Pronóstico del Clímax

El amigo imaginado

Ficciones aparte, suele uno comprender a las personas luego de cotejarlas con su mejor versión imaginable. Esto es, el personaje.

Cuando llegó el primero, ya era tarde para reconocerlo en sociedad. Había que ocultarlo, entre otras cosas porque sólo los locos y los niños pequeños suelen mimar amigos imaginarios. Tendría unos nueve años, y como todos en el salón de clases pretendía pasar por niño grande. Dialogar con fantasmas no era precisamente el salvoconducto hacia la respetabilidad, y fue por eso que ellos vivieron a resguardo de mi caligrafía indiscernible. ¿Quién les mandaba andar siempre rondándome, peor todavía con esas paparruchas de que no eran personas, sino personajes? ¿Quién me mandaba, aparte, ponerme en su lugar y hasta jugar con ellos como niño de kínder?

Nunca se fueron, claro. O, mejor dicho, se reprodujeron. Si los primeros eran aún difusos y con seguridad inverosímiles, justo es decir que cada nueva generación estrenaba detalles y aptitudes bastantes para engañar a su pergeñador. Pues de eso se trataba, uno concibe a un nuevo personaje para caer redondo en sus embustes. Con el correr de cinco, diez, quince años de obsesiones combustibles, persiste el entusiasmo por continuar aquel juego infantil cuyos participantes vivían nada más que en la propia cabeza, y no obstante pensaban y hablaban por su cuenta. Y si en los años niños entregarse a ese juego implicaba aceptar que no tenía uno con quien entretenerse, verdad es que jamás se resigna del todo. ¿Quién, sino sus lectores puede dar prueba cierta de que no habla uno solo, ni está del todo loco, ni le falta con quien seguir jugando?

¿Cómo va uno a hablar solo, con tantos personajes acechando? Y tampoco es que se dirija a ellos, si no se trata de socializar. El juego está en ser otro, meterse en su pellejo, gozar a su salud, sufrir en su lugar, pensar con su cabeza y actuar en consecuencia, sin más temor que el de no ser creído. Un pavor espantoso, en realidad, pues una vez que se ha puesto en las chanclas del protagonista, basta una leve sombra de escepticismo para que el mismo autor del mamotreto se mire inverosímil como tal, y por lo tanto inútil como persona. Pues autor no es quien cree en sus personajes, como quien los obliga a creer en él.

Un personaje sólo concede crédito a quien le dio la vida cuando le mira desaparecer. Y es que los dos no caben en la misma novela, cuantimenos en el mismo pellejo. ¿Qué más vida iba a darle el infeliz prospecto de autor al bosquejo maltrecho de personaje, sino la única que siempre ha tenido? ¿Qué más cerebro, pies, uñas, cejas, axilas, huesos, entrañas, alma que no sean los propios, al final? ¿Puede decirse que está hablando solo cada vez que se esfuma de sí mismo y se expresa en lugar del personaje?

Uno se esconde tras sus protagonistas por la simple razón de que es un mentiroso, y ellos en cambio son todos verdad. Algunos inclusive son tan verídicos y su vida es en tal medida comprobable, que cualquier día terminan por pagar las facturas de quien se desvivió por traerlos al mundo. Desvivirse: qué verbo maternal. Demasiado tributo para un morboso que juega a ser el niño inofensivo con las armas, las intenciones y el colmillo del viejo mañoso. Más que ofrendar la vida, uno la apuesta. La misma operación que realiza quien cae enamorado y precisa dar crédito a cuanto sólo pasa en su interior convulso y atribulado. Pero es que es todo cierto, y de hecho es lo más cierto que podría llegar a sucederle. ¿Cómo no va a existir ese fantasma cuyos solos vestigios te arrebatan el sueño y el sosiego por llevarte a cruzar firmamentos acaso insospechados?

Juega uno a parecerse a cuanto admira o teme, según opera esa fascinación que le arrastra a salirse de sí mismo y apostar a ser otro mientras dure el hechizo y entonces, sólo entonces, reconocer sus límites y alcances. Ocurre así que para efectos prácticos el personaje opera igual que una ponzoña. No es que yo mismo sea Emma Bovary, sino que me he enfermado del ansia irrefrenable de transformarme en ella aquí y ahora, mientras corre su sangre por la mía sin más explicación que este vicio embustero de jugar a ser otro más perfecto, redondo y convincente.

Una enorme ventaja del personaje sobre la persona es que aquél no acostumbra hablar de más. Dice lo que le toca, que es también lo que nadie más diría. Es pavorosamente consecuente, como se espera de una buena amistad imaginaria. No tiene que jurar cuanto lleva la vida entera demostrando. Puesto que a diferencia de las tristes personas, el personaje entiende que allá en la realidad no hay amigos más leales, ni más reales, que los estrictamente imaginarios. Es por eso que hasta ahora los conservo.