Pronóstico del Clímax

Vencidos por vocación

Por motivos que algunos escandalizados encontramos del todo inescrutables, son legión los devotos del balón que sopesan sus propios límites y destrezas a partir de los goles que recibe o anota su equipo predilecto. Cosa muy peligrosa, ya se entiende, cuando se trata de una selección nacional y la apuesta se eleva a cimas esotéricas.

A veces el futbol lo escandaliza a uno. ¿Y cómo no iba a hacerlo, entre tantas metáforas involuntarias? Sólo entre dirigentes y dueños de franquicias dan material bastante para explorar a fondo materias tan rentables como la economía de escrúpulos y la administración del privilegio, pero al fin la metáfora toma cuerpo en la cancha, donde una mayoría de exaltados se encomienda a 11 santos operativos en el nombre de su futuro aplomo.

Por motivos que algunos escandalizados encontramos del todo inescrutables, son legión los devotos del balón que sopesan sus propios límites y destrezas a partir de los goles que recibe o anota su equipo predilecto. Cosa muy peligrosa, ya se entiende, cuando se trata de una selección nacional y la apuesta se eleva a cimas esotéricas. Términos como “orgullo”, “vergüenza”, “humillación” y “gloria” son moneda común entre cronistas, aficionados y entusiastas, que con ellos “ganamos”, “perdemos” o “empatamos” en bloque nacional.

“Otra vez nos ganaron”, informa desolado el hincha a su compinche, y éste asiente porque eso es lo que toca, pero en el fondo sabe tanto como el otro que en realidad perdieron, no les ganaron. Esto es, que la derrota fue en buena parte obra del derrotado. ¿Complejo nacional? ¿Pánico escénico? ¿Histeria colectiva? ¿Fatalismo romántico? En todo caso, la verdadera guerra ocurre dentro de la cabeza. El adversario duro es uno mismo, su única ventaja consiste en que el contrario no lo sabe; conservarla, por tanto, dependerá de su capacidad para mostrarse inmune a sus fantasmas. Es decir, para no perder antes de que le ganen.

El futbol es un tema escandaloso cuando uno asiste a escenas como la sucedida una semana atrás, en cuartos de final del Mundial de Brasil. Es un momento intenso, las selecciones de Costa Rica y Holanda se disponen a jugarse en penales un boleto para la semifinal. Al centro de la cancha, los holandeses miran de pie, abrazados, hacia el marco donde ya su portero se acomoda delante del tirador. A un lado suyo, los costarricenses se abrazan igualmente, sólo que de rodillas.

Hasta hace unos minutos, la perspectiva de una victoria tica parecía tan rara como emocionante, pero ahora está la imagen que por sí misma anuncia otro desenlace. Pues los costarricenses no han esperado al triunfo para hincársele al santo de su devoción, sino que lo hacen ahí, delante de un contrario que ha apelado a su temple, no a un milagro, para hacerse temer y respetar. Es probable que más de un holandés ore secretamente mientras el duelo ocurre, pero de ahí a postrarse a mitad del combate tendría que haber alguna jodida distancia.

Imaginemos ahora la tranquilidad del portero holandés, cuyo horizonte incluye nueve enemigos arrodillados y uno muerto de miedo ante el balón. ¿Qué clase de mensaje recibe el adversario de ese competidor que a todas luces ha dejado la lucha en manos de una instancia sobrenatural? ¿Se trata de que sepa y aproveche que pelea contra un desesperado, y todavía peor, 11 desesperados? ¿Y qué tal el portero de Costa Rica, condenado a mirar a los suyos de hinojos y a los otros de pie, disparo tras disparo? ¿Será que esa tensión extraordinaria produce algo mejor que catatonia?

La diferencia, al fin, es que unos van detrás del marcador y los otros esperan un milagro: he ahí lo escandaloso de la metáfora. ¿Cómo evitar la incómoda certeza de ser no sólo juez, sino asimismo parte de esta triste cultura del fracaso? Cuesta creer que un conjunto de atletas profesionales, cuyo oficio consiste en intimidar a sus adversarios y tratar de evitar que ellos hagan lo propio, exhiba sus temores y flaquezas en la hora decisiva de sus carreras, delante de una audiencia planetaria que a diferencia de ellos ha dado pleno crédito a su temeridad.

Lo peor es que la escena no es inusual, menos aún exclusiva de una cierta región del continente. De hecho, se repite en todas partes y en México es el pan de cada día. Tenemos una zona de confort que admite toda suerte de derrotas en nombre de una falsa dignidad nacional, antes hija del miedo que del orgullo. Esperamos al triunfo de rodillas, en la persona de ídolos o caudillos a los que adivinamos omnipotentes, de modo que después podamos atribuir el nuevo tropezón a una fatalidad tan familiar como esotérica. Elegimos caer de acuerdo con lo esperado antes que levantarnos contra todo pronóstico, y después nos quejamos porque según nosotros hemos sido las víctimas de una gran injusticia.

Qué sabroso quejarse, ¿no es verdad? Total, todo es cuestión de seguir esperando el milagrito. Y que otros, mientras tanto, se escandalicen como en el futbol.