, por más que en las paredes de las clínicas se amontonaran las campañas de alerta: Di no al alcohol. ¿O es que habría policía suficiente para garantizar que nada de todo esto aconteciera? ¿Sería hora quizás de hacer ciertos los sueños de J. Edgar Hoover, un policía por cada ciudadano? ¿Un país de menores de edad mental?

Si nos damos el tiempo de imaginarlo, un panorama así parecería no nada más absurdo, sino de hecho infernal. Bandas de hampones multimillonarios traficando cerveza de tercera, comprando policías y entrematándose por una rebanada del mercado. Sicarios ascendidos de un día para otro a fabricantes de whisky, vodka y lo que resulte. Políticos corruptos amafiados con embotelladores clandestinos cuya ley sería la única vigente. Ahora bien, ¿para qué imaginar? ¿No es así como estamos con las otras drogas?

Hemos sido expeditos (y selectivos) para prohibir los vicios, no para erradicarlos. Y al contrario, la clandestinidad los multiplica, los maleantes progresan, los policías se venden, el negocio se expande, las cárceles no alcanzan. Prohibimos promoviendo, para efectos prácticos. Tan lejos del imperio de la salud como de la victoria de la justicia, brindemos por el triunfo de la hipocresía.