Pronóstico del Clímax

Votar por el payaso

Si a estas alturas del siglo XXI prevalece en el mundo la estrategia antidrogas de un payaso malandro como Richard Nixon, no se entiende que tantos aún sostengan que los grandes bufones son inofensivos. Y lo serían, tal vez, a no ser por el bárbaro que a todos nos habita y cualquier día despierta.

No sabría decir si a todos nos sucede, pero a mí me pasaba con alguna frecuencia preocupante. Lo normal, me decía, a juzgar por los gritos y aplausos en las funciones de cine infantil, es que los niños odien al villano. ¿Quién no querría mirarse, al menos por un día, en las chanclas del héroe de la pantalla? A veces, sin embargo, uno quiere lo opuesto: que los malos se salgan con la suya. Después de tantas horas de medirse con Batman como todo buen niño, se antojaba de pronto la travesura íntima de admirar al Guasón. Un payaso psicótico ávido de poder, cuyo objetivo último en la vida consistía en mirar su colorida jeta impresa en los billetes de un dólar.

Algo tienen los clowns desfachatados que en un descuido encantan a la gente. Igual que los muñecos de ventrílocuo, suelen gozar de dosis especiales de inmunidad para hacer y decir barbaridades. Algunas de las cuales, a todo esto, no parecen del todo irracionales a los oídos de esa parte del público que sin pensarlo mucho se desplaza hacia el bando del Guasón.

Tiene algo de razón, argumentan algunos en su defensa. Es muy valiente, le reconocen otros, por puro deslenguado. ¡Ya era hora de que alguien le llamara a las cosas por su nombre!, se felicitan sus simpatizantes, que ya sólo por serlo se adivinan osados y genuinos. Y si hasta la mentira se transforma en verdad por la vía pavloviana de la reiteración, ¿qué no harán las burradas y las barbaridades en boca de un payaso cínico y estridente? A la gente de pronto le fascinan los villanos risueños, por cuanto son capaces de sacarles al bárbaro interior: ese macaco histérico del que frecuentemente se enorgullecen quienes hallan cojones en la cobardía.

El fenómeno Trump no es cosa nueva. Tampoco es novedad que abunden los sensatos que aconsejan no prestar atención a sus burradas. El hecho, sin embargo, es que entre más calumnias y sandeces eructa, mejor lugar alcanza Donald Trump en su carrera hacia la presidencia. Hay gente, mucha gente, cada día más gente que está de acuerdo con el payaso bárbaro. Les satisface oír al majadero desperdigar mentiras y guarradas sin el menor empacho, haciendo exhibición de esa patanería jactanciosa que igual compensa al rabioso agachado que al trepador social. Gente que nunca tira la primera piedra porque aguarda a un payaso que se le adelante.

“Un marido no puede violar a su mujer”, ha dicho hace unos días el abogado de Donald Trump, resuelto a proteger a su cliente de las salpicaduras de un pasado que ya pagó por sepultar. Una opinión, por cierto, más alineada con el extremismo wahabí que con el credo del Partido Republicano, pero quién va a fijarse en detallitos. Del bárbaro y los suyos se espera nada más que desmesuras. Aceptarlas, decirlas, vitorearlas es atreverse a apoyar al Guasón. Liberarse de escrúpulos, santificar el hacha, carcajearse del universo entero cual villano vestido de payaso.

Del Palurdo de Linz se decía lo mismo. ¿Cómo iba ese payaso antisemita a conducir las riendas de Alemania? El payaso, no obstante, solía emplear demasiado a menudo la palabra “exterminio”. Un término algo fuerte para un mero bufón, y por cierto: muy poco metafórico. ¿Qué falta van a hacerle las metáforas a ese desaforado que ya lo dice todo con licencia, porque al fin es payaso y “nadie toma en serio” sus barbaridades? Se asume, por principio, que los civilizados somos mayoría. Un argumento bárbaro de por sí, que acaso sea bastante para explicar la risa del payaso.

Darse a creer al Guasón inofensivo es caer en el mismo error de cálculo del paleto furioso que aplaude las bravatas del Bocazas Trump. Dan por hecho que el mundo tiene que entrar en sintonía con ellos. Y como ya se ha visto, están lejos de ser unos cuantos lunáticos. Ninguno de ellos cree que su gurú sea un clown, y al contrario: respetan su figura con esa reverencia incontestable que suelen inspirar los multimillonarios entre los bárbaros menos afortunados. De acuerdo con su lógica binaria, alguien que se ha hecho rico no puede equivocarse.

Nada concede a Trump mayor prestigio que su mala fama. Sus bonos se cotizan a partir de los dichos escandalosos que le arrebatan socios y patrocinios públicos en medida menor a la que le compensan con apoyos callados y un culto populista que sabe pastorear con el instinto de un malvado de historieta. Pues si otros aborrecen la idea de tener que correr a un empleado, Trump es el pateaculos más famoso del mundo. Ninguno de sus fans es ajeno al placer que produce al personaje hacer uso y abuso del poder del dinero.

Si a estas alturas del siglo XXI prevalece en el mundo la estrategia antidrogas de un payaso malandro como Richard Nixon, no se entiende que tantos aún sostengan que los grandes bufones son inofensivos. Y lo serían, tal vez, a no ser por el bárbaro que a todos nos habita y cualquier día despierta envenenado por la prédica infecta de otro payaso más.