Pronóstico del Clímax

Mis bestiales semejantes

¿Quién va a sacar la cara por todos esos canes de por sí comprensivos y empáticos que han de ser inmolados con la crueldad que el hombre les atribuye a las bestias?

 

Lo más intolerable de una atrocidad no es que pueda ocurrir ahora mismo, y ni siquiera que suceda a diario, sino que encima de eso tenga el pésimo gusto de hacerse notar. La gente pierde el sueño frente a la atrocidad, o cuando menos se le va el apetito. Buena parte prefiere ni enterarse, con tal de no cargar en la conciencia el recuerdo de alguna truculencia bestial, de pronto suficiente para recordarles que lo que conocemos como bestialidad suele ser privativo de la especie humana. Cualquier verdugo sabe ser bestial, si bien ninguna bestia da para verdugo.

A la gente le gusta sentirse muy humana. Nos alivia enterarnos que alguien en algún sitio logró ponerle fin a cierta iniquidad imperdonable, por más que sea no más que un caso aislado, o una exageración, o incluso una mentira bien contada. El niño desahuciado que se curó, la chica que castró a su violador, el convicto inocente que logró salir libre. Anécdotas como éstas nos devuelven no sólo el apetito; también la certidumbre de ser siquiera un poco más humanos que el promedio de nuestros congéneres. Ahora bien, si yo fuera una bestia de cuatro patas y pudiera entender el español, no encontraría palabra más espeluznante.

¿De qué le sirve a un cerdo, recluido de por vida en una jaula inmovilizadora, que haya en el mundo humanos más humanos que otros? En lo que al infeliz animal respecta, somos todos demonios de carne y hueso. Demonios carniceros, metódicos y, el colmo, indiferentes. Diablos que están en paz con su conciencia si por suerte se topan con la foto de un niño rescatando a su perro de un incendio: una de esas imágenes que inspiran sentimientos, como suele decirse, profundamentehumanos.

Si ahora mismo me diera a la tarea de enlistar las virtudes que a mi juicio tendría que reunir el adjetivo humano, mal haría en buscarlas en mis semejantes (pues acá entre los míos aun la mayor virtud peca de relativa, y a menudo depende de apreciaciones miopes y subjetivas). Si fuera al diccionario, encontraría que humano es aquel individuo que se distingue por ser “comprensivo, sensible a los infortunios ajenos”. Pero si de verdad deseara comprender y asumir el peso de tan noble calificativo, tendría que acudir a un par de especialistas en humanidad plena y generosa: mis perros, por supuesto.

Quienes solemos convivir con chuchos no aspiramos a ser mejores que ellos. Sabemos, por principio, que ni nuestras mejores intenciones alcanzarían para igualar sus dotes humanitarias. Asumimos, de paso, nuestra incapacidad de comprender su mundo con la mitad del celo y el colmillo que ellos a diario emplean en descifrarnos. Quiero decir que todo lo que sé de mis queridos canes es una bagatela, comparado con el hondo conocimiento que ellos tienen de mí. Por no hablar de su sensibilidad hacia mis infortunios, mismos que en ningún caso les resultan ajenos.

Nada me gustaría más que poder expresar estas ideas en lenguaje perruno. Dirigirme a los perros y nada más. Ocuparía tal vez menos palabras, y con suerte no más de dos renglones. Habla uno con los perros para tener bien claro cuanto quiere decirles, pues en el fondo sabe que ni ha abierto la boca cuando ya lo entendieron. ¿Cómo entonces le explico a mis canitos que el gozo de su dulce compañía me permite olvidar que ahora mismo, mientras los acaricio, muchos otros como ellos son electrocutados atroz, dantesca, sistemáticamente?

Habrá quien diga que esto es de mal gusto. Mi conciencia tendría que aliviarse ante noticias tan espectaculares como las nuevas leyes que prohíben los circos con animales. Debería suponer, en bien de mi humanísimo candor, que los osos y tigres y elefantes y changos jubilados por estas disposiciones gozarán de un retiro esplendoroso y no serán quizás sacrificados igual que cualquier bestia improductiva. El asunto, al final, no son los animales y su triste destino, sino sólo la buena salud de mi conciencia.

La gente encuentra atroz el espectáculo de la crueldad hacia los animales. A algunos les indigna y horroriza que otros seres humanos sean capaces de aplaudir, saltar y celebrar la muerte despaciosa de un toro allá en el ruedo. Diríase que vibran sus conciencias no tanto de piedad y compasión, como de mera vergüenza de especie. Un pudor similar al de aquel mexicano que viaja por el mundo avergonzado de las desmesuras que cometen algunos entre sus compatriotas, y si puede se esmera en subrayar lo poco que se les parece. Es decir que el problema no radica en el hecho, sino exclusivamente en su notoriedad. Aceptamos crueldades e incluso atrocidades, siempre y cuando no se hagan espectáculo.

Se entiende que de pronto los políticos se interesen por impulsar las leyes que les dan mejor prensa. Esto es las que se notan. Las leyes de por sí sensacionales: tal es el circo que les interesa. Si el toro va a morir cargando banderillas ante una multitud, lo que toca es salvarle del suplicio, pero si es una res como cualquiera lo de menos es que su vida entera transcurra en un infierno inapelable y termine en cualquier infame matadero.

¿Quién va a sacar la cara o a meter el hombro por todos esos canes de por sí comprensivos y empáticos que han de ser inmolados con la crueldad que el hombre les atribuye a las bestias? ¿Quién oye los ladridos de tantos amigables inocentes que esperan turno juntos ante los verdugos? ¿Quién se ocupa siquiera en recordar, ante tantos humanos tan humanos, que la electrocución canina es una atrocidad innecesaria y anacrónica cuya única ventaja está en su baratura? ¿Alguien por ahí conserva un poquitín de vergüenza de especie?