Pronóstico del Clímax

Las amnesias de octubre

Recordamos lo que mejor creemos, luego entonces creemos lo que recordamos. Por eso nadie quiere recordar sus vergüenzas, y si lo hace recurrirá al matiz, el borrón, el enredo y al fin la reinvención del hecho bochornoso.

Si de verdad el dos de octubre no se olvidara, tendría que lucir cuando menos borroso. Sabrá el diablo cuántas reputaciones progresistas no se vendrían abajo si el pasado volviera, fresco y nítido, a mostrarnos qué hacían, o decían, o callaban sus propietarios cuando aquel dos de octubre se puso inolvidable. Pues la reputación es un activo, un bien del cual dependen temas tan importantes como la propia línea crédito.

A veces la memoria se nutre del olvido. Recordamos lo que mejor creemos, luego entonces creemos lo que recordamos. Por eso nadie quiere recordar sus vergüenzas, y si lo hace recurrirá al matiz, el borrón, el enredo y al fin la reinvención del hecho bochornoso (aunque cada día menos, según se le maquilla o sustituye en el taller pirata de la memoria). Recordamos, al fin, lo que nunca querríamos olvidar —como esa vieja hazaña que según los testigos jamás realizamos— especialmente si ha pasado el tiempo y ya la desmemoria lo desfigura.

En su espléndida y recentísima novela, Así empieza lo malo, Javier Marías acude repetidamente a aquella paradoja de la memoria según la cual recuerda uno mejor lo que escuchó que lo que dijo. Se olvida antes, por tanto, el arrepentimiento que el rencor; el propósito que la expectativa; el dolor infligido que el sufrido. Pues son las injusticias de los otros las que nos alebrestan, toda vez que sabemos que las nuestras, si existen o existieron, no son ajenas a la buena fe. “Vamos, yo me conozco”, se exculpa uno, como si hiciera falta subrayar lo evidente.

Escribe Marías: “Las sensaciones son inestables, se transforman en el recuerdo, varían y bailan, pueden prevalecer sobre lo que se ha dicho y oído, sobre el rechazo o la aceptación”. Recordar vivamente un suceso ocurrido hace ya varias décadas —especialmente si no se vivió, o si acaso resulta una memoria poco fotogénica— es apelar a cierta sensación, de modo que uno al cabo se transforma con ella (y varía, y baila), hasta que esos recuerdos tan flexibles consiguen reflejar al que debió haber sido y ya nunca al que fue.

Algunos, sin embargo, no olvidamos uno que otro detalle inverosímil. Llámennos rencorosos, pero damos respingos si vemos a, digamos, Porfirio Muñoz Ledo —por entonces exégeta del régimen y legitimador de la masacre— detrás de una pancarta que habla precisamente del dos de octubre. ¿Será que olvidó todo, luego de tantos años de construirse la fama de opositor airado y progresista? ¿Y qué tal sus aliados y correligionarios, que aún por muchos años recibieron órdenes, remuneraciones y privilegios de ese mismo sistema cuyos viejos abusos afirman no olvidar? ¿Cómo hace uno para conservar vivo en la memoria el dos de octubre del ’68 y olvidar los millares de días que empleó en servir a los señores que de un tiempo acá tilda de opresores, cuando no de asesinos?

Cierto, uno se equivoca cuando muy joven. Es lícito, sin duda, mirar atrás en busca de atenuantes, e incluso ver el cambio de chaqueta como una evolución de la propia conciencia. Lo grotesco —es decir, lo penoso del espectáculo— es tener que afirmar que “no se olvida” justo aquello que más te compromete, y en tanto ello te condena a la farsa (por no decir al fariseísmo).

Es muy fácil decir que no olvidas un día del remoto pasado. Lo difícil, por cierto, es recordar el mundo tal como solía ser, si es que estaba uno vivo o se ha documentado en torno a aquellos años. ¿Pero a quién le interesa lo difícil, si en dos patadas puede jugar a equiparar dos épocas distantes? A la hora de apelar a la turba sedienta y exaltada, basta con que dos frases rimen entre sí para que se les dé por concluyentes. Algo así como Granaderos piden paz, de parte de Díaz Ordaz.

¿Alguien, por cierto, sabe cómo era un granadero en tiempos de Díaz Ordaz? Nada que se parezca a los timoratos policías antimotines de hoy: víctimas poco menos que amarradas de pandillas de vándalos a sueldo que serían idénticos a los halcones echeverristas si no hicieran lo suyo a cara cubierta. En todo caso también son impunes, y por si fuera poco reciclables. Se les ve encabezando revueltas callejeras variopintas, con la soltura propia de quien cuenta con un equipo de abogados que recuerda de oficio el dos de octubre, amén.

No hay fecha ni estandarte más fácil de olvidar que aquellos donde todos meten mano. Nada de raro tiene que sean muchos quienes hallan consuelo, cobijo y confort en la olvidada fecha inolvidable. En la novela de Javier Marías, ubicada en la España del destape, la gente da por buenos los falsos prestigios progresistas con tal de ya no hurgar en un pasado sórdido que hiede a falange. Unos tiempos tan raros que ni quien los vivió consigue reconstruirlos en la imaginación sin incurrir en falsificaciones. Un recuerdo en tal modo adulterado que a estas alturas sirve para probar lo que a uno se le antoje. Y si te dicen algo, tú di que no lo olvidas. Y si no les parece que le hagan como quieran.