Pronóstico del Clímax

Un asalto como todos

Uno puede entender que es cosa complicada pelear contra enemigos emboscados, ubicuos y cuantiosos, pero de ahí a proveerlos de facilidades tendría que haber cierta sana distancia.

Hay historias que vienen detrás de uno, acortando distancias como esas epidemias que primero se anuncian en otro continente, más tarde tocan tierras nacionales y cualquier día matan al vecino. Historias en tal modo similares y a tal grado frecuentes que ya ninguna de ellas es noticia, y acaso la noticia sería que tendieran a disminuir. Hasta que de repente la historia ocurre aquí, delante de uno. A las seis de la tarde, entre semana. En plena lateral del Periférico.

Como decía, no es un suceso raro. Hace tiempo que se habla de la Avenida de los Constituyentes y su entorno cercano como parte de un Far West citadino donde los criminales se mueven a sus anchas. Y no es que esté muy lejos, si como ya me consta la acción se desarrolla no solamente arriba, más allá del entronque con Observatorio, como se ha reportado tantas veces, sino a unas cuantas cuadras de la residencia presidencial, cruzando el Periférico. Pero las circunstancias imperantes, como ya trataré de hacerlo claro, están del lado de los bandoleros. Veámoslo, si no, desde sus ojos.

Vengo un día subiendo por Constituyentes, de camino a un retorno penumbroso que me permitirá, teóricamente, tomar el Periférico hacia el sur. Digo “teóricamente” porque siempre que cruzo el pasadizo me pongo en los zapatos de los malandros y pienso que, si fuera yo uno de ellos, estaría agradecido por las facilidades que la vida me da. Basta con meter freno delante del incauto, en mitad de este paso a desnivel cuya frecuente falta de iluminación le da un propicio aire de boca de lobo, para desvalijarlo o secuestrarlo sin siquiera alterar el ritmo cotidiano. Y si encima tiene uno suficientes amigos y recursos, ¿qué mejor que cercarlo entre dos coches, para que ni en reversa se les vaya a escapar?

La aventura, no obstante, apenas ha empezado. Lo sé porque otra vez, la tarde referida tres párrafos atrás, venimos dos personas y dos perros en una camioneta, a unas poquitas cuadras de Constituyentes, sobre la lateral del Periférico en dirección al sur. Estamos ya formados en el carril izquierdo, vamos a entrar de aquí a cincuenta metros pero el tránsito es lento por causa del entronque con el Viaducto. Hace más de un minuto que no avanzamos, de modo que hay lugar para echarle un vistazo al paisaje: muy cerca de nosotros, digamos quince metros adelante y tres o cuatro metros a mano derecha, hay un adolescente desgarbado que mira hacia los lados y luego detrás de él, salta de la banqueta intempestivamente y se lanza contra la ventanilla derecha de un coche allá adelante, sobre el mismo carril.

La escena es propiamente vertiginosa. No alcanzamos a ver qué exactamente se ha llevado el agresor, que en cosa de un instante ya volvió a la banqueta y se interna corriendo en la bocacalle, donde un coche lo espera con una puerta abierta y el volante mirando hacia el Lejano Oeste. E insisto en que es lejano porque esta bocacalle, como la mayoría de sus paralelas, está cerrada al tránsito del Periférico. Es, en términos viales, un callejón sin salida. Y mejor todavía: una vía de escape sin entradas. Nadie puede cruzar con todo y coche semejantes barreras protectoras. ¿Y qué decir de aquel pobre infeliz que, buscando un atajo hacia la lateral, vaya a dar a uno de estos santuarios de bandidos? ¿Y qué tal el calvario cotidiano de quienes han de cruzarlos a pie? Por lo pronto, los villanos se arrancan, de seguro sin el menor pendiente. Si yo fuera uno de ellos, me iría carcajeando como los malos de las caricaturas.

Una vez que la fila volvió a avanzar y aún espeluznados nos felicitamos por traer a los canes con nosotros, el coche de las víctimas ingresa al Periférico y se pierde por el carril central. Nada querrán saber sus ocupantes del escenario que dejaron atrás. Si los malandros huyen cómodamente, la víctima lo hará despavorida. Y es que aquí esos señores la tienen regalada, no han hecho más que reventarle un vidrio para quebrarle el temple y el sosiego. Mientras le dure el miedo —¿minutos, horas, años?— será un aliado huidizo y cabizbajo, acaso en adelante no quiera ni pasar por esos rumbos donde los saqueadores trabajan con el viento a su favor.

Uno puede entender que es cosa complicada pelear contra enemigos emboscados, ubicuos y cuantiosos, pero de ahí a proveerlos de facilidades tendría que haber cierta sana distancia. Como tendría que ser suceso excepcional un asalto violento a plena luz del día, pero ya puedo oír las risotadas de los pandilleros ante tan cándidas suposiciones. Con estas condiciones de trabajo, lo normal es que cundan los ejemplos, hasta que en los periódicos no quede ya lugar para tratar de estas calamidades cotidianas, atribuibles de pronto a nuestra desmadrosa idiosincrasia. Y si de día el robo es tan sencillo, tan sólo imaginemos las oportunidades de que goza un malandro a media madrugada, cuando las puras obras de mantenimiento nos orillan a todos hacia la lateral. ¡Albricias, asaltantes! ¡Aquí viene otro hatajo de clientes cautivos!