Pronóstico del Clímax

Tlatelolco para armar

Hasta donde sabemos, la reciente matanza en Iguala y los turbios incendios que la siguieron tienen que ver con dos fuerzas políticas que se dicen de izquierda y cuyos miembros más significados son colegas, amigos, socios y/o correligionarios de criminales de ligas mayores.

La escena corresponde a Bananas, una vieja película donde Woody Allen encarna al protagonista de un sueño recurrente: dos breves procesiones de monjes avanzan por la calle, una detrás de la otra, llevando en hombros sendos hombres crucificados (uno de ellos, el personaje de Allen). De acuerdo con la lógica del sueño, ambos grupos de frailes —hábitos negros de los pies al copete— se comportan como vehículos con ruedas, y como unos le ganan un lugar a los otros entre los demás autos estacionados, ambos crucificados discuten acremente y los monjes los bajan al pavimento para enfrascarse en una bronca de encapuchados.

Si pudiera exigirse congruencia de los sueños, se esperaría que el aquí relatado terminara no en bronca monacal (pues los monjes, se entiende, son las “ruedas” del “coche”), sino en una madriza entre crucificados. Por más que tengan cara de rabino, la metáfora de dos mesías peleándose parece nada menos que una provocación. Pues al fin lo que habría que esperar de quien se dice víctima —o le defiende, o le representa— sería que resistiera la tentación patética de calzarse el sayal del verdugo.

Cada vez que se asoma el penoso espectáculo de la izquierda clerical repartiéndose culpas y catorrazos —cuando no fuego y plomo, que también se les dan— es como entrar en un sueño grotesco, invadido de pseudomesías camorristas que abandonan la cruz y se dan hasta con la corona de espinas en el nombre de algún Líder Moral cuyo gran atributo consiste en desplegar su sagrada incapacidad de equivocarse. Y ahí está el corazón de la cruzada: dos o varios santones que no piensan igual y sin embargo nunca meten la pata difícilmente caben en la misma iglesia.

Hasta donde sabemos, la reciente matanza en Iguala y los turbios incendios que la siguieron tienen que ver con dos fuerzas políticas que se dicen de izquierda y cuyos miembros más significados —gente que tiene en alta estima la pureza— son colegas, amigos, socios y/o correligionarios de criminales de ligas mayores. Como lo ha señalado hace un par de días Héctor de Mauleón, en Iguala florece, por si fuera poco, el impetuoso gremio de los gomerciantes, de modo que quizás la única pureza de este macabro asunto tenga que ver con la heroína producida en Guerrero.

Nada complace más a un Moralische Führer que disponer de unos cuantos cadáveres para fertilizar la siembra de odio ciego y patógeno. Y lo de menos es quién se manchó las manos, si el juego al fin consiste en salpicar. Una vez procesados por la verba ligera del agitador, los hechos son en tal medida elásticos que se adaptan a cualquier voluntad, siempre que ésta consienta en explicar los hechos y su connotación mediante cantaletas prefabricadas.

“Vivos se los llevaron, vivos los queremos”, clama la multitud cargada de razones, si bien no está muy claro a quién exactamente se dirigen. ¿Al alcalde matón y su señora, cuyos subordinados entregaron las víctimas a los verdugos? ¿A los verdugos mismos y sus superiores? ¿A la banda contraria, que en un descuido sabe o puede suponer dónde fueron a dar los desaparecidos? ¿A la policía local, cuyos miembros trabajan a las órdenes de los asesinos? Más allá de estas cuatro siniestras instancias, cuesta creer que nadie más pueda hacer algo para devolver vivos a quienes no sabemos si aún lo están, como no sea el Espíritu Santo.

La izquierda clerical se solaza exigiendo lo imposible porque en sus escrituras está claro que la verdad no siempre es revolucionaria. Y de hecho es estorbosa, si lo que se persigue es que prevalezca una versión quizá más productiva, o en todo caso menos inconveniente para reputaciones que se pretenden prístinas, perdonando el prefijo. Y lo peor no es que esperen que uno le niegue crédito a lo evidente, sino además se olvide junto a ellos de sus momentos menos fotogénicos. Curas al fin, demandan obediencia y abominan de toda reflexión que no conduzca a una misma certeza.

Cada lunes, en estas mismas páginas, la columna de Luis González de Alba finaliza con el mismo epitafio: “¿Y el asesinato de Gonzalo Rivas, quemado vivo por los normalistas que incendiaron a propósito la gasolinera donde trabajaba?”. Es seguro que la familia Rivas también quisiera vivo a su pariente, pero he ahí una verdad que saca ronchas a los inquisidores de la buena conciencia. Raros son los jerarcas religiosos que saben de humildad, por eso antes sepultan sus errores que renunciar al aura de infalibles.

Propietaria oficial de la razón e inmune a la aventura del raciocinio, la izquierda clerical ha aguardado a lo largo de más de medio siglo por otro Tlatelolco. Hoy que por fin lo tienen, se observa que hay dos bandos autosuficientes: ninguno ha requerido de enfrentar al Estado Represor, si basta con la huella de sicarios e incendiarios para llamarse víctimas en solidaridad y salpicar de sangre a quien se halle más cerca de su olfato goloso de poder. A 46 años de la masacre histórica, los nuevos asesinos militan en la izquierda y ésta no sabe ya ante quién quejarse. Con perdón del Espíritu Santo.