Pronóstico del Clímax

El imperio del bluf

En sus dominios no se oculta el póker. Ni la tercia, ni el full, ni la pachuca. Si otros son jugadores compulsivos, es decir perdedores recurrentes, él no puede perder, porque es la casa. Concretamente, el dueño del casino. Y de varios casinos, en efecto, decorados aquí y allá con su retrato y avalados sin pausa por su apellido ubicuo y redundante. Su costumbre es jugar con la ventaja clara, y en cualquier caso con el bluff por delante. Diría Muhammad Ali, ¿por qué voy a pelear contra el cien por ciento de mi oponente, cuando puedo antes reducirlo al cincuenta? Esto es, intimidarlo. Robarle las certezas. Zangolotearle el piso. Hacerlo que se tema que tu pachuca es tercia, tu par, flor imperial, tu suerte inagotable. No en balde eres el amo del casino.

Bluf, es como se dice en español, y tal cual bien lo saben sus favorecedores, va más allá de los juegos de azar. Se diría que es un modo de vida, y más que eso una forma de ejercer el poder a través del engaño y la simulación. El diccionario de la RAE define el vaporoso término como:

1. Montaje propagandístico destinado a crear un prestigio que posteriormente se revela falso.

2. Persona o cosa revestida de un prestigio falto de fundamento.

3. Fanfarronada, acción intimidatoria hecha por quien no cuenta con los medios para cumplir su amenaza.

A cada quien lo suyo: cualquier tahúr entiende que blufear es el arte de hacerse temer por impredecible. La mayoría abusa del recurso, o lo hace con patrones fácilmente rastreables, o es que sus faramallas sólo las creen sus gentiles paleros. En las finanzas, en los bienes raíces, en todos los negocios y ramos concebibles hay legiones de gente que vive del bluf. Y no es que lo hagan bien, sino que se protegen los unos a los otros, bajo la certidumbre de que la pura fama tiene pase automático al prestigio, y en un descuido son la misma cosa. Simpaticen o no con el Croupier Mayor, son parte de su iglesia y veneran su bluf como un día admiraron a Rico McPato (aquel viejo avariento que nadaba en dinero y nada le dolía tanto como gastarlo). Y son, al igual que él y su corte de bluffers, signos de un mismo tiempo donde las esperanzas son un recurso inflable y las palabras huecas una bomba neumática.

Bluf es haber construido una breve campaña política a partir de una larga campaña de posicionamiento. Vender lo que no existe, desde el mero principio, igual que el holograma de un rascacielos imaginario. Lo que hace el arribista para crear la ilusión de que le sobra lo que más le falta. El trabajo del pícaro que va entre los turistas vendiendo calaveras auténticas de Pancho Villa.

Por su naturaleza embaucadora, su origen forajido y el bling bling que les da fama y fortuna, los casinos son templos y santuarios del bluf. Todo cuanto ahí se dice o aparenta es sospechoso de simulación, si no de trampa. Y las trampas son fuero de la casa: el dueño del casino es desconfiado porque se sabe indigno de confianza. Es decir, según él, más listo que los otros. No por casualidad a sus predecesores en el gremio les llamaban wise guys.

Del dueño del casino nadie espera clemencia, ni crédito, ni reciprocidad. Igual que sus croupiers, juega a ganar desde una posición de fuerza. Puede doblar la apuesta, o bien centuplicarla de forma intempestiva. Tiene todas las fichas, conoce cada uno de los trucos para hacer del saqueo un pasatiempo y del chantaje una negociación. ¿Qué es el bluf en el póker, finalmente, sino extorsión a cuenta de fanfarronería? ¿No es acaso una estafa comparable al asalto a mano armada revirar una apuesta en un diez mil por ciento, por ejemplo? El dueño del casino puede hacer eso y más, porque suyas también son las reglas del juego. Por no hablar de las mesas, las bebidas, los cuartos y los ahorros de sus huéspedes.

Que el dueño del casino pretenda hoy defender a los desposeídos y entregar el poder en las manos del pueblo, apoyado por un equipo de multimillonarios pobres en experiencia, tiene poco de raro si tomamos en cuenta las excentricidades y payadas a las que con frecuencia recurren los casinos para atraer incautos ambiciosos. ¿Hay acaso edificios de peor gusto que aquellos dedicados al juego, con frecuencia temáticos y a su modo infantiles? Y no obstante allá adentro despluman a la gente. De eso se encarga el dueño del casino. La casa ha de ganar, en cualquier caso. La casa ha de jugar con todas las ventajas. La casa está en las manos de un maestro del bluf. ¡Manos arriba!, se nos ha presentado. Por eso dicen, ya empezó a negociar.