Pronóstico del Clímax

Todos somos Torquemada

Si uno no hablara solo y sin motivo, ni fuera injusto con sus reflexiones, ni dejara salir a su bestia recóndita cuando llega al final de su paciencia, bien harían los otros en apartarse de ese santurrón que con toda certeza es un fariseo.

¿Qué le falta en la vida a la Opinión Pública para que pierda el sueño por la opinión privada? ¿Opina uno lo mismo del pupitre a la tumba? ¿Somos lo que opinamos, y hasta lo que decimos, de repente? ¿Forman los exabruptos, a todo esto, parte de Mi Opinión o tengo algún derecho a equivocarme?

Todos los días, a toda hora y en todo lugar la gente dice cosas que no debe decir, y en muchos casos ni siquiera se cree, tan sólo por el gusto de ser contradictorio, o como también dicen: hacerla de jamón. Suele uno blasfemar y despotricar sin reclamar un gramo de razón, y al contrario: con ganas de dejar huella de su trastorno. Las palabras, a veces, son munición idiota. Como cuando se piensan nada más, y uno se felicita por no haberlas soltado. O cuando se avergüenza de siquiera pensarlas. O cuando las dispara, muy ufano, y al rato se reprende: ¿Cómo fui tan idiota?

Hay noticias cuya única noticia consiste en que la gente se interese por ellas. Unos días atrás, circuló la noticia de una furibunda conversación privada entre la argentina Sabrina Sabrok, famosa por sus falsas y esperpénticas prótesis mamarias, y un mexicano que por lo ahí escuchado no le merece mucho respeto. Vamos, que la señora se halla lo bastante molesta para cargar de paso con los connacionales del señor y tildarnos a todos de «raza de mierda». ¿Y por qué esto es noticia, by the way? ¿Se supone que tengo que enojarme?

Ignoro qué motivos pudiera tener la mujer de las tetas neumáticas para armar ese pancho en el teléfono, pero es verdad que estoy contento así. Francamente, me tiene sin cuidado si la falaz chichona opina seriamente cuanta mierda profiere en medio del berrinche. Vamos, que ya sé de ella lo bastante para no interesarme por sus hechos y dichos. En lo que a mí respecta, puede escribir un libro y titularlo La raza de mierda o La mierda de raza, que de cualquier manera no tengo en alta estima su opinión. Prejuicios que uno se hace, quién sabe por qué. Pero al fin estas líneas tienen antes que ver con el sacro derecho de la mujer-monstruo a hablar y comportarse como tal, que con el poco peso de sus dichos: palabras tan infladas como los siete kilos que, según reclamaba, cargaba en vilo a modo de tetamen. ¿O es que vale la pena, una vez más, conceder peso a lo que no lo tiene?

Si antes de compartir una opinión debiera uno evaluarla puntillosamente y calcular su efecto entre los otros, probablemente nunca diría nada más allá de lo estrictamente necesario. Si uno fuera capaz de controlar todos y cada uno de sus malos impulsos, incluyendo los autodestructivos y por supuesto los irracionales, acabaría encima de un altar. Si uno no hablara solo y sin motivo, ni fuera injusto con sus reflexiones, ni dejara salir a su bestia recóndita cuando llega al final de su paciencia, bien harían los otros en apartarse de ese santurrón que con toda certeza es un fariseo.

No voy a repetir en este espacio las palabras de mierda que recuerdo haber dicho y escuchado, para orgullo de nadie. No siempre se conectan el cerebro y la boca como deberían, ni la premura de la rabia ciega deja mucho lugar a la sapiencia. Hay un morbo malsano y victimista en la tendencia a todas luces policiaca de conceder volumen, peso y reflectores a los errores menos inteligentes de los otros. Equívocos privados, además, donde se habla de asuntos personales que en modo alguno deberían ser vistos y juzgados por una opinión pública que se ha pasado ya unas cuantas leguas de las fronteras de su incumbencia.

¿Qué es lo que nos separa de caer cualquier día en pública desgracia por un arranque estúpido en privado? ¿La suerte, el disimulo, el conformismo, la paranoia, la meditación? Cualquiera, en todo caso, tiene las herramientas para probar que somos susceptibles de cagarla espectacularmente, y entonces ser linchados por una multitud de idénticos cagones a los que todavía nadie ha agarrado en curva. ¿Qué dirían nuestros seres queridos si pudieran oír lo que hemos dicho tras discutir con ellos y colgar el teléfono? ¿Y no colgamos, pues, para poder decirlo?

Siempre que se divulga alguna grabación de carácter notoriamente personal, cedo al gusto morboso de imaginar al pobre desgraciado cuyo trabajo es meter la nariz en la cloaca de las vidas ajenas para dar de comer a la zopilotada. Y no digo que yo no esté comiendo, sino que me incomoda seguir alimentándome de los mismos deshechos. Una información hueca y ordinaria como unos pectorales para inflar, pero asimismo un ejercicio hipócrita del celo inquisidor de los cobardes. Me entretengo de pronto imaginando al novio de la víctima, o la vecina, el primo, el periodista, el ex marido en el papel de espía lastimero, esperando con ansias carroñeras al siguiente improperio caliente que llegará a las fauces de la Opinión Pública: esa hiena privada.